Sexualidad en la Biblia e. Nuevo Testamento: Jesús y Pablo. Cultos Mistéricos. La Gnosis

SEXUALIDAD EN LA BIBLIA  (…)

SEXUALIDAD  EN  EL  NUEVO  TESTAMENTO.  JESÚS Y PABLO 

1. Jesús: tradición y moral interior

El cristianismo nace dentro del judaísmo como una reforma interna, del que después de algunos años se separa, admitiendo al Antiguo Testamento como inspira­ción de su vida. Los cristianos lo completan con los Evangelios, las Cartas y el Apocalipsis, los llamados libros del Nuevo Testamento o Nueva Alianza.

En consecuencia, Jesús se mantiene fiel al pensamiento bíblico.

Con respecto a la sexualidad y al matrimonio, no hace mayores innovaciones dentro de su prédica, insistiendo en una moral interior: “Han oído: ‘No cometerás adulterio’. Yo les digo: ‘Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”  (Mt 5, 27-28)

Respecto al divorcio, adopta la escuela rigorista que sólo lo permitía ante causas graves, y así dice: “¿No han leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: ‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne’? De manera que ya no son dos sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.

Como le protestan porque Moisés permitió el divorcio, agregó: “Lo hizo por la dureza de ustedes, pero al principio no fue así. Por tanto, el que se divorcia de su mujer, salvo el caso de adulterio, y se casa con otra, comete adulterio”.

Respecto a la única excepción para el divorcio, el texto griego utiliza la palabra porneia (que se refiere a cualquier pecado sexual o impureza grave), lo que dio pie a interminables discusiones que continúan aún hoy. La traducción más común es adulterio, pero también puede aludir a cualquier otro pecado sexual, incluso a una unión ilegítima.

Lo cierto es que la Iglesia Ortodoxa griega admite el adulterio como causal de divorcio, al igual que las Iglesias Protestantes. La Iglesia Católica sólo admite la separación, pero sin derecho de la parte inocente a casarse de nuevo.

Sea como fuere es evidente que Jesús, siguiendo una tradición rabínica menos laxa, incluye una excepción, lo que está implícito en la pregunta: “¿Es lícito divorciarse por cualquier motivo?”

Sus discípulos desalentados ante tanto rigor, le dijeron: “Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, entonces es mejor no casarse”

Pero Jesús se opone a un criterio tan egoísta y les responde que hay un solo motivo por el que valga la pena permanecer solteros: la entrega a Dios y su reinado: “Hay eunucos que nacieron así del seno materno o fueron he­chos por los hombres; y hay los que se hicieron a sí mismos por el Reino de Dios” (Mt. 19,3-12).

Desde el punto de vista femenino, es importante tener en cuenta que el rigorismo sobre el tema del divorcio, tanto en Jesús como en otros rabinos, era una forma de defender a la mujer del capricho de sus maridos que buscaban cualquier excusa para el divorcio, incluso una sopa mal servida.

En esta misma línea, Jesús, contraviniendo costumbres de la época, admite mujeres entre sus discípulos y mantie­ne una postura condescendiente y abierta con las mujeres, especialmente con las prostitutas. Estas mujeres, entre otras María Magdalena, darán ejemplo de gran fidelidad y entereza cuando Jesús sea crucificado, mientras los apóstoles huían y se escondían.
Los Evangelios destacan la particular relación de Jesús con las mujeres, entre las que están fervorosas discípulas, como María de Magdala (Lc 8,1-3; 10,38-42), habla con ellas en la calle y se deja tocar, contraviniendo normas culturales (Jn 4,1-42; Mc 14,3-9; Lc 8,43-46); comprende, perdona y salva la vida de una adúltera (Jn 8,1-11), realiza varias curaciones algunas de ellas de enfermedades sexuales que producían impureza (Lc 8,43-46) y tiene una actitud comprensiva hacia las prostitutas (Lc 7,36-50) que entrarán al Reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21,31)

También hará numerosos milagros en favor de las mujeres, destacando desde nuestro tema la curación de una mujer hemorroísa, devolviéndola al goce de su sexua­lidad, ya que mientras duraba la emisión de sangre -ya llevaba doce años en esa situación- era considerada impu­ra y no podía tener contacto con hombre alguno (Mt, 9, 20-22).

Que su postura hacia la mujer y hacia la sexualidad fue abierta y positiva lo prueba el hecho de la repercusión de su mensaje entre las mujeres y cómo éstas le permanecieron fieles ante el abandono general de los discípulos varones.

La sexualidad en un clima escatológico

Lo que, en cambio, es nuevo es el ambiente espiritual que se vive en su época, ya desde dos siglos atrás, y en los inmediatos siglos siguientes: es la expectación escatológi­ca y apocalíptica. ¿Qué significa esto?

