Aprendizaje sexual. d. La adolescencia

APRENDIZAJE  SEXUAL  (…)

La sexualidad adolescente. Hacia la madu­ración genital y social

Los grandes cambios  

Hoy por hoy, hablar de la sexualidad entre adolescen­tes y jóvenes es, prácticamente, plantearnos de lleno la sexualidad adulta. No sólo porque la sexualidad adoles­cente culmina en pocos años en la adulta, sino porque hoy los adolescentes viven anticipadamente la problemática adulta de la sexualidad con enamoramientos, relaciones sexuales, anticoncepción, embarazos prematuros, expe­riencias de vivir en pareja, sida, etc.

Los tradicionales libros sobre adolescencia casi parecen cuentos de niños ante la realidad que hoy se vive y la super información a la que se tiene acceso.

El período de adolescencia (adulescens: el que está creciendo; adultus: el crecido) en nuestra sociedad es un muy largo período que se ha adelantado, por un lado, y por otro, se prolonga prácticamente hasta los 25 o más años.

Y en este complejo tiempo de unos 12 años, los sujetos tienen que resolver dos problemas fundamentales: Primero, su inserción social con una profesión o trabajo que les permita auto mantenerse e independizarse de los padres.

Segundo, madurar afectiva y sexualmente, formar una pareja y asumir una familia como propia.
Para lograr estos objetivos, la propia naturaleza se encarga de madurar el cuerpo adolescente y capacitarlo para sus nuevas funciones.

En las chicas, el gran signo del cambio es la aparición de la menstruación (menarca) que, si es bien preparada y valorada, otorga a las adolescentes la sensación real de ser mujeres casi en plenitud.

En los varones, el signo más evidente es la polución, sea la involuntaria nocturna, sea la voluntaria masturbatoria.

Entre tanto, el resto de los signos secundarios de la sexualidad se completa con el cambio de voz, desarrollo físico, vello, pechos en las chicas, etc.

Pero más importante que eso es la excitación sexual que hace su aparición rompiendo la calma de la infancia; una excitación hoy super potenciada por los medios de comu­nicación, tv, Internet, cine, vídeos, revistas, etc. La aparición de la excitación (erección ante el desnudo o ante una situación o imagen erótica, en los varones; humores vaginales en las chicas; y en ambos sexos la “ansiedad” física y psíquica ante un estímulo sexual) es, mucho más que la presencia misma de los órganos genitales completos, la nueva voz que llama a una nueva experiencia. Algo nuevo ha sucedido en la vida de una persona; algo que marca un antes y un después.

Y entonces surge el verdadero problema: ¿Se puede hacer uso completo de la sexualidad en esta etapa de la vida? Nadie mejor que una adolescente para que lo plantee:

“Tengo 17 años. Hace cinco años que tuve mi primera menstruación y quiero saber si puedo tener o no, relaciones sexuales con el chico con el que salgo desde hace seis meses”.

Así, directa y crudamente, Mónica nos lanza la pregun­ta que está en todos los adolescentes desde los 13 o 14 años: ¿Podemos ya ejercer plenamente la sexualidad genital o tenemos que esperar hasta casarnos? Observemos que éste es un problema relativamente nuevo y típico de nuestra sociedad moderna.

En efecto, en las culturas antiguas, como hoy en los pueblos primitivos o de otras costumbres como los islámicos, cuando una chica menstrúa, ya la sociedad le tiene previsto en un tiempo muy corto, a menudo meses, su matrimonio. De esta forma la maduración orgánica coincide con la maduración o inserción social.
Lo mismo sucede con los varones que se casan entre los 16 y los 18 años.

Al mismo tiempo en muchos de estos pueblos, como entre los negros del Africa y los indígenas de América, aun hoy los adolescentes tienen libertad para sus escarceos amorosos y relaciones genitales, sea en la “casa de los solteros”, especie de club para solteros, sea en encuentros personales.

Si se diera el embarazo de alguna chica, son sus padres, los abuelos maternos, los que se hacen cargo de la criatura. Por otra parte, tanto los varones como las chicas tienen una verdadera “iniciación sexual” y social, a cargo de maestros del clan o tribu, que los prepara concienzuda­mente para las nuevas experiencias.

