Sexualidad en la Biblia d. La pasión y el amor. El Cantar: un libro bíblico erótico

SEXUALIDAD EN LA BIBLIA  (…)

5. EL AMOR, EL ENAMORAMIENTO Y EL EROTISMO EN LA BIBLIA

Hemos dejado para el final uno de los capítulos más apasionantes de la Biblia y, paradójicamente, casi absolu­tamente desconocido.

Cuanto llevamos desarrollado en este complejo capítu­lo pudiera dejar la sensación de que la Biblia parece desconocer la esencia misma de la sexualidad humana, el erotismo y el amor, exclusivamente preocupada por la descendencia de los hijos y por un cierto orden social matrimonial.

Pero de ninguna manera es así y más de un lector se sorprenderá al encontrar en la Biblia toda una erótica del amor humano que nuestros libros de teología occidentales siempre eludieron.

Más aún, en la Biblia tenemos un pequeño libro dedica­do exclusivamente al erotismo de los amantes. Pero vayamos paso a paso.

Los grandes amantes

La Biblia nos presenta el erotismo humano, más que en textos teóricos, en la misma vida de sus personajes. Sólo presentaré algunos casos a modo de ejemplos.

En la época patriarcal el gran romance fue entre Jacob y Raquel (Gen 29). Jacob al ver la belleza de Raquel se enamora a primera vista y la pide en matrimonio a su padre Labán. Este accede pero en la noche de bodas hace introducir en la habitación a su hija mayor Lía y Jacob se acuesta con ella pensando que era Raquel.

A la mañana Jacob se da cuenta del engaño y se queja a su suegro, quien por toda explica­ción le dice que las costumbres del lugar son así, primero que se case la mayor. Por lo tanto, tendrá que trabajar para él, como pago de la dote, durante siete años. Si además quiere a Raquel, otros siete años más. El texto señala que esos siete años “le parecieron unos pocos días por el gran amor que le tenía”.

En cambio a quien no amaba era a la pobre Lía que no hacía más que darle hijos, pues pensaba “ahora sí que mi esposo me amará. Ahora sí sentirá afecto por mí pues le he dado tres hijos  “.

¿Qué fue lo que cautivó a Jacob al ver a Raquel? Dice el texto: “Lía tenía una mirada tierna, pero Raquel tenía un linda silueta y era muy hermosa. Entonces Jacob se enamoró de Raquel”

En la época de los Jueces el gran amante fue Sansón (Jue 14 y 16), de extraordinaria fuerza gracias a sus largos cabellos, pero de carácter infantil y caprichoso. Se enamora de una filistea y, ante la protesta de sus padres porque no se casaba con una hebrea, responde: “Esa es la que a mí me gusta”.

El matrimonio fracasa rotundamente y después San­són tiene su famoso romance con otra filistea, Dalila, quien lo traiciona y le saca el secreto de su fuerza.

Pero ciertamente que el gran galán de toda la Biblia es David, un joven apuesto, guerrero victorioso y hábil político.

Después de matar al gigante Goliat, las mujeres salen a aclamado por donde pasa, cantando: “Saúl mató a mil, pero David a diez mil”. Todas las mujeres tenían puestos sus ojos en él, pero como corresponde a un héroe romántico y bello, fue la hija del rey la destinada al matrimonio. Curiosamente, se trata del único caso en la Biblia en que se dice que una mujer se enamora de un hombre, o sea, toma la iniciativa.

Dice el texto: “Mientras tanto Mical, la hija de Saúl, se había enamo­rado de David… Saúl, al ver que su hija lo amaba … “.

El matrimonio, aunque perduró, no fue muy exitoso, y David, aún perseguido a muerte por Saúl, tuvo tiempo de enamorarse de Abigail, en ese momento casada, quien tras la súbita muerte de su marido, se casa con David.

Años después, cuando lo proclaman rey de todas las tribus, contaba varias mujeres y amplía su harem. Eso no le impidió enamorarse perdidamente de otra mujer casa­da, Betsabé, al verla bañarse desnuda en su jardín.

Como era la esposa de un fiel guerrero suyo, Urías, lo manda al frente de la batalla para que allí encuentre la muerte. Tras lo cual trae al palacio a Betsabé.