Es la firme creencia que la historia de salvación de Dios llegaba a su término y final (ésjaton, escatología). Que el fin del mundo estaba cercano, y muy pronto, en esta misma generación, llegaría el Señor corno Rey universal, instaurando el Reino de los cielos con la victoria completa sobre el mal.

Escatología, palabra griega que significa: “palabra sobre los últimos tiempos o sucesos. ” Apocalipsis, en cambio, significa la “revelación” que se hace sobre el final del mundo. El género literario apocalíptico, presente en el libro de Daniel, y en partes de los evangelios y de las cartas, pero especialmente en el Apocalipsis de Juan, describe con metáforas y símbolos muy característicos el final de la historia y del mundo en una gran batalla entre Dios y las tinieblas del mal.

Jesús en todo momento anuncia la inminente llegada del Reino de Dios, o sea, una etapa de soberanía divina y dominio del bien en el mundo. Este era el centro de su mensaje presente en todos los evangelios:

El Reino de Dios llega en forma imperceptible… está cerca…ha llegado… el tiempo está cumplido…llegará antes que algunos se mueran…Ellos creían que el Reino de Dios llegaría de un momento a otro… Vendrá como un ladrón a la hora menos pensada…” (Mt 3,1; 4,17; 10,7-8; Lc 12,39-40; 17,20; Lc 19,11; 21,32;Mc 1,15; Mc 9,1)

Muerto Jesús, los cristianos entendían que sería el mismo Jesús, el Cristo, el que llegaría en nombre de Dios, su Padre, como Señor y Juez del mundo. Digamos de paso que esta creencia en un fin cercano no sólo era compartida por el judaísmo sino también está presente en otros movimientos espirituales de la época fuera del área judaica. Desde esta perspectiva, lo importante era prepararse para el encuentro con el Reino de Dios, convertirse, cam­biar de vida y pensar en las cosas absolutas frente a la relatividad de un mundo que estaba terminando.

Pues bien, esta perspectiva teológica también tendrá incidencia en la sexualidad.

Así como siglos atrás, la fidelidad a Yahvé llevó al judaísmo a elaborar una concepción propia del mundo y de la sexualidad frente a los cultos cananeos, ahora el cristianismo interpreta que tanto la realidad polí­tica como el matrimonio y la sexualidad se vuelven relati­vos ante la inminencia de lo que se avecina.

Si -como decía Pablo- “el tiempo es corto”, poca impor­tancia tiene casarse o no, elaborar un proyecto comercial o cierta transformación política.

Si lo importante es el ya inmediato encuentro final con Dios, lo importante es prepararse para ese encuentro: mejor es casarse con Dios que con un hombre o una mujer …

2. Pablo: Virginidad y matrimonio

Así surge, por primera vez en la historia bíblica, la valoración de la virginidad incluso por encima del matri­monio.

Este es el hecho más relevante de la concepción cristiana de la sexualidad, después de Jesús.

Pablo en la primera carta a los corintios, aludiendo a que “el tiempo es corto”, adopta una posición más extre­ma cuando dice: “Sobre la virginidad no tengo ningún precepto del Señor… “, frase que revela que Jesús se mantuvo en la posición bíblica tradicional. Después continúa dando su opinión personal:
“Considero que por las dificultades del tiempo presen­te, lo mejor para el hombre es vivir sin casarse. ¿Estás unido a tu mujer? No te separes de ella. ¿No tienes mujer? No la busques. Pero si te casas, no pecas … Mientras tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuvieran; los que compran, como si no poseyeran nada; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran: Porque la apariencia de este mundo es pasajera”. La expresión “por las dificultades del tiempo presen­te”, alude a la inminencia del fin del mundo y a lo difícil que resulta permanecer fieles a Dios.

Pablo aconseja seguir su ejemplo, el celibato, pero si alguien no puede hacerlo porque no puede dominar sus impulsos, que se case: “Bien está al hombre abstenerse de mujer. No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer y cada mujer su esposo… Si no pueden contenerse, que se casen. Mejor es casarse que abrazarse… ”   (1Cor, todo el cap. 7))      .

Surge así un concepto que se hará carne en toda la   teología posterior: el matrimonio como remedio contra la concupiscencia. La virginidad sería el estado para los más perfectos, para los que pueden dominarse.

El matrimonio, para los débiles. Que la virginidad es superior al matrimonio lo afirmará Pablo y será doctrina eclesiástica sobre todo desde los siglos tercero y cuarto en adelante.