Todavía recuerdo a aquel paciente africano al que atendí en España: tenía unos veinte años y me hablaba de sus numerosos hijos y de su extrañeza porque en Occidente las chicas se hacen tanto problema por quedar embarazadas. Cuando le pregunté por qué problema venía a terapia, me dijo: “No sé si usted me va a comprender. Lo que pasa es que yo no tuve el rito de iniciación, y eso hace que yo no me sienta hombre de verdad”. Se trata, pues, de pueblos que viven la sexualidad de una manera más fresca y deshinibida, menos traumática y con una cobertura social para las nuevas responsabilida­des y para los posibles frutos del embarazo.

Pero en nuestra cultura occidental los problemas se agudizan por varios motivos:

Primero, el período de adolescencia se prolonga excesi­vamente. Demasiado tiempo para pedirles continencia sexual. Por otra parte, tampoco pueden formalizar una pareja con garantías de futuro, sea por estudio, falta de trabajo, situación económica; y en definitiva, porque la costumbre ha retardado la edad del casamiento.

Segundo, los adolescentes se enfrentan con la sexuali­dad sin ninguna iniciación ni preparación mínimamente responsable por parte de los adultos. No sólo eso, ya que por lo general se arreglan como pueden, sino que viven sus experiencias a escondidas, con culpas y un sinnúmero de conflictos.

Tercero, el ambiente social y religioso de nuestra cultu­ra, a pesar de algunos cambios en las últimas décadas, sigue siendo represivo y culpógeno, más preocupado por dar normas y prohibiciones que por dar un esquema positivo de vida sexual.

Aún en aquellos sectores aparen­temente “evolucionados” o más liberales, las experiencias sexuales de los no-casados -y nada digamos del embarazo de una chica soltera- sigue suscitando reprobación con más o menos hipocresía. 0, en el mejor de los casos, un silencio del “yo no me entero de nada… seguro que eso no le pasa a mi hija … “.

Es increíble el grado de negación con que los padres viven la sexualidad de sus hijos adolescentes, especial­mente si son mujeres.

Entre tanto, qué hacen los adolescentes. Nada nuevo bajo el sol: más o menos lo mismo que todo el mundo: autoerotismo, iniciación genital e infinidad de formas inmaduras de amor y sexualidad que, a trancas y barran­cas, los introducen de lleno en el famoso mundo de los adultos.

Y dicho sea de paso: estas formas, todas ellas, pueden madurar después o permanecer aun en los cronológicamente adultos; o bien complementarse con otras nuevas.

El auto erotismo que comprende tanto la masturbación como otras formas de placer sexual (fantasías eróticas, voyerismo de revistas, vídeos, películas; charlas eróticas, etc.) es el camino más rápido y cómodo de acceder a las experiencias genitales placenteras.

La masturbación es casi universal entre los varones y muy extendida entre las mujeres, hoy mucho más libera­das de inhibiciones. Tiene el sentido primero de explorar los genitales; y después, de procurarse placer sin la urgen­cia del encuentro con el otro, como también descargar tensiones y relajarse de la excitación. Es el camino más corto para acceder al placer sexual; pero es también un camino incompleto, no por la intensidad misma del placer que puede ser muy plena, cuanto por la ausencia de relación.

Psicológicamente éste sería su riesgo: que el sujeto se aísle y acostumbre al autoerotismo que puede prolongarse incluso en su vida de pareja, no sólo porque se siga mas­turbando, sino porque no logre una plena relación con el otro. Siempre queda el “escape” de la relación en solitario, aunque se esté de a dos. Desde el punto de vista del aprendizaje sexual, es inevitable pasar por esta etapa que permite una conciencia de los órganos genitales y del placer que otorgan.

Cuando no se vuelve compulsiva y casi persecutoria, la masturba­ción es una forma provisoria de resolver el conflicto entre el deseo (la excitación) y la imposibilidad de llevarlo a cabo en toda su plenitud.

Es una transacción entre la imposibilidad del todo y la frustración de la nada: algo que los seres humanos practi­camos en casi todas nuestras experiencias que, cuando no pueden ser completas y plenamente satisfactorias, al menos las vivimos en forma parcial; sin renunciar, por cierto, al punto de culminación al que tiende el deseo.

Pero sería un grave error suponer que el problema central de la adolescencia es el autoerotismo, si bien sea una de sus fases. Lo realmente nuevo y típico es el encuentro intersexual desde formas muy inmaduras, aisladas o incompletas hasta otras que bien pueden ser caracterizadas como de amor pleno.