El profeta Natán le reprocha su conducta, le anuncia la muerte del hijo que nacerá de Betsabé, y le dice en nombre de Dios: “Te ungí rey de Israel y puse a sus mujeres en tus brazos”, lo que no fue obstáculo para que cometieras adulterio y homicidio.

El segundo hijo de Betsabé será nada menos que Salomón que heredaría el trono y su espíritu mujeriego, constituyendo el harem más famoso de la historia, unas mil mujeres.

También la Biblia conoce el drama pasional en un relato que sorprende por sus observaciones psicológicas.

Absalón, hijo de David, tenía una hermana llamada Tamar. En tanto Amnón, también hijo de David de madre distinta, “se enamoró de ella y era tal su ansiedad que llegó a enfermarse a causa de su hermanastra, porque como la joven era virgen, a Amnón le parecía imposible llevar a cabo algo con ella”.

Al verlo tan deprimido, un amigo le pregunta qué le pasaba y le aconseja hacerse el enfermo y pedir que venga Tamar a prepararle algo de comer. Así se hace.

Entonces “Amnón la agarró y le dijo: ‘Acuéstate conmigo’. Pero ella replicó: ‘No, hermano, no trates de forzarme porque eso no se hace en Israel. No cometas esa infamia. ¿A dónde iría yo con mi deshonra? En cuanto a ti, quédate como un infame en Israel. Por favor, habla con el rey y él no se opondrá a que seas mi esposo’.

Pero Amnón no quiso escuchada, la tomó por la fuerza y se acostó con ella. En seguida Amnón sintió hacia ella un odio terrible, más fuerte aún que. el amor con que la había amado, y le dijo: ‘Levántate, vete:”.

Ella se opone a ser echada de esa manera, y Amnón ordena a sus sirvientes que la expulsen y tranquen la puerta.

Tamar sale gritando y se encuentra con su hermano Absalón, quien le aconseja cautela y discreción. David se entera, se indigna profundamente mientras que Absalón prepara la venganza.

En efecto, dos años después Absalón organiza un banquete en las afueras de la ciudad e invita a miembros de la realeza, en especial a Amnón. En pleno banquete y de acuerdo con un plan minuciosamente organizado, los sirvientes de Absalón asesinan a Amnón.

Después huye de las iras de David y a los tres años se reconcilian.

Judit: el poder de la seducción

También se conoce en la Biblia a la mujer heroína que doblega al poderoso enemigo con sus encantos femeninos, en el libro de Judit, una novela con fines nacionalistas del siglo III antes de Cristo.

Se trata de Judit “mujer muy hermosa y de aspecto muy agradable”, quien, cuando el poderoso Holofernes con un inmenso ejército sitia la ciudad de Betulia, se presenta al jefe de la ciudad y le promete acabar con los enemigos con la ayuda de Dios.

Se engalana con sus mejores atavíos, “se bañó, se ungió con perfumes y peinó sus cabellos. Después se ciñó la cabeza con un turbante y se puso la ropa de fiesta con que solía engalanarse cuando aún vivía su marido; se calzó las sandalias, se puso collares, brazaletes, anillos, aros y todas sus joyas: en una palabra, se embelleció a tal extremo que podía seducir a todos los que la vieran”.
Así se presenta ante el campamento asirio. “Cuando se divulgó en el campamento la noticia de su llegada, se produjo una agitación general. Maravillados de su hermo­sura, no podían menos de admirar también a los israelitas y decían: ‘¿Quién podrá despreciar a un pueblo que tiene semejantes mujeres? No conviene dejar a uno solo vivo, pues sus sobrevivientes podrían seducir a toda la tierra… ‘.

Cuando apareció Judit ante Holofernes, todos quedaron maravillados de su hermosura … y decían: ‘De un confín al otro de la tierra no hay mujer como ésta, por la hermosura de su rostro y por la sensatez de sus palabras:”.

Entre tanto Holofernes prepara un banquete con estas indicaciones a su lugarteniente: “Trata de convencer a esa mujer hebrea para que venga a comer con nosotros, porque sería vergonzoso que la dejáramos partir sin haber gozado con ella. Si no logramos conquistarla, todos se burlarán de nosotros”.