Pero insisto: lo fundamental en Jesús y Pablo -ambos judíos fervorosos- no es hablar de la sexualidad, sino de la inminencia del Reino de Dios. Desde esa inminencia, ambos relativizaron el matrimonio.

Con respecto al matrimonio y a la situación de la mujer, se siguen las líneas generales del Antiguo Testamento, con los matices del caso.

El amor del esposo a la esposa es comparado con el amor de Jesucristo a la Iglesia; ésta y la esposa deben estar sometidas como quien lo está a su cabeza..

Así Pablo afirma: “Tengan todos en gran honor al matrimonio, y el lecho conyugal que sea inmaculado, pues a los fornicarios y adúlteros los juzga Dios… Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia … Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos… Que cada cual ame a su mujer como a sí mismo; y que la mujer respete a su marido… Quiero que sepan que la cabeza de la mujer es el hombre… Las mujeres sean sumisas a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer … ”   ( Los textos pueden verse en la Carta a los Efesios, es el texto de la liturgia cristiana del matrimonio: cap. 5, 25 y siguientes; Carta a los Colosenses 3, 18-19; Primera Carta a Timoteo, 2, 13-14, etc.)

Pablo, fiel a su tradición rabínica -era un fariseo conver­so- sigue la tradición en cuanto a considerar a la mujer inferior al varón, negándole al mismo tiempo toda inge­rencia en las asambleas litúrgicas y en la conducción de la Iglesia, criterio que no tendrá variables hasta nuestros días.

Apoyándose en los textos de la creación, afirma por ejemplo: “La cabeza de la mujer es el varón… porque Adán fue formado primero y Eva después. El engañado no fue Adán sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión… (1Cor 11,3; Ef 5,21-24; Col 3,18)Sobre el comportamiento de las mujeres en el culto dice: “Que la mujer oiga la instrucción en silencio con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio… Que se callen, pues no les está permitido tomar la palabra en las asam­bleas… ”  (1 Tim 2,9-12; 1Cor 11,4-16; 14,34-36)

Estos desafortunados textos, comprensibles en una época de dominio absoluto del hombre sobre la mujer, sentaron bases teológicas por veinte siglos, postulando la conducta de la mujer con dos palabras: sumisión y silencio.

Sintetizando:

Jesús mantiene una postu­ra tradicional acorde con el Antiguo Testamento, y de simpatía y apertura hacia el matrimonio y la mujer (recor­demos que su primer milagro, según Juan 2, lo hizo en favor de dos jóvenes que celebraban su fiesta de bodas y se encontraron sin vino y que también entre sus primeros milagros está la curación de la suegra de Pedro (Mt 8,14-15)

Pablo, admitiendo la vida celibataria volun­taria sólo por el Reino, elabora una tesis que afirma la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio, visto como un remedio contra las pasiones; al mismo tiempo, reafirma la superioridad del varón sobre la mujer. Queda en el lector valorar ambas posiciones y reflexio­nadas desde nuestra cultura no exigida por un fin del mundo cercano.

3. Las nuevas corrientes de pensamiento:

a) Los cultos mistéricos: exaltación de la sexualidad

Entre tanto, el mapa del pensamiento religioso del siglo primero en adelante, cambia vertiginosamente, y este cambio incidirá en la concepción de la sexualidad de una manera decisiva hasta nuestros días.

Dos fueron los grandes movimientos espirituales que se combinaron con el judeocristianismo: los cultos mistéricos y, especialmente, el gnosticismo.

Los cultos mistéricos (nombre derivado de mys, myein, que significa “sellar los labios” por el secreto que imponían a sus miembros) constituían el verdadero culto popular en el Imperio Romano en los primeros siglos de la era cristiana.

Su principal característica era la promesa de salvación e inmortalidad a sus iniciados y adeptos: se trataba siem­pre de una “iniciación” a ciertos misterios” y cultos carac­terizados por rituales en los cuales se representaba la historia del dios, generalmente su muerte y resurrección, con el objetivo claro de participar de su salvación ( sotería) y de la vida nueva e inmortal.

Generalmente la iniciación se hacía en siete grados, según los siete planetas, como etapas sacramentales.

La Grecia clásica ya había conocido los misterios de Eleusis y Orfeo, y sobre todo el popularísimo culto de Dioniso, que perduraron hasta el triunfo del cristianismo con Constantino.

Después aparecieron otros como el de Cibeles y Attis, y desde Egipto, el de Osiris (el sol) e Isis (la luna).

