Aprendizaje sexual. c. Infancia 1a y 2a.

APRENDIZAJE  SEXUAL  (…)

1. La Infancia: donde se ponen las bases

Desde el momento en que nuestro cuerpo, aún en el seno materno, nos da una base biológica, comienza el largo y fascinante aprendizaje sexual. Recibimos un cuer­po con sus órganos y el sistema nervioso, y con ese impulso vital al que llamamos “libido”.

Todo lo demás es aprendizaje desde un contexto social que va condicionan­do al ser humano, si todo va bien, hacia la madurez de la persona y, por tanto, su madurez social y sexual. Recibimos un cuerpo sexuado y creamos nuestra sexua­lidad. Veamos los pasos de esta aventura que supone una larga evolución pareja con la evolución física, intelectual y social.

a) Primera infancia

En el momento en que el ser humano es concebido, en ese momento se inicia su aprendizaje sexual condicionado por el entorno familiar.

El primer condicionante es haber sido deseado por los padres y engendrado desde el amor. El feto recibe los mensajes de ese amor, mientras se alimenta por medio del cordón umbilical y crece en el cálido ambiente uterino.

El nacimiento supone su primer contacto con la reali­dad externa y el encuentro con la madre en una etapa comúnmente llamada “oral”, ya que la boca es el instru­mento por medio del cual se relaciona primero con el pecho materno y después con los demás objetos. El amamantamiento y la alimentación, en un clima de tran­quilidad y afecto, le permite “entender” que se está conec­tando con un mundo que lo protege y lo cuida.
Más que por la vista y el oído, al principio su contacto con los padres se realiza por la piel, esa cobertura que marca el límite de cada cuerpo pero que, al mismo tiempo, es el instrumento sensible para la relación cariñosa con los demás.

Pero esos “demás” tienen, por sobre todo, un nombre especial: mamá y papá. Dos figuras parecidas pero distintas, desde donde el niño irá configurando lo femenino y lo masculino. Con ellos esta­blecerá un vínculo muy especial. De ese vínculo depende en gran medida que su futuro social y sexual sea sano e integral.

En el mundo hay mujeres y hay hombres, y él también se irá identificando con una de esas dos formas de sentirse ser humano: como mujer o como varón.
De a poco todo su cuerpo -piel, vista, sonrisa, oído, palabras, olfato, tacto- va adquiriendo la capaci­dad de relacionarse con los otros y también consigo mis­mo.

Etapa fundamental de la vida: sentir placenteramente al propio cuerpo y sentir que con él descubre el gozo en el encuentro con los otros seres que lo aman. ¿No es esto la esencia misma de la sexualidad?

Al principio el bebé es receptivo del afecto; pero de a poco comienza a “devolver” afecto, sin palabras todavía, sí con el tacto, el besuqueo, la sonrisa.

De la etapa oral -que queda ya incorporada en el incons­ciente como una forma privilegiada de encuentro y placer- ­el bebe pasa, hacia los dos años, a la etapa llamada “anal” adquiriendo el control de sus esfínteres con el placer de retener, de defecar y orinar, y de sentirse limpio. El lavado de sus órganos, el contacto con el agua, con cremas y ropas suaves, todo influye en la incorporación positiva de una zona de su cuerpo en la que irá descubriendo muy pronto sus genitales.
En esta etapa llamada “fálica” (falo: pene), pero que mejor debemos llamar “genital”, los niños desde muy pequeños tocan sus órganos genitales y sienten el placer de ese contacto en una muy temprana “masturbación” o contacto por las manos.

Hacia los dos y tres años, un nuevo e importantísimo suceso acaece en su corta vida, algo que tanto encanta a los padres: el pequeño comienza a hablar. Hacer ruidos, pronunciar palabras, decir cosas, todo esto es un juego que refuerza su identidad como alguien distinto y afirma su capacidad de vincularse. El niño ya se está comunicando con un instrumento que no lo abando­nará nunca más: la palabra.

La palabra y el gesto corporal son los dos sistemas con los cuales irá aprendiendo a expresar sus sentimientos, sensaciones, pedidos e ideas; y también a darse cuenta de que otros le expresan sus sentimientos, sus deseos, sus órdenes y sus ideas…

Afecto, placer, comunicación

He allí los tres compo­nentes fundamentales de una relación positiva y sana; pero no solamente para los niños, también para los adoles­centes y, desde ya, para los adultos. Ya tenemos puestos los pilares de una relación huma­na-social-sexual sana, positiva, creativa, placentera y agra­dable.

Amar y ser amados. Gozar, jugar, divertirse, sentir placer. Comunicarse, hablar, escuchar.

Si el niño crece sobre estos tres pilares, ya ha puesto las bases para su vida sexual y social. En el resto de su vida no hará sino desarrollar y acrecentar estos tres elementos en todos los niveles.
El niño aprende que no está solo ni es bueno estar solo.

Su felicidad depende de la buena relación con los otros: amor -gozo- comunicación.

b) Segunda infancia

Entre los cuatro y los siete años el niño avanza en su identificación masculina o femenina.

Desde el psicoaná­lisis esta etapa es llamada de definición del “complejo de Edipo”: los varones deben identificarse con su padre, a pesar de su tendencia a enamorarse de la madre.

Las niñas, a la inversa: identificarse con la figura materna.

Niños y niñas se diferencian y se observan. Se es pare­cido a papá o a mamá. De la observación de sus padres, no solamente de sus características más externas (barba, corte de pelo, voz, vestimenta, roles) sino también de sus genitales, cada uno percibe con quien se identifica.

Y es la etapa de tantas preguntas relacionadas con la genitalidad, con el embarazo y con la llegada de los niños al mundo.

Personalmente la considero la edad ideal para una profunda y clara educación sexual: los niños aprenden a hablar de sexo con sus padres. Nunca comprenderemos la importancia de este diálogo, lamentablemente tantas ve­ces ausente. Un diálogo franco y veraz, sereno y desinhi­bido, que llame a las cosas por su nombre. Demostrar a los hijos que el cuerpo y la sexualidad son realidades hermo­sas y necesarias.
Esta etapa coincide con el ingreso en el Jardín y en el Preescolar: el encuentro con otros niños en un contexto educativo-programado les permite avanzar en su proceso de socialización, afirmación de su personalidad, reconoci­miento de sí mismos y de los otros.

También suele ser la oportunidad para juegos sexuales con reconocimiento de los genitales. Hay una gran curio­sidad por conocer el propio cuerpo y el de los otros, especialmente del sexo opuesto.

No faltan parejitas de novios o fantasías de casarse con mamá o papá, coincidiendo con la etapa edípica.
Lo cierto es que todo este período de la infancia, al igual que el anterior, es un período fundamental para la identi­ficación sexual del niño, para el reconocimiento de su cuerpo, para la captación y vivencia de los roles masculinos y femeni­nos, para adquirir seguridad en sí mismos desde un entor­no afectivo, para aprender a comunicarse e integrarse socialmente.

Es la etapa del primer y gran aprendizaje sexual: nunca insistiremos lo suficiente en la importancia de esta etapa. En caso contrario, llegamos tarde.

Pretender iniciar el aprendizaje y la educación sexual desde la adolescencia es pretender poner las paredes sin cimientos.

c) Tercera infancia y pubertad

Entre los siete años y los doce -el típico período de la escuela primaria- se extiende un período que Freud llamó de “latencia sexual”, como si la sexualidad estuviese ador­mecida a la espera de estallar.

Pero este concepto hoy no es válido, no sólo porque la problemática de la adolescencia tiende a adelantarse en nuestra cultura, sino también porque no tenemos que confundir genitalidad (que apare­ce en la adolescencia como ensayo y praxis) con sexuali­dad, esa instancia que crece en el proceso de socialización e identificación sexual.

Los niños -en un contacto más directo con la sociedad, especialmente con la escuela, pero también con el entorno de su familia (amigos, barrio, club) y con los medios de comunicación social (televisión, cine, vídeos, revistas in­fantiles y hasta diarios, internet)- avanzan rápidamente en su apren­dizaje social, adoptando conductas y roles adecuados, tanto en la escuela como en los juegos con reglas y sancio­nes precisas, tanto en la relación con los adultos como con sus compañeros y hermanos.
La curiosidad por su cuerpo, su anatomía y fisiología, como por el cuerpo del otro sexo está siempre presente desde charlas con los amiguitos, juegos sexuales que pue­den llegar a experiencias masturbatorias, espionaje del otro sexo hasta ciertas parejitas de “enamorados” que suelen formarse sin mucha continuidad.

A partir de los ocho y nueve años, la tendencia será a grupos de amigos del mismo sexo, con confidencias -especialmente en las niñas- y juegos más diferenciados para cada sexo.

Los sexos se observan, se comparan y hasta se descalifican: “Los niños son así… las niñas son asá .. “.
El pudor marca una barrera necesaria para los contactos corporales e incluso para los diálogos sobre sexo.

Al mismo tiempo, niños y niñas tienden a imitar con­ductas adultas (vestimenta, juegos, modalidades, peina­do, etc.) y a identificarse con “ídolos” de todo tipo, desde adultos conocidos hasta cantantes, artistas o deportistas.

Los niños de esta edad llaman la atención por su curio­sidad científica, su capacidad de trabajar en equipos de investigación escolar y su creatividad.

Algunos ya se piensan como adultos y fantasean con profesiones y trabajos específicos. “Cuando sea grande… ” es una frase que lo dice todo.

En nuestra cultura ya desde los diez y once años obser­vamos un cambio fundamental: los niños tienden a iden­tificarse con los adolescentes, en gran medida acuciados por los medios de comunicación.

Se sienten mucho más independientes, buscando actividades fuera de la casa y relaciones con sus pares no sólo para los juegos sino para bailes tanto en casas de familia como en la escuela y locales bailables.
Entre tanto, el crecimiento biológico aporta lo suyo: los signos de la pubertad se van haciendo evidentes, como el cambio de voz, el crecimiento de los genitales, el vello, los pechos en las niñas y, en muchos casos, la primera menstruación (menarca).

En los varones el proceso es más lento, con un cuerpo más aniñado, aunque no falten en algunos casos ciertas excitaciones genitales y poluciones nocturnas.

La terminación de la primaria y la elección de la secun­daria en alguna de sus variables (comercial, técnica, etc.) es otro signo del ingreso a una nueva etapa con más respon­sabilidades y expectativas. La familia sigue siendo un contexto fundamental, pero es menos aglutinada, y las necesidades de experiencias extra familiares son cada vez más urgentes.

Finaliza así el largo período de la niñez, un período que en nuestra cultura es relativamente calmo comparado con la adolescencia, o por lo menos, más controlable, pero sumamente rico en la creatividad de una personalidad definida.
Ver Recursos para la educación sexual en los niños
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