A nadie debe sorprenderle que hablemos de formas inmaduras o incompletas cuando más bien deberíamos sorprendernos si en esta etapa de aprendizaje habláramos de perfección en el amor. Nuestro amor siempre será incompleto en alguna me­dida y siempre necesitará de correcciones y de un esfuerzo por purificarlo de restos de infantilismo y egoísmo.

Al hablar de formas inmaduras, nos referimos genéri­camente a la posesividad del otro, a la dependencia y a ciertas formas manipulatorias del otro; aunque general­mente todo venga disimulado por un gran amor o una gran pasión, aspectos éstos que suelen confundirse.

La sociedad joven actual muestra una variada gama de experiencias amorosas sexuales que van desde el enamo­ramiento más romántico y comprometido hasta los en­cuentros esporádicos tipo pasatiempo sin compromiso alguno.

Aparentemente hoy se observa cierta reticencia al enamoramiento comprometido y las relaciones son más bien efímeras y cambiantes; no sólo ha desaparecido la palabra “novio” sino que la experiencia del noviazgo es vivida como cosa futura y lejana o como un concepto muy ambiguo.
En todos los casos hay más una necesidad de múltiples experiencias sexuales y eróticas, sólo contenidas por el miedo al sida o al embarazo.

Características de estas experiencias

¿Cuáles son las características de estas experiencias? Con todas las salvedades del caso, parece primar la separación de los elementos que conforman la experiencia amoroso-sexual.

Hay miedo al vínculo estable y compro­metido con el otro; por lo tanto, “se sale con alguien” con cierta íntima precaución de que eso puede fracasar: lo que, obviamente, suele llevar al fracaso o, al menos, a las rupturas sin mayores dramatismos.

Cuando, en cambio, se vive la experiencia como un noviazgo o cuando se vuelca toda la fuerza de la pasión en el vínculo, habrá mayor preocupación por resolver los conflictos entendiendo que la vida en pareja no es un idilio fácil.

Observemos de paso que entre los adultos está pasando algo similar: la posibilidad del divorcio pareciera restarle a la pareja aquel esfuerzo constante por mantenerla y acrecentarla. Tantas discusiones que terminan con la con­sabida frase: “entonces, separémonos y asunto termina­do”, si bien a menudo no pasan de una amenaza o expre­sión de impotencia, no dejan de reflejar que la crisis sexual de estos tiempos no pasa tanto por la represión sexual cuanto por la incapacidad de hacer una relación madura.

Separar la experiencia sexual del vínculo comprometi­do: una forma de dicotomía.

Pero hay otras: separar la experiencia sexual, especialmente erótico-genital, del afec­to, del cariño y del amor. Tradicionalmente esta fue una característica más típicamente masculina, cuya expresión más común es el trato con prostitutas.

Lo cierto es que hoy en ciertos ambientes casi existe un pacto implícito de que se viene a buscar sexo y, si se da algo más, veremos …

Podemos hacemos esta pregunta: ¿Existe hoy miedo a amar? ¿No estaremos liberando a la genitalidad-erótica y reprimiendo al amor?

Y otro planteo: la sociedad consumista y exitista en la que vivimos, el ansia de tener y de poder, ¿no está exacer­bando la manipulación del otro en las relaciones amoro­sas?

En efecto, la característica principal de la inmadurez sexual es la búsqueda del otro en cuanto satisfacción de necesidades propias de afecto, de cariño, de placer… pero sin la correspondiente propuesta hacia el otro, de afecto, de cariño, de placer, de amor.

Interesa el otro en cuanto posible objeto de satisfacción personal.
Entonces: intolerancia ante sus necesidades, limitacio­nes o defectos. El otro no cuenta corno sujeto para querer, para proteger, para mimar, para defender, para entender, etc. El otro es “utilizado, manipulado” como compañía, como escape de la soledad, corno partenaire sexual, corno objeto de placer.

O bien como alguien que siempre apruebe, alabe y reafirme la estima de uno.

En el inmaduro lo importante es su propia seguridad, la afirmación de su masculinidad o femineidad, el saberse amado y, por tanto, satisfecho en su narcisismo. En el inmaduro lo que cuenta es su soledad y el temor a ser rechazado. Entonces buscará al otro no como” otro” sino como su complemento, a cualquier precio y sin consi­deración alguna por lo que le pasa o necesita. “Si me amas, tienes que hacer tal cosa por mí…”.