El cristianismo, al tomar contacto con el mundo de los griegos y al convertirlos a su fe por el bautismo, adopta ciertos elementos mistéricos (como la misma palabra “mis­terio”, traducida al latín como sacramento, ritos de iniciación baños y con comidas rituales de pan y vino, etc.), pero hubo un elemento mistérico con el cual el cristianismo (como el judaísmo con los cultos cananeos) nunca transigió: fue la exaltación de la sexualidad y su divinización mediante ritos orgiásticos y consumición de alucinógenos, lo que llevaba a cierto frenesí que ya amena­zaba entrar en la comunidad cristiana de Corinto, lo que obligó a una drástica intervención de Pablo (1Cor 14)

Corinto era famosa en la antigüedad por el culto a Venus y por sus numerosas prostitutas sagradas y profa­nas.

A título de ejemplo veamos el culto de Cibeles, la gran madre, y Attis, el hijo.

Se trata del culto de la vegetación y de la maternidad, en el que la ofrenda a la divinidad consistía en la sangre y en los órganos sexuales que aseguraban la fertilidad. Este culto cruento, que no excluía la castración de sus sacerdotes, penetró en Roma durante el gobierno de Claudio, coincidiendo con la evangelización y las cartas de Pablo.

Sus grandes fiestas se celebraban en la primavera y duraban una semana, coincidiendo con la Pascua.

A través de sus variados ritos, el iniciado participaba de la muerte y de la resurrección de Attis, no faltando la música desen­frenada, danzas frenéticas, tatuajes y consumición de plan­tas alucinógenas (un hongo), para forzar la unión mística con la divinidad.

Más tarde, Attis será identificado con el sol y con el dios egipcio Osiris, y también con Dioniso, en un gran sincretismo desde sus elementos comunes, pues siempre se trataba de dioses muertos y resucitados como arqueti­pos de la permanente regeneración de la naturaleza y de la vida.

El culto a las divinidades femeninas (Cibeles, Isis, etc.) será transformado por el cristianismo en el culto a María, la madre de Dios y reina del cielo, como una exaltación suprema de la mujer virgen.

En tanto Jesucristo asumirá las virtualidades del sol que ilumina a todos los mortales (la Navidad coincidirá con el solsticio de invierno, nacimiento del sol y del dios iranio Mitra) y como la fuente de resurrección y de vida, con un sentido mucho más espiritual.

b) El gnosticismo: negación y rechazo de la sexualidad

Pero el gran movimiento espiritual que generará com­plejos problemas será el dualismo, ya existente en la filosofía griega de la época, el neoplatonismo (sobre las bases del dualismo cuerpo-alma de Platón). Se entendía que el cuerpo y sus instancias (también la sexualidad) eran una cárcel de la cual el espíritu debía liberarse.

Las ideas del neoplatonismo, como también la ascética del estoicismo (entre sus representantes está Séneca, con­temporáneo de Pablo, y el emperador Aurelio) influirán muchísimo en la elaboración del cristianismo para el mun­do helénico-romano.

El gnosticismo llevará estas ideas hasta sus últimas consecuencias.

El gnosticismo también se presenta como una religión de salvación del hombre mediante la “gnosis”, o sea, el conocimiento interior y verdadero de Dios y del camino para llegar a él, pero desde una visión totalmente negativa y pesimista del mundo, del cuerpo y de la sexualidad, como nunca la humanidad lo había vivido antes.

El gnosticismo entrañará un mayor peligro para el cristianismo-bíblico, porque muy pronto asumirá formas cristianas, haciendo su propia síntesis entre las ideas bíbli­cas, las cristianas y otras provenientes del dualismo persa, del dualismo griego neoplatónico e, incluso, de los cultos mistéricos.

Con el maniqueísmo (cuyo fundador fue el persa Mani, en el siglo III) se transformará en una religión con un gran aparato ideológico y proselitista que competirá con el cristianismo.

Lo cierto es que la gnosis adopta formas cristianas y, aunque considerada herética en muchas de sus teorías, dejará una marca negativa hacia el cuerpo y la sexualidad que aún perdura.

Según los gnósticos, el mundo y todo lo que es material, por tanto también el cuerpo humano, no fueron creados por el Dios verdadero sino, o bien por un Dios falso y malo (incluso el mismo Yahvé) o por seres intermediarios y demoníacos, llamados demiurgos, siete en total, que detentaban el poder sobre el mundo.

No faltaron gnósticos que llegaron a afirmar que el cuerpo de la mujer fue creado directamente por el de­monio; en cambio, el del varón, sólo desde la cintura para abajo…

El alma, por su parte, es una chispa de luz que, habiéndose escapa­do de la esfera del Dios verdadero, terminó encerrada y encarcelada dentro del cuerpo, del cual tiene que libe­rarse.

