Aprendizaje sexual. a.b. Actitudes ante el sexo.No separar sus elementos. S Benetti

EL APRENDIZAJE SEXUAL

Santos Benetti, Buenos Aires.

1. Qué hago con el sexo

“Soy un muchacho de 16 años y hace tiempo que salgo con chicas. Y bueno, usted sabe, tengo deseos sexuales como todo el mundo y quiero saber si puedo tener relaciones sexuales, porque ya no soy un niño … Y si no, ¿qué hago con el sexo?”.

Qué hago con el sexo… Esa es la pregunta, pero no sólo de los adolescentes. Es también la pregunta de los niños y de los adultos. No nacemos sabiendo cómo ejercer nuestra sexualidad, como no nacemos sabiendo cómo caminar, hablar o cruzar una calle.

Cuando nació mi primera hija y la tenía en brazos, la veía tan pequeña, tan dependiente y a menudo pensaba: “Las cosas que tiene que aprender, prácticamente todo. Qué larga carrera: hablar, caminar, jugar, leer, sumar.”.
Mucha gente se escandaliza cuando se habla del apren­dizaje sexual, imaginando una iniciación genital como quien cumple con los deberes escolares; justamente por­que la palabra “aprendizaje” está asociada a ciertas leccio­nes que el alumno tiene que estudiar y practicar.

Lo cierto es que no tenemos dificultades para entender que hay aprendizaje para hablar, para caminar, para pen­sar -algunas de nuestras facultades más comunes-, pero se nos hace cuesta arriba pensar que la sexualidad tenga que ser aprendida, exactamente al igual que todas nuestras otras actividades y funciones sociales.

En cambio lo que sí se ha hecho es dar decretos, permi­sos y prohibiciones sobre la sexualidad, porque damos por sobreentendido, al menos en nuestra cultura, que la sexua­lidad es una “cosa aparte” y siempre será tratada como una cosa aparte, a tal punto que recién hoy en nuestras escuelas se va integrando en un esquema de educa­ción.

Y por aquí comenzaremos nuestras reflexiones: la sexua­lidad no es una cosa aparte, sino una función y modalidad esencial del ser humano: la de sentirse hombre o mujer y saber relacionarse como hombre y como mujer con hom­bres y con mujeres. Y todo esto no se aprende por un decreto ni por el hecho de que un juez o un sacerdote o rabino nos dé su autoriza­ción y bendición.

Tampoco se aprende por el hecho de que la sociedad diga que sí o que no. Esto es lo que plantea el caso de ese muchacho de 16 años que preguntaba si podía tener relaciones sexuales o no… Imaginemos que se le diga que sí: ¿cambia en algo la situación? El hecho de que se le diga que sí o que no, ni lo hace más maduro ni le garantiza que su relación sexual sea agrada­ble, sana o traumática.

Nuestro primer planteo no es preguntamos sobre la permisividad de las relaciones sexuales sino de si.las relaciones entre los sexos, se trate de personas casadas o solteras, adolescentes o adultos, son vividas desde una dimensión positiva y sana o en forma enfermiza, culpógena o destructiva.

Pero este vivir, por ejemplo, en forma sana o enfermiza­ no es algo dado desde un comienzo y para toda la vida; tampoco es una obligación que alguien pueda imponer y sancionar.
Es mucho más que. eso y algo mucho más importante que eso: es un constante aprendizaje, hoy como niños, mañana como adolescentes, después como adultos y finalmente como ancianos; porque con la sexua­lidad nacemos y con ella morimos.

Y esta sexualidad sufre a lo largo del tiempo innúmeras variaciones nacidas de la misma evolución del ser humano y de sus circunstancias de vida, experiencias, educación, cultura, etc.

La sexualidad comporta una actividad y una conducta humana, y en eso no se distingue de las otras actividades y conductas humanas: la aprenderemos desde el error y desde los aciertos, desde situaciones de salud y desde otras de enfermedad. En algunos casos con óptimos resultados y, en otros, con rotundos fracasos.

Lo curioso del caso -insisto en este concepto- es que, mientras nos permitimos o la sociedad nos permite erro­res, limitaciones y fracasos en todas nuestras actividades (el aprendizaje escolar, el aprendizaje profesional, mane­jar un vehículo, practicar un deporte, etc.), cuando se trata de una actividad tan corriente y tan universal como la sexual, aparecen criterios inflexibles, absolutos y autorita­rios, dando por supuesto que quien no los cumple incurre en un grave delito, pecado o enfermedad.

Para este asunto parecieran no existir matices de ninguna especie ni opor­tunidad para ensayar ni para practicar, ni para equivocar­se ni para volver a intentar. Por qué sucede esto justamente con la actividad sexual y no con las otras, es una pregunta que la dejamos plantea­da como una inquietud..

A veces se tiene la impresión de que la sexualidad no es regulada, como las otras funciones humanas, por el cere­bro y sus diversas instancias (aún las más instintivas), sino desde la simple irracionalidad o desde un segundo cerebro, sobre el supuesto básico de que la sexualidad “es una cosa aparte”.

2. Qué es eso de aprender

Es interesante que nos preguntemos, entonces, qué es esto de aprender o de aprendizaje. Ante todo, aprender alude a una actitud de acercarnos a algo desconocido sobre lo cual queremos tener conoci­miento y manejo. Es una postura interna que nace del no­-saber al saber, ese saber experimental que transforma lo desconocido en algo familiar, útil y placentero.

Como resultado, eso aprendido queda incorporado en nuestra vida. El aprendizaje implica también utilizar ciertos instru­mentos para lograr una mejor incorporación. Así utiliza­mos las manos, los pies, los instrumentos técnicos, pero también nuestras funciones como la vista, la memoria, la razón.

En la sexualidad hay un instrumento casi único y privilegiado que es el propio cuerpo; el cuerpo como totalidad y como unidad, incluyendo los afectos, el amor, el erotismo y el placer. Porque la sexualidad no está en el aire, no es una idea, sino una función del cuerpo humano, un cuerpo sexuado.

Pero un cuerpo con mente, con sentimientos, con emocio­nes, con pasión, con placer. Es decir, que el aprendizaje alude también a la funcionalidad de la cosa: cómo funciona nuestro cuerpo y cómo hacer para que funcione bien.

Si aprendemos cómo comer con una dieta y una digestión sana, también tene­mos que aprender cómo es el funcionamiento de la sexua­lidad y cómo hacer para que nos funcione bien.

A medida que avanzamos en este aprendizaje van surgiendo problemas y conflictos, y entonces el aprendi­zaje comporta el saber resolverlos de la mejor forma posi­ble. Así un varón aprende a tratarse con su mamá; pero ¿cómo será tratar a una mujer que no es su mamá? Varían las circunstancias, aparecen dudas, surgen conflictos.

Ya dijimos que, sobre todo en la sexualidad, nunca se aprende de una vez y para siempre, y es en el terreno de las relaciones del varón con la mujer donde los conflictos estarán a la orden del día. A veces el conflicto surge cuando nuestro instrumento, el cuerpo, no funciona como pensamos que debería funcionar, o sentimos trabas psicológicas, o no nos entende­mos con el otro, o nos encontramos con prohibiciones o limitaciones.
Nadie ha dicho que resolver estos conflictos sea siem­pre fácil, pero sí será siempre una necesidad de nuestro aprendizaje.

De lo contrario correríamos el riesgo de estan­camos -como la rutina en el matrimonio-, o de retroceder o de caer en situaciones enfermizas, desgastantes o destructivas. En definitiva, el aprendizaje apunta al éxito en nuestra relación con eso que queremos aprender, sea andar en una bicicleta o tener una linda pareja.

No por nada cuando una pareja se casa, se cansa de escuchar: “Que sean muy felices”. Y es lo mejor que se les puede augurar; porque si hay algo en la vida que apunta a la felicidad, es precisamente la sexualidad.

En qué consiste este largo aprendizaje de la sexualidad, o esta creatividad de nuestra sexualidad -porque aprender es crear- es la propuesta de estas reflexiones.

Esto no quiere decir que yo vaya a enseñar y ustedes van a aprender. Digo que vamos a ponernos en una actitud de aprendizaje sexual, y en ese aprendizaje intervendrán nuestros padres, la escuela, la religión, los medios de comunicación y, sobre todo, nuestra propia experiencia con hombres y mujeres de carne y hueso, y nuestra búsqueda honesta y sincera.
Si todo se aprende con los otros, mucho más la sexuali­dad, que por definición se orienta a la relación con el otro; la relación más íntima y profunda que pueda alcanzar el-ser-humano.

Insisto en estas ideas: no se trata de que alguien nos diga “cómo usar o ejercer nuestra sexualidad”. Se trata de que cada uno debe aprender a funcionar sexualmente, relacionándose tanto con su propio cuerpo como con otras personas. Pero en este aprendizaje no estamos solos, como no lo estamos en todos los demás aprendizajes. Aprendemos en un grupo, en una familia, en sociedad, desde una cultura determinada.
Y aprendemos, bien o mal, por el solo hecho de ser miembros de una sociedad.

Aprendemos desde el seno materno, desde la familia, desde la calle, desde los medios de comunicación… Desde lo que se dice y desde lo que se calla, desde ciertos modelos o ejemplos, desde lo que vemos y desde lo que nos cuentan.

Es un aprendizaje vital, que puede ser más o menos consciente o reflexivo; pero en definitiva jamás podremos evadimos de nuestro cuerpo y de la relación con los otros, sean del mismo o distinto sexo.

El silencio, ese inmenso silencio que tantas veces padres y educadores hacen sobre el tema sexual, también es aprendizaje e influye, y cómo, en nuestra vivencia sexual.
Cada cultura, de una forma más explícita o menos explícita, tiene una imagen o una idea de la sexualidad, y tiene un esquema desde dónde entenderla y vivirla. O sea, tenemos cierta actitud .hacia la sexualidad. Y esta actitud comandará todo nuestro aprendizaje. De allí la necesidad de que pasemos revista a estas actitudes más comunes e internalizadas de nuestra cul­tura.

3. Actitudes ante el sexo

a) El sexo como sagrado o como demoníaco

En muchas culturas antiguas la sexualidad era entendi­da como algo sagrado, o sea, algo íntimamente relaciona­do con lo divino.

Se suponía que los dioses también eran sexuados, y de esa sexualidad divina (“hierogamia”, ma­trimonio sagrado) provenía el mundo y todos los elemen­tos de la creación.

Así, por ejemplo, estaba el dios mascu­lino Cielo (Urano) que se unía sexualmente con la diosa femenina Tierra (Gea), y de esa relación surgía el mundo. Esta visión es común a los pueblos del cercano Oriente y a los griegos. Hay infinidad de mitos que describen esta situación.

Entonces, los seres humanos, al ser sexuados, participan de ese poder divino y, en cierta forma, se divinizan a través de las relaciones sexuales. Y esto no solamente mediante el matri­monio sino también por el coito con las prostitutas sagra­das.

Este carácter sagrado de lo sexual hacía que la sexuali­dad participara de la idea de “tabú”, o sea, cosa intocable, cosa sagrada, esa “otra cosa” que es diferente de las demás actividades humanas. Seguramente cierto carácter misterioso que tiene la relación sexual, sobre todo en culturas con un escaso conocimiento anatómico y fisiológico, especialmente de la mujer, agudizó esta sensación. Pero también la íntima relación entre la sexualidad y la vida.

Por eso el culto de las divinidades sexuales especialmente femeninas (Isis, Astarté, Venus) tenía por principal objeto la fertilidad de las mujeres, una necesidad fundamental para la supervivencia de estos pueblos sujetos a una gran mortalidad infantil, enfermedades y guerras de exterminio.

Si bien la Biblia niega este carácter sagrado de la sexua­lidad, en la práctica del cristianismo la sexualidad fue. vivida como esa cosa aparte o sagrada que, como tal, debe ser regida por leyes religio­sas rígidas y siempre desde la relación con Dios.

Es importante tener en cuenta que en estas culturas lo sagrado se opone a lo profano, y lo típico de lo sagrado es que se trata de algo diferente, distinto, de otra naturaleza, separado de lo profano y bajo el ámbito divino. Esto explica en gran parte lo que dijéramos renglones arriba, que la sexualidad no es vista como otra actividad más del ser humano, sino como algo absolutamente espe­cial.

La relación, entonces, es esta: sexualidad – vida – sagra­do.
En el catolicismo el matrimonio como “sacramento” (unión con la divinidad) consagra este rasgo de sacralidad y ubica a toda la actividad sexual bajo la guía de la Iglesia y de sus normas morales. Esta idea de sacralidad sexual ha sido muy inculcada en la educación religiosa.

El esquema sería este: el sexo es algo sagrado, distinto, especial. Sólo puede ser ejercido en determinadas circuns­tancias y con la sóla finalidad de engendrar vida dentro de las normas que se establecen.

Desde este esquema, quedan claras dos ideas:

– La primera: la sexualidad no es algo creativo sino algo normativo. Hay pautas previas e inamovibles, dictadas por la autoridad religiosa, que regulan la actividad sexual. El individuo debe aceptarlas sin poder innovar ni buscar nuevos caminos.

– La segunda: la sexualidad sólo es permitida cuando engendra vida. Si es vivida como placer, o con la sola intencionalidad del placer, tanto dentro como fuera del matrimonio, es pecaminosa.

Esta cuestión, la relación entre la sexualidad y el placer, fue y es aún ahora el principal obstáculo para una compren­sión religiosa de la sexualidad.

En síntesis, la sexualidad es sentida como un camino al matrimonio. Lo curioso de toda esta actitud ante la sexualidad, es que, mientras se la declara sagrada en un aspecto, también se la vive como demoníaca en otro.

Ya en la interpretación del mito de Adán y Eva hay un atisbo de este concepto cuando entre ellos se interpone la serpiente considerada como símbolo del demonio, para echar a perder la relación entre varón y mujer. Consecuencia de ello, la mujer sentirá atracción por su marido (el deseo sexual es fruto del pecado y de la tentación del demonio) y concebirá y dará a luz con dolor. Por su parte, el varón sufrirá el castigo del trabajo.

En otras culturas la presencia demoníaca en la sexuali­dad es más explícita. Así los persas (y esta idea está presente en el libro bíblico de Tobías) creían en un demonio llamado Asmodeo que interfería en las relaciones sexuales engendrando esterilidad femenina y la muerte del esposo, o bien conflic­tos entre ambos.

Pero más allá de todo esto, surge la idea -por supuesto desde una visión totalmente masculina o machista- de que especialmente 1a sexualidad femenina está relacionada con lo demoníaco. La mujer, especialmente en cuanto ser sensual, es vista como la representación misma de la tentación demoníaca para el varón.

Esta idea antiquísima perduró hasta nuestros días en la educación religiosa con la obvia conclusión de que
“el pecado por excelencia” es el pecado sexual. Aún hoy muchos tienen la fantasía de que lo demoníaco aparece especialmente en la sexualidad, y de que tanto el placer sexual como el erotismo son las tentaciones del demonio. La imagen del sexo como demoníaco o de la mujer como demonio es mucho más que una metáfora: es una vivencia profundamente internalizada que casi forma parte de nuestro inconsciente cultural.

b) El sexo como algo sucio, indigno y prohibido

La idea del sexo como algo sucio, vil, abyecto y despre­ciable arranca desde muy lejos. Sobre todo nos llega a Occidente desde una corriente de pensamiento llamada “gnosis” o gnosticismo, que nació en Persia y el cercano Oriente y se extendió desde el siglo primero de nuestra era a todo el mundo greco-romano para penetrar en el mismo seno del cristianismo.

Según la gnosis -hay diversas escuelas gnósticas- Dios creó el alma, pero el cuerpo fue creado por el demonio. Otros incluso afirman que hay dos dioses supremos, uno creador de todo lo espiritual y otro, de todo lo material. Esta teoría hizo carne en el pensamiento griego, espe­cialmente de los seguidores de Platón (el Neoplatonismo) que afirmaban la total separación entre el cuerpo y el alma. El cuerpo es como un peso del cual hay que desembarazarse, o como un caballo indómito que debe ser guiado por el jinete alma.

En el ideal griego y en el gnóstico, la tarea del ser humano es dominar el cuerpo, dominar sus instintos y sojuzgar su sexualidad para lograr la primacía de la mente, de la razón, del espíritu; en síntesis, del alma.

Si bien esta manera de entender al ser humano -como una dualidad cuerpo versus alma- es totalmente ajena al .pensamiento de la Biblia, sin embargo entrará en el cristia­nismo y formará parte esencial de su concepción antro­pológica y filosófica prácticamente hasta nuestros días.

Consecuencia lógica de estas ideas: el espíritu es puro y el cuerpo es impuro; el espíritu es limpio y noble, y el cuerpo es sucio y despreciable. Desde entonces la sexualidad queda bajo sospecha de algo feo y pecaminoso.

Y los teólogos la considerarán sólo admisible dentro del matrimonio con el único fin de la procreación, tolerándose el placer como un mal inevitable; o bien, como una forma de evitar los excesos de la pasión sexual (llamada “concu­piscencia”) fuera del matrimonio.

Consecuencia de esta postura es la aversión al placer sexual, especialmente en las mujeres; el silencio ante este tema, sobre todo en la educación; la utilización de rodeos lingüísticos para hablar del cuerpo y de la sexualidad; la ignorancia más impresionante sobre estos temas o su tratamiento chabacano y grosero en las conversaciones diarias; la mitificación del vestido y el escándalo ante el desnudo, aun artístico; la vergüenza que siempre acompa­ñaba cualquier experiencia, fantasía o tratamiento de este tema y, en fin, el abordaje de la sexualidad exclusivamente desde el punto de vista del pecado y de sus castigos tanto en esta vida como en la otra.

La sexualidad aparecerá, ni más ni menos, como el aspecto animal o bestial del ser humano.

Los psicólogos sabemos, por experiencia universal­mente comprobada, hasta qué punto esta idea del sexo como sucio y pecaminoso perdura en lo más hondo de hombres y mujeres de nuestra cultura actual.

Nunca olvidaré a aquella paciente que me decía: “Me gustaría tener hijos con tal de no pasar por eso”. El instrumento de toda esta ideología antisexualista es la represión a cualquier precio y todo un aparato de normas y leyes morales que transforman prácticamente la experiencia sexual en una verdadera tortura moral.
Y como un extremo llama al otro, esta postura extremista llamará a la opuesta, que surge con inusitada fuerza espe­cialmente en nuestro siglo, sobre todo en su segunda mitad.

c) El sexo como meta suprema y pasatiempo

La llamada liberación sexual es una ola que fue crecien­do especialmente desde la terminación de la segunda guerra mundial. Si la sexualidad estaba muy restringida tanto por la moral puritana y las normas religiosas como por el miedo al embarazo, el descubrimiento de las píldo­ras anticonceptivas y la pérdida de influencia de las Igle­sias en la sociedad moderna, permitieron una verdadera avalancha sexual en abierta contraposición a la postura anterior.

El sexo, de sucio y prohibido, pasa a ser una especie de panacea de todos los males que aquejan al ser humano.Pero más que de sexualidad en sentido amplio, lo que ocupa el primer plano es el placer sexual buscado por sí mismo tanto dentro como fuera, antes o durante el matri­monio. El sexo, de oculto y tabú, pasa a ser algo destapado y expuesto con las mil formas de los medios de comunica­ción social, no descartándose la pornografía en sus varia­das formas.

Si en la posición anterior se separa al sexo del espíritu, ahora se separa el placer sexual de la procreación. El sexo es vivido como algo valioso por sí mismo más allá de su funcionalidad procreadora o de un compromiso de pareja.

En particular fue la mujer -la más castigada por siglos de represión- la que pudo recuperar su capacidad de goce físico, liberada también del siempre temible miedo al embarazo no deseado, tanto en las solteras como en las casadas.

En esta actitud se registra un cambio de fondo con respecto a la sexualidad y al cuerpo humano. Su postura extrema es una especie de endiosamiento de la sexualidad y de los símbolos sexuales tanto masculinos como femeni­nos. Para muchos la vida se centra en el sexo, en una postura individualista de goce y placer.

El sexo pasa a ser un pasatiempo más o una oportunidad que hay que apro­vechar de cualquier forma. El sexo tiende a separarse del matrimonio, de la pro­creación, pero también de los afectos estables y del amor. Desde ya que en esta actitud hay infinidad de matices.

Positivamente, por primera vez en Occidente, la sexua­lidad es valorada por sí misma y también “laicizada”, es decir, entendida fuera de los cánones religiosos.
El cuerpo también es valorado y nace toda una cultura del cuerpo tanto en las mujeres como en los varones. Estética corpo­ral, masajes, deportes, dietas, danzas, libros y revistas que dan consejos de todo tipo, todo se pone al servicio de un cuerpo capaz de gozar.
Negativamente, además de ciertos excesos ya señala­dos, sigue pendiente la duda de si no se está confundiendo sexualidad con “sexo”, con la pura genitalidad erótica. Si para unos la sexualidad sigue siendo algo aparte por su carácter sagrado, ahora para otros también es algo aparte, casi como una diversión que se agrega a la vida más que como una forma de relación entre las personas.

De todos modos, las enfermedades sexuales que se extienden como una plaga y especialmente el sida repre­sentan un toque de atención hacia la sexualidad indis­criminada. Los miedos vuelven a aparecer, no ya al emba­razo sino a la muerte. Casi parece una burla del destino.

¿Está la sexualidad llamada a ser siempre un elemento conflictivo en la expe­riencia humana?

4. Una constante: la tendencia a separar los elementos
Si observamos con detenimiento todas estas actitudes o posturas, hay un elemento que les es común:
la tendencia a separar. Separar el cuerpo del espíritu, separar el sexo como deber conyugal del placer, separar el sexo del amor, separar el sexo de la relación humana.Como bien ya lo han señalado otros autores, pareciera que el gnosticismo sigue vigente, tanto en la postura rígida y prohibitiva, como en la postura totalmente permisiva. Al menos en nuestros países occidentales la sexualidad no aparece como algo integrado en la totalidad de la vida humana.

Aún hoy y a pesar de la gran evolución sufrida, la sexualidad es algo que aparece al lado de la vida, pero no como la expresión de la totalidad de la vida y, por tanto, de la relación completa entre las personas y de todos los componentes de la persona.

Curiosamente comprobamos en nuestra cultura una actitud dualista y ambigua con respecto a la sexualidad.Por un lado, la cultura emite constantes mensajes sexua­les aparentemente muy liberales.

Por otro, no se tiene respuesta o se la esquiva cuando los adolescentes recla­man su derecho a vivirla.
Se afirma la importancia de la sexualidad y del amor, pero cada día tenemos más dificultades para establecer vínculos estables.

Se presenta al sexo y al amor sexual como el camino de la felicidad; pero esto se contradice con la experiencia real donde el consumismo, el afán de dinero y de poder y un individualismo extremo aparecen como las verdaderas metas a las que se aspira.

¿Es realmente el amor el valor supremo de nuestra sociedad? ¿En dónde ciframos hoy nuestra felicidad? ¿En el amor, en el placer individual, en el dinero, en el bienestar mate­rial?

Comprobamos también que la literatura sobre temas sexuales, tanto en libros como en revistas, casi no conoce límites; sin embargo, comprobamos simultáneamente una gran ignorancia sexual y una increíble confusión sobre los temas que realmente nos preocupan.

Aparentemente sabemos mucho de anatomía sexual y de técnicas sexuales. Pero, ¿comprendemos la sexualidad en toda su dimensión? ¿Es la vivencia de la sexualidad una moda más al servicio de impresionantes negocios o es una actitud que logra mejorar las relaciones entre los sexos?

5. Hacia un acercamiento sereno y natural

Lo cierto es que el tema sexual está allí en el centro de la polémica. Y quizás es mejor que sea así, como una oportunidad que tenemos para repensar el problema por nosotros mismos, para encontrar respuestas que realmente nos signifiquen algo, para liberamos del moralismo asfixiante que la tuvo aprisionada por siglos, y para tratar de com­prender un poco más esa realidad siempre misteriosa y siempre fascinante.

Quizá lo más valioso de todo este proceso es que le hemos perdido el miedo a la sexualidad y hablamos de ella abiertamente, tanto los adultos como los niños y adolescentes.

Comenzamos a entender que es un fenómeno tan natural y universal como natural y universal es el ser humano. Comenzamos a acercamos a la sexualidad con sereni­dad, con naturalidad; no como quien está frente a un enemigo o ante un poder mágico, sino ante algo que es parte de nosotros mismos.

Más aún, que hace que seamos nosotros mismos, varones, mujeres, heterosexuales u ho­mosexuales.“Nuestra” sexualidad, ni divina ni diabólica; simple­mente humana y nuestra. Ni pecaminosa ni perfecta, sí como la búsqueda de una forma de ser, de relacionarnos, de dar vida y encontrar placer.

Acercamos y mirar la sexualidad con una mente fresca, sana, más divertida que dramática, casi como los niños que preguntan e investigan sobre su cuerpo ingenua y despre­juiciadamente.

Porque es de los prejuicios de los que tenemos que liberamos; prejuicios que nos distorsionan la mirada y que nos impiden el nuevo y fresco esfuerzo por ver la realidad sexual como el fenómeno más universal de la vida, que afecta a todos los hombres y mujeres sin distinción de edad ni de condición social; un fenómeno tan natural como es la digestión o el juego, tan deseado por su capacidad de otorgar placer, tan valioso por ser el vehículo más perfecto para entablar una relación y para expresar la sublimidad del amor.

Como una experiencia a ser vivida, y por tanto, a ser aprendida y recreada constantemente, riéndonos de nues­tros fracasos y gozando de nuestros éxitos. No necesitamos ir a la universidad para aprender a vivir nuestra sexualidad: nos basta desnudamos en el cuerpo y en el espíritu.

Como suelo decir con humor: es la única actividad humana en la que, no sólo no necesitamos tener muchas cosas para vivirla, sino que necesitamos despojamos de las pocas que tenemos. La más democrática de las actividades humanas, por­que en ella ricos y pobres se igualan en la desnudez y en la capacidad de amar y de gozar. Todo lo demás sobra.

Somos un cuerpo sexuado

Teresa anda rondando los treinta años. Es una mujer inteligente, con una carrera universitaria, eficiente en su trabajo y hábil para muchas cosas. “Pero -así me lo dice- … ya ve que siempre hay un pero en la vida, no sé qué hacer con mi cuerpo. Siento que mi persona termina en el cuello; de allí para abajo es como si no me perteneciera”. Basta observarla para palpar cierta rigidez corporal que acompaña todos sus movimientos.

Aún sigue soltera y no encuentra la forma de incorporar la sexualidad en su vida, “por lo que me siento fría y pragmática, como si los sentimientos fueran una esfera prohibida para mí. Yo sólo pienso y actúo.No sé qué es eso de sentir “.

Teresa no es un caso único. Son muchos los hombres y las mujeres que viven su cuerpo como si no existiera o como un agregado al que hay que soportar resignadamente, y del que se acuerdan sólo cuando se enferman. Sabemos ya de dónde nos llega toda esa imagen desca­lificada del cuerpo. Teresa me decía: “Es como una cosa animal que uno tiene”.

Es probable que nosotros sintamos que lo valoramos más, pero, cuando tenemos que nombrar ciertas partes del cuerpo, nos avergonzamos de usar las palabras del diccio­nario, y entonces hablamos de la cola, del pajarito o de la cotorra, y de un sinfín de palabras más que nos resultan jocosas y divertidas con tal de “no sentir vergüenza” por darles el nombre que les corresponde.

Pero ya es hora de que nos avergoncemos más bien de nuestras represiones y de la poca estima que tenemos por nuestro cuerpo sexuado. Teresa decía: “No sé qué hacer con mi cuerpo”, supo­niendo que el cuerpo es esa cosa aparte, el agregado del espíritu o de su yo. Claro que es el cuerpo que está debajo del cuello y sobre todo debajo del ombligo.

Cuerpo y sexualidad son dos palabras que se refieren a lo mismo; y eso mismo somos nosotros. No es que “yo tengo” un cuerpo, sino que yo soy un cuerpo: un cuerpo vivo, dinámico, capaz de percibir el mundo y de disfrutar­lo, de pensarlo y de reflexionarlo. Cuánto esfuerzo se ha hecho para ignorarlo, reprimirlo, domarlo, aplastarlo, pero allí está sublevándose constan­temente contra todo intento de separarlo de nuestra perso­nalidad.

La biología nos ayuda a entender mejor a nuestro cuerpo: todo él está organizado para que nos relacionemos con el mundo externo, con nuestro mundo interno y con las demás personas. Sin el cuerpo seríamos islas cerradas e impenetrables. ¿Cómo podría yo expresarme en este escrito o hablarle a usted sin mi cuerpo? ¿Y cómo podría usted escucharme sin el suyo?

El cuerpo con sus órganos externos conectados a esa maravilla que es el sistema nervioso, especialmente el cerebro, no es sino una gran central de conexiones hacia adentro y hacia afuera.

