Sexualidad en la Biblia c. Normativa.

SEXUALIDAD EN LA BIBLIA  (…) 

4. NORMATIVA SEXUAL EN LA BIBLIA

La normativa bíblica sobre la sexualidad es muy escasa en comparación a la del cristianismo posterior. Se trata de pocas normas, pero muy precisas y ordenadas para pre­servar tres elementos fundamentales: el culto a Dios, el orden social, los derechos del prójimo.

En consecuencia: se prohíbe taxativamente la pros­titución sagrada, porque atenta contra el culto a Yahvé.

Se prohíbe el incesto, la homosexualidad y el bestialismo, a los que se considera como abominaciones, por atentar contra el orden social. Ejemplos de esto son la destrucción de Sodoma y Gomorra, entre otros.

Se prohíbe terminantemente el adulterio, especialmen­te por atentar contra los derechos del varón; y la violación de una mujer, por la vejación a que es sometida.  Pero también la mujer era condenada a muerte si estando en la ciudad no pedía auxilio. Si la violación se producía en el campo, se presumía su inocencia, pues aún cuando hubiera gritado nadie la habría escuchado (Ver Deuteronomio 22,23)

Todos estos pecados, si se demuestra en juicio que son reales (para eso se necesitan al menos dos testigos) tienen por castigo la pena de muerte.

Como vemos, pocas y taxativas normas, que no se explican ni razonan sino que se establecen como bases de vida social; normas que, por lo general ni siquiera son típicas de la Biblia (salvo las relativas al culto a Yahvé) sino sacadas de la legislación caldea y egipcia.

En cuanto al Decálogo, las normas sólo se refieren al adulterio y a la codicia de la mujer ajena (Ex 20,14 y 17; Deut 5,18 y 22)

Con respecto a la homosexualidad, es inútil buscar en la Biblia cualquier connotación psicológica: se la considera un desorden social que pone en peligro la vida misma de la comunidad

En este sentido también se prohíbe la automutilación y el travestismo.

Otras normas se refieren a la impureza sexual, restos de antiguos tabúes presentes en el hombre bíblico. La impu­reza no es una falta o un pecado sino una situación que impide la relación con la comunidad, especialmente cultual.

En el varón, la eyaculación produce impureza por un día. La blenorrea necesita un rito purificatorio.

En la mujer, hay impureza en la menstruación y en el parto. Se sale de la impureza con determinados rituales.

La relación sexual produce impureza por un día.

También se prohíben las relaciones sexuales durante la menstruación. Resabios de esta impureza ritual quedaron en el cristia­nismo. Hasta no hace mucho los sacerdotes pedían a las parejas que querían comulgar sacramentalmente en la misa que se abstuvieran de relaciones desde el día anterior, siendo ésta una costumbre que estuvo muy arraigada por siglos. No se trata de un pecado sino de una especie de “falta de respeto”.

Problemas que tanto preocuparon y preocupan a los moralistas y pastores religiosos son totalmente ignorados por la Biblia, así el problema de la masturbación.

En toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamen­to, no hay un solo texto relativo a la masturbación. Este es un tema que se introduce en la Iglesia recién en el Renaci­miento.

Con respecto a las relaciones sexuales prematrimoniales, hay que tener en cuenta que las chicas se casaban entre los doce y catorce años; los varones entre los 16 y 18.

Pero el matrimonio propiamente dicho era precedido por un año de compromiso en el que preparaban la boda. Durante ese año la pareja se debía fidelidad.

Como las parejas prácticamente casi no se veían, pues todo era un arreglo entre los padres, no tenían los proble­mas de intimidad que hoy tienen nuestros adolescentes y jóvenes.

La costumbre -típica de casi todos los pueblos antiguos semitas- era que la mujer llegara virgen al matrimonio; pero no se consideraba pecado si los novios tenían relacio­nes sexuales, especialmente en Judea. Pero si la novia tenía relaciones con otro hombre, se consideraba adulterio. Si el varón tenía dudas al respecto, la Biblia establecía un complejo ritual para comprobar su virginidad

(Ver toda la normativa bíblica en el cap.  22 y 23 del Deuteronomio; 18 y 20 del Levítico)

O sea, estaban prohibidas las relaciones de la novia con otro hombre que no fuera su novio. (Esta fue la situación que vivió José cuando, estando comprometido con María, descubre su embarazo. El relato está en el capítulo primero del evange­lio de Mateo)

Pero no existe un solo texto que considere pecado grave las relaciones sexuales entre novios o que explícitamente las prohíba.