Judit simula acceder y “cuando entró en el banquete, el corazón de Holofernes quedó cautivado por ella, su espí­ritu se turbó y ardía con deseos de poseerla, porque desde la primera vez que la vio buscaba la oportunidad de seducirla… ” .

El resto es conocido: A la madrugada y completamente ebrio, Holofernes se halla a solas en la tienda con Judit.

Cuando queda profundamente dormido, la heroína toma la espada del general y le corta la cabeza. Con ese trofeo vuelve a la ciudad, muestra la cabeza de Holofernes y los judíos salen a combate ante los enemigos que huyen al descubrir que su general estaba muerto.

Una historia similar es la novela didáctica del libro de Ester.

El amor del esposo

Por supuesto que la Biblia conoce toda la profundidad del amor entre esposos, un amor tal que es propuesto por los profetas, especialmente Oseas, Isaías, Jeremías y Eze­quiel, nada menos que como forma de entender el profun­do amor de Dios por Israel, su esposa amada.

Los profetas no dicen que en el matrimonio se da un amor como el de Dios por su pueblo, sino a la inversa: que el amor de Dios es como el amor del esposo.

Transcribo sólo tres textos de una incomparable hon­dura, textos que nos hacen comprender que aquella cultu­ra tan antigua sabía mucho sobre la profundidad del amor entre un hombre y una mujer.

Cuando Ezequiel muestra el amor de Dios por su esposa -el pueblo de Israel- pone en boca de Dios el siguiente texto:
“Yo pasé junto a ti, comenzaste a crecer, te desarrollaste y te hiciste mujer, se formaron tus senos y crecieron tus cabellos, pero estabas completamente desnuda. Y o pasé junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo del amor. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnu­dez. Entonces te hice un juramento, hice una alianza contigo y tú fuiste mía … ” (Ver Ezequiel 16)

Nos costará mucho encontrar en nuestra literatura teológica un texto similar, no sólo por lo atrevido de la metáfora, sino por la pasión con que se vive el amor de un hombre por una mujer.

Magnífica síntesis del amor humano de hace dos mil quinientos años: “Pasé junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo del amor. Te hice un juramento, hice una alianza contigo y tú fuiste mía… “.

No menos atrevida es la metáfora de Isaías quien, para reflejar el amor de Dios por su pueblo-esposa que le ha sido infiel y su deseo de reconciliación, pone en boca de Yavé estas palabras:

“Ya no te dirán más’ abandonada’ ni a tu tierra’ devas­tada’, sino que te llamarán ‘mi placer’ ya tu tierra ‘despo­sada’. Porque el Señor pone en ti su placer y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye, y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios “(Is 62,4-5).

No sólo se habla de placer y de alegría, sino que Dios habla del placer que siente por estar con su pueblo, el mismo placer del esposo con la esposa.

El texto de Oseas interpreta audazmente la relación de Dios con su pueblo como el mismo “conocimiento” que se tienen los esposos, expresión semita que significa la rela­ción sexual: “Por eso yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón … Aquel día tú me llamarás ‘mi esposo’ … Te desposaré para siempre en la justicia, en el amor y en la misericordia; te desposaré en la fidelidad “y tú conocerás al Señor” (Os 2,16-22)

El lector no tendrá dificultad en reencontrarse con esas palabras que hacen al amor sexual, que son de hoy y que son de siempre: pasión, seducción, amor, placer, alegría…

Y para los que son creyentes, he aquí unos textos que pueden ayudarles a superar la vieja dicotomía entre reli­gión y sexualidad.

Es evidente que los profetas no tenían esa dicotomía, muy por el contrario, tanto valorizan el amor sexual, el placer sexual, la relación sexual y el gozo que produce, que los proponen como símbolos del amor de Dios por su pueblo.

Por eso recojo lo que dijera una psicoanalista francesa Maryse Choysi: “Jamás he comprendido por qué una religión fundada en el amor tiene tanto miedo a la sexualidad” (Psicoanálisis y Catolicismo).

Mientras leamos y estudiemos la Biblia no lo compren­deremos. Algo pasó después para que esto sucediera. Pero aún nos queda lo mejor: un libro erótico en el corazón de la Biblia.

El Cantar de los Cantares: cuando dos adolescentes se aman. Se trata de una especie de colIage de poemas de amor con tres personajes: el amado, la amada y el coro, sin mucha unidad interna. Aunque el Cantar le fue atribuido a Salomón, hoy se lo supone terminado hacia el siglo V a C., y se han dado todo tipo de interpretaciones, desde que se trata de cánticos para las fiestas de bodas o que reflejan la relación entre Baal y Astarté, o de Yahvé con el pueblo hebreo.

Lo cierto es que fue admitido no sin dificultades en el canon bíblico tanto por judíos como por cristianos, aunque siempre se evitó darle la interpretación que realmente tienen sus palabras, escamoteándolo bajo una simbólica religiosa y mística. Nada mejor que leerlo, dejarse invadir por sus palabras y atrevidas imágenes, y sacar cada uno sus conclusiones de un libro religioso absolutamente sorprendente.

El Cantar comienza con una ardiente invitación de la amada: “¡Que me bese ardientemente con su boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino; sí, el aroma de tus perfumes es exquisito, tu nombre es un perfume que se derrama: por eso las jóvenes se enamoran de ti. Llévame contigo, corramos. El rey me introdujo en sus habitaciones: gocemos y alegrémonos contigo, celebremos tus amores más que el vino. ¡Cuánta razón tienen para amarse!” (1,2-4) Esta es la tesis de todo el pequeño libro: una invitación a amarse y gozar, y un ansia profunda por encontrarse en cualquier parte… “Dime, amado de mi alma, dónde llevas a pastar tu rebaño, para que yo no ande vagando junto a los rebaños de tus compañeros… ” (1,7).

Cuando llega el encuentro, es pleno de felicidad y placer: “Como un manzano entre los árboles silvestres es mi amado entre los jóvenes: yo me senté a su sombra tan deseada y su fruto es dulce a mi paladar. El me hizo entrar en la bodega y enarboló sobre mí la insignia del Amor. Reconfortémonos con pasteles de pasas, reanimémo­nos con manzanas, porque estoy enferma de amor. Su izquierda sostiene mi cabeza y con su derecha me abraza” (2,3-6).

El árbol con sus apetitosos frutos, la bodega con el extático vino: algunos de los símbolos amoroso-sexuales del poema para describir la relación íntima, mientras el amado enarbola su insignia masculina. Después llega la primavera, la estación del comienzo del año en el hemisferio norte, de la primera luna llena, de la fuerza de la vida, del amor.

Y la amada se entusiasma como cualquiera de nuestras adolescentes: “¡La voz de mi amado! Ahí viene, saltando por las montañas como un ciervo joven. Ahí está: se detiene detrás del muro, mira por la ventana y espía por el enrejado.

Entonces habla mi amado y me dice: ‘Levántate, amada y hermosa mía, ven, porque ya pasó el invierno y cesaron las lluvias. Aparecieron las flores, llegó el tiempo de las canciones y se oye el arrullo de la tórtola. Ya la higuera dio sus primeros frutos y las viñas en flor exhalan su perfume. ¡Levántate, mi amada, ven, mi hermosa! Paloma mía, que anidas en las grietas, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz, porque tu voz es suave y hermoso es tu semblante”‘.

Y la amada que le responde: “Mi amado es para mí y yo soy para mi amado” (cap.2), verdadera síntesis universal del amor entre hombre y mujer. Y el joven que replica: “Ven conmigo, novia mía… Me has robado el corazón con una sola de tus miradas, con una sola vuelta de tus collares. Qué hermosos son tus amores, novia mía! Tus amores son más deliciosos que el vino, y el aroma de tus  perfumes mejor que todos los ungüentos; tus labios des­tilan miel pura y la fragancia de tus vestidos es como el aroma del Líbano. Eres un jardín cerrado, una fuente sellada. Tus brotes son un vergel de granadas con frutos exquisitos… ” (4, 9-15).

Y ella que acepta el invite y responde: ” ¡Que mi amado entre en su jardín y saboree sus frutos exquisitos!” Y la respuesta del joven amante: “Yo entré en mi jardín, novia mía, recogí mi bálsamo, comí mi miel y mi panal, bebí mi vino y mi leche. ¡Coman y beban, amigos míos, embriaguémonos de amor! (S, 1-4). Tu talle se parece a la palmera, tus pechos a sus racimos. Entonces dije: subiré a la palmera y recogeré sus frutos. Que tus pechos sean como racimos de uva y tu paladar como vino delicioso que corre suavemente hacia el ama­do … ” (7,8-10).

Entonces la joven amante prorrumpe entusiasmada hasta la locura: “Yo soy para mi amado y él se siente atraído hacia mí. ¡Ven, amado mío, salgamos al ampo! Pasaremos la noche en los poblados; de madrugada iremos a las viñas, veremos si brotan las cepas, si se abren las flores, si florecen las granadas… ¡Allí te entregaré mi amor! ¡Ah, si fueses mi hermano, criado en los pechos de mi madre! Así, al encontrarte por la calle podría besarte sin que la gente me despreciara. Yo te llevaría a la casa de mi madre, te haría entrar en ella y tú me enseñarías … ” (7, 11-8,2).

La joven se rebela contra las costumbres de su época y busca cualquier situación para ser iniciada (enseñada) en el amor por su apuesto novio. El coro sorprendido pregunta: ” ¿Quién es esa que sube del desierto reclinada sobre su amado?”. Y el amante que responde: “Te desperté debajo del manzano, allí donde tu madre te dio a luz”. Y la amada que nos deja los inmortales versos:

“Grábame como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo, porque el Amor es más fuerte que la Muerte, inflexibles como el Abismo son los celos. Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas de Dios.  Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, sólo conseguiría desprecio” (8,5-7).

El amor y la muerte (eros y thánatos) las dos grandes fuerzas que atraen irresistiblemente al ser humano. Pero el amor tiene el fuego y la fuerza del mismo Dios. Nada lo puede destruir. Quien no lo siente, en vano intentará comprarlo.

El Cantar también tiene varias descripciones físicas de los amantes, exultante s hasta la exageración, como pasa con todos los enamorados, y llena de metáforas orientales que revelan cuán difícil es hablar cuando se ama … Los piropos se suceden a lo largo del poema en una constante exaltación de la belleza física. Extraigamos algunos versos.

De la amante hacia su novio: “¡Qué hermoso eres, amado mío, eres realmente encan-tador. Y qué frondoso es nuestro lecho!”. Y las compañeras que le preguntan: “¿Qué tiene tu amado más que los otros…?”, y ella que responde: “Mi amado es apuesto y sonrosado, se distingue entre diez mil. Su cabeza es un lingote de oro puro, sus cabellos como ramas de palmera. Sus ojos son dos palomas… sus mejillas son canteros perfumados. Sus labios, lirios que destilan mirra pura. Sus manos, brazaletes de oro; su vientre, un bloque de marfil; sus piernas, columnas de alabastro.Todo su aspecto es como el Líbano, esbelto como los cedros. Su paladar rebosa dulzura y todo él es una delicia. Así es mi amado, así es mi amigo, hijas de Jerusalén” (cap. 5).
Del novio hacia la amada: “¡Qué hermosa eres, amada mía! Tus ojos son palomas detrás del velo. Tus cabellos, como rebaños de cabra… Como una cinta escarlata son. tus labios y tu boca es hermosa. Como cortes de granada son tus mejillas… Tus pechos son como dos ciervos jóvenes, mellizos de una gacela … Eres toda hermosa y no tienes ningún defecto … ” (c. 4). “Yo te comparo con una potra uncida al carro del faraón … ” (1, 9).

En otro momento ve danzar a su amada y la va descri­biendo desde abajo hacia arriba: “Tus pies son bellos en las sandalias, hija de príncipe. Las curvas de tus caderas son como collares… Tu ombligo es un cántaro donde no falta el vino aromático. Tu vientre, un haz de trigo, bordeado de lirios”. “Tus pechos como dos ciervos jóvenes mellizos. Tu cuello es una torre de marfil, tus ojos como las piscinas de Jesbón, tu nariz como la torre del Líbano. Tu cabeza se yergue como el monte Carmelo; tu cabelle­ra es como púrpura. ¡Qué hermosa eres, qué encantadora, mi amor y mi delicia!” (cap. 7).

También el poema conoce la ansiedad de la amante que espera, la ausencia del amado, como su alocada búsqueda olvidándose de todo: “En mi cama, durante la noche, busqué al amado de mi alma. Lo busqué y no lo encontré. Entonces, me levantaré y recorreré la ciudad, por las calles y por las plazas buscaré al amado de mi alma. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda: ‘¿Han visto al amado de mi alma?’. Apenas lo había pasado, encontré al amado de mi alma. Lo así y no lo solté hasta que lo hice entrar en la casa de mi madre… ” (c. 3).
En el capítulo quinto, ella lo espera ansiosa a altas horas de la noche, con miedo a ser descubierta y fantaseando que no venga: “Yo duermo, pero mi corazón vela: de pronto oigo a mi amado que golpea: ‘Ábreme, mi amada, mi preciosa paloma, porque mi cabeza está empapada de rocío’. Yo pensé: ‘Ya me quité la túnica, ¿me la vaya poner de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿me los vaya ensuciar?’. Entre tanto mi amado pasó la mano por la abertura de la puerta y se estremecieron mis entrañas. Me levanté para abrirle y mis manos destilaron mirra, fluyó mirra de mis dedos por el pasador de la cerradura. Yo mismo le abrí a mi amado, pero ¡él ya había desapa­recido y mi alma se fue detrás de él!”.

La joven se siente desesperada y, olvidándose de su desnudez se lanza a la calle en plena noche: “Lo busqué y no lo encontré, lo llamé y no me respon­dió. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda; los guardias de la ciudad me golpearon y me hirieron, me arrancaron el manto. Júrenme, hijas de Jerusalén, que si encuentran a mi amado le dirán, ¿qué le dirán?: ¡Que estoy enferma de amor!”. Nos sorprenden estas descripciones que tan profunda­mente conocen el alma de los adolescentes enamorados y que revelan una finísima psicología.

Como sorprendente es el final del poema: Los hermanos de la chica (de doce o trece años) se sienten preocupados por lo que está pasando, y deciden cuidarla paternalmente: “Tenemos una hermana pequeña, aún no le han creci­do los pechos. ¿Qué haremos con nuestra hermana cuando vengan a pedirla? Si fuera una muralla, le pondríamos almenas de plata; si fuera una puerta, la reforzaríamos con tablas de cedro”.

La joven amante se sintió herida en su amor propio, la tratan de niña e incapaz de cuidarse. Y su respuesta es inmediata: “Yo soy una muralla y mis pechos son como torreones. Por eso soya los ojos de él como quien ha encontrado la paz”. Que no se molesten por mí: soy una mujer y encontré la paz en el amor.

Como el lector lo habrá descubierto ya, los protagonis­tas no son dos esposos, sino dos amantes, apenas adolescentes. Un motivo más para que valoremos al Cantar dentro de la Biblia: la frescura con que viven en el amor, su libertad, la profundidad de su ardor.

Es el único libro bíblico donde la mujer aparece en pie de igualdad con el varón, tomando generalmente la inicia­tiva en su propuesta amorosa, y mostrándose la más audaz y ardiente.

Por eso, el Cantar es el más universal de los libros bíblicos, y pareciera escrito hace horas, aquí mismo entre nosotros.

Para los educadores, siempre preocupados por buscar un libro de educación sexual que no contradiga a la palabra de Dios: allí está el Cantar con toda su frescura testimonial.

Curiosamente es el menos utilizado en la liturgia, ni si quiera en la celebración del matrimonio, y ha sido total­mente dejado de lado de toda reflexión religiosa sobre la sexualidad, ausente eterno de toda educación religiosa de los jóvenes. (!) Todo un monumento a la coherencia ideológica…

De allí la pregunta que me hago: Cómo es posible que una religión que tiene un libro sagrado e inspirado por Dios sobre el erotismo sexual, pudo llegar a una fobia tan grande contra la sexualidad…

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