En definitiva, en la inmadurez sexual-afectiva sigue persistiendo cierto auto erotismo disimulado por la pareja ocasional o estable.

De allí la fuerza de los celos y la exigencia de un amor “incondicional”, del otro, naturalmente. El debe ser ama­do a pesar de su frialdad o de su conducta hostil. “Debe ser amado”, como si la reciprocidad no existiera. Debe ser amado sin que el otro reciba beneficio alguno.

Más aún, debe ser amado con sacrificio del otro, con la renuncia del otro (a su tiempo, a sus proyectos, a su carrera, a sus amigos… ).

En síntesis: el otro es un trofeo más. No por nada se habla de “conquistas” de amor, y están los que alardean de sus seducciones, de quién o cuántos o cuántas se les sometieron.

El juego de la seducción, el hermoso juego de la seduc­ción amorosa, es un juego de trampas, engaños y sobornos para que el otro caiga ingenuamente. Si resiste, se lo abandona, injuria o desprecia. Por eso hablamos de posesividad: “mi” mujer, mi hom­bre, mi pareja, mis hijos.
Pero en realidad se poseen cosas y objetos, pero no personas.

Con las personas nos encontramos, inter­cambiamos, nos relacionamos, nos amamos. El que acepta la posesión cae en la dependencia: renun­ciar a sí mismo para que el poseedor esté satisfecho y le pague con cierta cuota de protección: “Si no hago lo que me pide, me abandonará”.

Entonces, hablamos de la adolescencia como camino hacia la maduración en el amor.

Y el lector seguramente ya habrá descubierto que esta etapa puede durar toda la vida… Cuando estas formas inmaduras suceden en la adoles­cencia, no nos debemos sorprender.

Al contrario: eso es lo que debemos suponer. En sus primeras experiencias los adolescentes aprenden como pueden. En realidad, toda­vía no tienen experiencia sino un cierto idealismo sobre lo que es el amor y el sexo. Idealismo o idea incompleta, parcial y limitada.

Pero cuando se mantienen formas inmaduras en la vida adulta, entonces hablamos de neurosis, de enfermedad, de inmadurez, de graves falencias afectivas.

Es notable observar con cuánta hipocresía se maneja nuestra sociedad: mientras critica a los adolescentes y les exige casi un amor perfecto (cuando no, una castidad perfecta), carece de la autocrítica para ver su propia inma­durez y qué escaso ejemplo de amor pleno ofrece a los jóvenes.

Y no me refiero solamente al amor dentro de la pareja, sino a la carencia de amor en una sociedad canibalesca, con un capitalismo exacerbado e individualista, con ejemplos diarios de intolerancia, de ambición sin límites, de deseo desaforado de poder, de indiferencia ante los problemas de los demás.

Porque la educación sexual pasa por todo eso, no solamente por los conocimientos sexuales o el comporta­miento en pareja. La relación entre los sexos se da en la calle, en las oficinas o en los talleres, en la escuela, en la política.

En cualquiera de estas situaciones, el otro será respeta­do y amado, o despreciado y manipulado, en una escala de variados matices. Hoy no hay concepto relacionado con la sexualidad y el amor que no esté en crisis. Esto no debe sorprendemos. Así fue y así será a lo largo del tiempo.

Porque la sexualidad tendrá que ser siempre recreada desde nuestra propia realidad, desde la realidad de cada uno, desde conceptos y valores viejos o nuevos pero siempre redimensionados por cada uno.

En definitiva, lo sexual no es sino un aspecto de lo social.
O si se prefiere: es la relación social en su forma más intensa e íntima.

A veces me pregunto: ¿Cómo será la sexualidad en el 2050? Seguramente no será vivida como hoy, como tampoco hoy la vivimos como hace cincuenta o cien años atrás.

Los componentes o la base de la sexualidad serán los mismos: el cuerpo, los instintos, la pasión, el erotismo, el amor, la seducción…

Pero cada cultura amalgama estos y otros elementos en una síntesis propia. Y cada ser humano hace también su propia síntesis. Cada pareja es diferente en su forma de amarse y de relacionarse.

Y cada ser humano, varón o mujer, siente la sexualidad de una forma particular e irrepetible.

Esto es lo fascinante de la vida.
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