El divorcio vincular siempre estuvo autorizado en la Biblia y fue legislado en el Deuteronomio (24, 1-4). Era siempre un derecho del marido y era suficiente motivo “descubrir algo que le desagrada en ella”.

El espíritu de estas normas: fidelidad y amor

Ahora que ya conocemos la normativa, es importante que hablemos de su espíritu global: para la religión hebrea lo fundamental era la Alianza que Dios había establecido con su pueblo.

La ley -sobre todo el Decálogo- expresaba esa alianza: violar la ley era ser infiel a la alianza con Dios.

De allí que todas las normas fundamentales están ex­presadas como la voz misma de Dios, quien las escribiera en tablas de piedra y se las entregara a Moisés.

Por eso, toda la normativa se resume en el amor y fidelidad a Dios, y en el amor y fidelidad al prójimo.

Jesús -que fue un judío muy fervoroso y respetuoso de la ley- citando precisamente al Deuteronomio (6, 5) y al Levítico (19,18), cuando le preguntaron por la importancia de los mandamientos y de tantas leyes, dio aquella cono­cida respuesta que sintetiza muy bien el pensamiento bíblico: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo mandamiento es seme­jante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los Profe­tas” (Mt 22, 37-40)

En síntesis: respetar el culto a Dios y respetar los dere­chos del prójimo en un espíritu de amor. Por eso está prohibida explícitamente la prostitución sagrada (Deut 23,18-19; Lev 19,29) “porque es una abominación para el Señor”, o sea, porque atenta contra la alianza con Dios.

En cambio la prostitución profana no está prohibida porque si es entre solteros se considera que no atenta contra el prójimo; si interviniese un casado es adulterio y ya tiene sanción propia. Ya vimos que los libros sapienciales la desaconsejan porque llevan a la ruina del que la practica.

Es interesante observar que los profetas, además de denunciar la apostasía religiosa como pecado fundamen­tal, denuncian otro pecado como gravísimo: es el pecado social, especialmente contra los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Pero nunca se refieren a nues­tros llamados pecados sexuales, salvo el adulterio.

En el Nuevo Testamento aparecen listas de pecados que tampoco se explican, pues siguen una línea de pensamien­to muy antigua que se considera conocida por todos.

Así Jesús dice: “Del interior del corazón salen los homicidios, adulte­rios, fornicaciones, robos, injurias, falsos testimonios. Esto es lo que mancha al hombre” (Mt 15,10-20).

Por su parte san Pablo dice: “Las obras de la carne (del pecado) son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, odios, celos, divisiones, envidias, orgías y cosas semejantes” (Gal 5,18-21).

Como Pablo escribe a cristianos del ambiente pagano alude al libertinaje sexual y a las orgías típicos de los cultos mistéricos del paganismo. La palabra “fornicación” tiene un sentido amplio y preciso, pudiendo significar tanto el adulterio, como la prostitución sagrada como todo pecado sexual que la Ley considera pecado. (En griego es ‘porneia’, de donde deriva la palabra pornografía)

Finalicemos este ítem haciendo una importante observación: algo no es pecado porque lo prohíbe la Biblia, pues ésta recoge un sinnúmero de normativas que recibe de otras culturas o que surgen por circunstancias especiales.

En todo caso si la Biblia lo prohíbe, es porque considera que la cosa en sí misma es mala en un contexto cultural determinado.

De la misma forma, no todo lo que la Biblia prescribe tiene un valor eterno. Quienes quieren tomar al pie de la letra ciertas prescripciones, seguramente no estarán de acuerdo en condenar a muerte a los homosexuales y adúlteros, ni prohibirán como pecado las relaciones sexuales durante la mens­truación de la esposa, etc.

Al mismo tiempo hay muchas cosas buenas y virtuosas de las que la Biblia no habla, sea porque las da como sobreentendidas, sea porque no eran preocupaciones de la época.
Espero, de todos modos, que a los lectores les haya quedado claro que los numerosos autores de los libros sagrados (“Biblia”, los libros) a lo largo de veinte siglos de grandes transformaciones culturales, fueron buscando el ca­mino, dejando algunas normas y estableciendo otras, mucho más por circunstancias históricas y culturales que por una preocupación dogmatista de establecer criterios absolutos para todos los pueblos y para todos los tiempos.

Si no fuera así, sólo podemos hablar de contradicciones entre una norma y otra. Lo que en cambio sí queda como constante es el princi­pio fundamental al que ya hemos aludido: respetar la alianza con el Dios Único Yahvé, respetar los derechos del prójimo y respetar el orden social.

 

 

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