Con este instrumento, tan pequeño comparado con el universo infinito, puedo sin embargo comunicarme con ese universo infinito, puedo adentrarme hasta lo más recóndito de mí mismo y puedo… ¡he ahí la gran maravilla!, comunicarme con otro ser humano con toda la insospechada dimensión del amor.

Y ahora sí esta­mos hablando de la sexualidad: esa función del cuerpo que nos permite con más hondura y placer que los demás sentidos y funciones, comunicarme con un hombre o con una mujer en un encuentro absolutamente único.

No separemos lo que está unido: esta es la voz de la evolución del mundo que encontró su culminación en el cuerpo humano: una unidad total, bien integrada y amal­gamada que nos permite decir “YO”: yo veo, yo toco, yo oigo, yo como, yo conozco, yo recibo sensaciones, yo amo, yo odio, yo abrazo, yo me uno … ¡Mi cuerpo! ¡Tu cuerpo! La obra máxima de la creación evolutiva que me permite comuni­carme con otros seres humanos.
Y eso es sexualidad.

Con mi cuerpo engendro a mis hijos y les comunico ternura, con mi cuerpo siento amor y pasión por mi pareja; dolor, cuando alguien se enferma o sufre; sorpresa ante una buena noticia; rabia cuando me aprieto los dedos contra una puerta. Todo lo expreso con mi cuerpo, porque todo mi cuerpo es relación, es comunicación, es unión, es expresión desde el odio hasta el amor.

Y la sexualidad, como la culminación de esa tendencia a unirme y a gozar en esa unión. Porque toda unión provoca placer, desde la unión con un alimento hasta el abrazo con un amigo. Y la sexualidad que eleva ese placer hasta su punto máximo, el orgasmo, porque se da la unión en su nivel supremo.

Unión y placer: dos elementos inseparables.

Todo nuestro lenguaje lo traduce: “Qué hermoso respi­rar este aire puro, qué bien huele esta sopa … cómo me encanta este paisaje … qué tela más suave … me encanta esta música … qué beso tan dulce … qué tierna es tu cari­cia … “.

Con razón decían los filósofos griegos: “Con respecto al alimento, no te apoderes de la porción mayor sino de la más sabrosa; pues lo importante no es una larga vida sino disfrutar de una vida lo más agradable que pueda ser”.

Solemos decir que tenemos cinco sentidos para unirnos con la realidad y gozar de esa percepción: la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Pero en realidad, todo el cuerpo es un único e integrado instrumento para conectamos y para gozar de esas conexiones, y es en la relación sexual donde todos los sentidos se unen y actúan como una unidad que ve, oye, siente, gusta, palpa su propio cuerpo y el cuerpo del otro, uniendo el goce físico al síquico, el placer al amor, el contacto al cariño, la palabra al gesto …

Esta es nuestra conclusión y nuestro punto de arran­que: no separemos lo que está unido. No hagamos ni del cuerpo ni de la sexualidad una cosa aparte. Somos un cuerpo sexuado. Y somos un cuerpo sexuado para comu­nicamos con nosotros mismos y con los otros.

Si hasta en el autoerotismo hay un encuentro o comu­nicación con nuestro cuerpo y surge el placer de ese encuentro, como en una caricia o cuando nos peinamos o dejamos que el agua tibia caiga sobre nuestra piel.

Unir, eso es lo primero.  Y lo segundo: crear o aprender. El bebé comienza este proceso conectándose con su madre en el encuentro de su boca con el pecho materno. Así nace la unión amorosa y nace el placer de esa unión. El adulto lleva ese proceso a su final a través de un largo aprendizaje creativo hasta la unión total de todo su ser–cuerpo con otro ser-cuerpo. No separar lo que está unido.

Ninguna unión es estéril: toda unión produce placer, pero también valoración de sí mismo, autoestima, creci­miento físico o espiritual.
De toda unión surge algo nuevo, porque cuando la vida se encuentra con vida produce más vida. Es el hijo. El fruto del deseo, del amor, del encuentro.

El encuentro sexual pleno produce los hijos de tantos proyectos comunes que realimentan la unión primera.
Y” el hijo” es el testigo de un proyecto común realizado.

La vida engendra vida… El amor llama al amor.

 

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