Este exacerbado dualismo cuerpo malo-alma buena, los llevó a dos actitudes morales opuestas: O bien a un rigorismo absoluto y a apartarse del mundo, del matrimonio y de la sexualidad (concepto éste que arraigará en la vida monástica y religiosa), llegando los Encratitas cristianos a pretender imponer la virginidad a todos los cristianos sin excepción, o a prohibirse las segundas nupcias a los viudos;

o bien a un laxismo y libertinaje total, considerando en estos casos que el pecado sexual es cosa exclusiva del cuerpo y que nada tiene que ver ni con el alma ni con Dios. Esto los conducirá a prácticas tan aberrantes que hasta tuvieron que intervenir las autoridades civiles.

El movimiento gnóstico cristiano (cuyas cabezas fue­ron, entre otros, Marción, Cerinto, Basílides y Valentín), que abarca desde fines del siglo primero hasta fines del segundo, elabora su propia síntesis entre la Biblia y Jesu­cristo, adaptando las teorías al caso.

Así, por ejemplo, afirman que el verdadero Dios fue desconocido hasta Jesús y Pablo, siendo Yahvé un Dios malo y falso; prueba de ello es que creó este mundo material y al hombre sexuado.

A su vez, afirman que Jesús, o no tuvo verdadero cuerpo sino una apariencia (Docetismo) o bien el Jesús histórico fue una especie de engaño para que el demonio no reconociera al verdadero Cristo, revelado a los gnósticos. En consecuencia, si el mundo y sus realidades, son algo malo y diabólico, la actitud del gnóstico es apartarse del mundo, de la cultura humana, de las instituciones, del matrimonio y del sexo.

Quienes logran hacerlo son los “perfectos”, también llamados” espirituales” o pneumáticos, hijos del rey: y por supuesto, son los únicos que conseguirán la salvación.
Como ya lo hemos señalado, si bien muchas ideas gnósticas serán declaradas heréticas y falsas por la Iglesia, otras de sus ideas influirán en la vida monástica y en el alejamiento del mundo; en la valorización de la virginidad y del celibato por encima del matrimonio; en el desprecio del matrimonio y de la sexualidad, sólo tolerables en su función procreativa y como recurso extremo para que las personas débiles no caigan bajo la lujuria y la concupiscen­cia.

La principal forma de gnosticismo, en el siglo tercero, será el maniqueísmo, fundado por el persa Mani (nacido en el 216), heredero del antiguo dualismo persa del dios bueno, la Luz (Ormuz) y el dios malo, las Tinieblas (Arhimán).

Al maniqueísmo adhería san Agustín, antes de conver­tirse al cristianismo, y sus ideas influirán en el doctor de la Iglesia que inspirará como nadie el pensamiento cristiano en los siglos siguientes, casi sin oposición alguna. Por eso, bien podemos afirmar que el gnosticismo y el maniqueísmo perduran en sus ideas sobre el cuerpo y la sexualidad hasta nuestros días.

¡Qué lejos ha quedado el pensamiento de la Biblia!

Observe el lector que el dualismo griego y gnóstico -cuerpo, alma- es totalmente ajeno al pensamiento bíblico que concibe al hombre como una unidad al punto que en su etapa final se afirmará nada menos que la resurrección de los cuerpos, doctrina predicada por Jesús y Pablo, mientras que los griegos y gnósticos afirmaban la destruc­ción del cuerpo y la inmortalidad del alma.

Así, el cristianismo se encontrará en una verdadera encrucijada, puesto ante el dilema de la postura bíblica (el cuerpo sexual como algo bueno creado por Dios, etc.) y la postura dualista (el cuerpo malo como cárcel del espíritu).

En la práctica, aunque nunca se renegó del pensamien­to bíblico, será el pensamiento dualista el que regirá para las cuestiones relativas a la sexualidad.

O bien se elaborarán curiosas interpretaciones del Gé­nesis, como la de san Juan Crisóstomo, quien afirmaba que, de no haber sucedido el pecado de Adán y Eva, la procreación se hubiera hecho por creaciones sucesivas. Por lo tanto, y esto fue enseñado por varios Padres y teólogos, el matrimonio sexuado nace después del pecado y lleva el sello indeleble del pecado.

Se razonaba así: es cierto que Dios creó al varón y a la mujer, pero en estado de virginidad y sin pasiones. La sensualidad y el erotismo son fruto y consecuencia del pecado del hombre.

En conclusión: el cristianismo nace como una “sincresis” de elementos bíblico-semitas, de cultura griega y del movimiento gnóstico en un proceso cultural inevitable, pero lleno de múltiples contradicciones.

 

Envía un Comentario del Artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *