Sexualidad en la Biblia b. Jueces y Monarquía. Libros sapienciales

SEXUALIDAD  EN  LA  BIBLIA  (…) 

2. LA SEXUALIDAD EN CANAÁN: ÉPOCA DE LOS JUECES Y DE LA MONARQUÍA

Las tribus hebreas, a partir de los últimos años de Jacob, se instalan en Egipto donde permanecerán unos cuatro­cientos años. Tras una primea etapa de convivencia pacífi­ca, terminarán esclavizados y sometidos a trabajos forzo­sos.
Hacia el año 1200 a C, Moisés logra imponer el éxodo y la fuga, encaminándose hacia Canaán a través del desier­to. Según los textos llegan a penetrar en la “tierra prome­tida” cuarenta años después, conducidos por Josué. Allí se instalan, no sin continuas guerras con los pue­blos cananeos y filisteos, y, tras estar un tiempo disper­sos, cada tribu por su lado, ocasionalmente regidos por los Jueces, finalmente hacia el año 1000 se instala la monarquía, primero con Saúl, y después con David y Salomón que consiguen la unidad de todas las tribus en un solo reino.
Tras la muerte de Salomón, las tribus del norte se sublevan por los pesados impuestos y se separan, instaurando el reino de Israel. Las dos tribus del sur, Judá y Benjamín, constituyen el reino de Judá, teniendo a Jeru­salén por capital. Ambos reinos sucumben, primero el de Israel, a manos de los asirios hacia el 730; y dos siglos después, el de Judá, a mano de los babilonios en el 587.

La nueva situación: hacia el sincretismo con los cultos cananeos

Este extenso período, entre el 1230 y el 600 a. C, tendrá características muy diferentes de las de la etapa anterior ya que las tribus seminómadas a quien Moisés impuso un Dios único (Yahvé) y un culto monoteísta más espiri­tualizado y con una moral (el Decálogo) más severa que la de los pueblos vecinos, se encontrarán de pronto con una nueva cultura, la cananea, muy rica en sus expresiones, con una monarquía bien organizada, con ciudades fortifi­cadas, con cultivos agrarios y, especialmente con un culto religioso muy frondoso que constituirá para ellos una permanente tentación.

Efectivamente, los cananeos que habitaban una tierra siempre necesitada de la lluvia, practicaban el culto de la fertilidad con una pareja de dioses unidos en hierogamia, Baal y Astarté. Baal era el dios de la lluvia, de la tormenta, del viento y de las nubes. Se lo representaba por un toro y era un claro símbolo de la masculinidad y de lo fálico.

Por su parte Astarté (o Aserá), la Venus cananea, era la diosa de la fertilidad. Uno de sus símbolos era la serpiente, antiquísimo símbolo andrógino de muchas culturas. Tanto la fertilidad de la tierra, como la de los animales y de los seres humanos, se la buscaba a través de la relación sexual con las sacerdotisas y prostitutas sagradas de los templos y santuarios de Baal y Astarté. También existían varones prostitutos a los que la Biblia llama despre­ciativamente ‘perros’. El culto incluía también sacrificios humanos, especialmente de niños.
En cuanto las tribus hebreas tomaron contacto con este culto, incluso en vida de Moisés en Baal de Peor, abando­naron casi masivamente al espiritual Yahvé y se entregaron al frondoso y sexualizado culto cananeo. Los libros de los Jueces, los dos de Samuel, los dos de los Reyes, los dos de las Crónicas, y los escritos de los profetas dan abun­dantísimo testimonio de esta situación.

Cuando ambos reinos sucumben, la interpretación profética fue que todo el desastre provino a causa del abandono de la Alianza que tenían establecida con Yahvé y de su apostasía.

Buscando a la culpable

Ahora bien, cuando algunos dirigentes religiosos fieles a Yahvé tomaron cuenta de esta situación que ponía en peligro la identidad de los hebreos y su supervivencia corno pueblo, llegaron a la conclusión de que la responsa­bilidad de esta deserción recaía en las mujeres cananeas, sea por la prostitución sagrada sea por la poligamia. Las mujeres apartaban a los hombres hebreos del culto a Yahvé.

Este es el verdadero “pecado original”, la raíz de todos los males de ambos reinos: el abandono de Dios por la incitación de la mujer pagana.

El escándalo llegó a su culminación con Salomón, el rey que había dado tanto prestigio a los hebreos, famoso por su sabiduría y por sus riquezas incontables, pero también porque había construido el templo de Jerusalén y rees­tablecido el culto a Yahvé.

Salomón, casado en primer lugar con la hija del faraón, poco a poco fue ampliando su harem con mujeres paganas que lo apartaron del culto a Yahvé y llevaron al reino a una apostasía pública.

A modo de síntesis sigamos el texto bíblico en el capítulo 11 del primer libro de los Reyes:
“El rey Salomón amó a muchas mujeres, además de la hija del Faraón: mujeres moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas; es decir, de esas naciones de las cuales el Señor había dicho a los israelitas: ‘No se unan a ellas y que ellas no se unan a ustedes, porque les desviarán su corazón hacia otros dioses’. Pero Salomón se enamoró de ellas. Tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas, y sus mujeres le pervirtieron el corazón. . Así, en su vejez, sus mujeres le desviaron el corazón hacia otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegra­mente a Yahvé.
Salomón fue detrás de Astarté, la diosa de los sidonios; detrás de Milcom, el abominable ídolo de los amonitas, e hizo lo que es malo a los ojos de Yahvé “. Lo mismo harán sus sucesores en forma casi continua.

Ante esta situación los conductores religiosos se dan cuenta de que necesitan contrarrestar la mitología cananea con una contrapropuesta también en estilo mítico, y así comienza a gestarse lo que hoy es el capítulo segundo y tercero del Génesis.

Esta es su tesis: es Dios el que creó primero al varón; después le buscó una ayuda semejante y creó de una costilla de Adán a Eva, la madre de todos los vivientes. La fertilidad humana es un don de Yahvé y fruto de su bendición; aspecto éste que ya vimos se traslada también a la época patriarcal. Adán y Eva vivían muy felices en una huerta (paraíso) que Dios les había dado (la tierra prometida de Canaán que manaba leche y miel, a tenor de los relatores bíblicos).
Pero esta situación se rompe cuando la mujer hace alianza con la serpiente (símbolo del culto cananeo): por la mujer también sucumbe Adán y Dios los castiga.

La mujer es castigada con el parto difícil y el some­timiento al varón: “Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos y darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido y él te dominará”. Esta frase, verdadera maldición para generaciones de mujeres, “legaliza” el sometimiento y la esclavitud de las mujeres por varios milenios, mientras presenta la atrac­ción sexual más como una deformación por el pecado que como algo positivo.

Siglos posteriores -desde el siglo segundo de nuestra era- estos textos serán la base para nuevas corrientes antisexuales, antima­trimoniales y fuertemente misóginas.

Adán, por su parte, es castigado con el duro trabajo en la tierra; y ambos con la muerte. La serpiente se arrastrará por el suelo y constantemente conspirará contra la mujer. De esta forma Eva pasa a ser el símbolo arquetípico de la mujer pagana que conduce al hombre creyente en Yahvé hacia la apostasía. Esta tesis es literalmente indicada por el libro sapiencial del Eclesiástico, hacia el siglo tercero a C. cuando dice: “Por una mujer tuvo comienzo el pecado, y a causa de ella todos morimos” (Eclo. 25, 24).

Esta tesis será retornada en la era cristiana por san Pablo y por el cristianismo con todas las consecuencias del caso. La mujer, que ya sufría su insubordinación al varón en una sociedad fuertemente fálica y patriarcal, recibe el golpe de gracia por ser la causante de todas las desgracias humanas, algo similar a la famosa Pandora griega, cuya caja fue abierta y de ella surgieron todas las calamidades humanas.

La Biblia nos presenta varios casos de estas mujeres, además de las mujeres de Salomón. Ya en la época de los Jueces vemos a Dalila que seduce y engaña al gran cam­peón Sansón y lo lleva a la muerte. También está Jezabel, la esposa del rey Ajab,  que universaliza el culto a Baal y Astarté, mata a los profetas de Yahvé y persigue a muerte al profeta Elías, campeón del Yavismo.

Nueva visión de la sexualidad

Por su parte, la sexualidad que era vista por los cana­neos (al igual que por los hindúes, chinos, babilonios, egipcios, etc.) como una participación humana en la sexualidad de los dioses, es desacralizada totalmente por la Biblia y reducida a una simple criatura de Dios, buena, pero peligrosa.

El matrimonio deja de ser una ritual réplica de la hierogamia y se transforma en un ritual laico, aunque posteriormente se le agregará alguna intervención del sacerdote para la bendición.

Los profetas terminaran dándole al matrimonio un sentido más profundo: es una alianza de amor y fidelidad entre el hombre y la mujer, tal corno la Alianza que Dios establece con su pueblo. Simultáneamente se inicia una campaña contra el ma­trimonio con extranjeras, aunque sin éxito durante ambos reinos, pero exitosa cuando Esdras y Nehemías la impo­nen a los retornados del exilio, obligando a los ya casados a desprenderse de sus mujeres paganas e hijos tenidos de ellas (Esdras 9 y 10; Nehemías 33)

Desde el punto de vista del terma que nos ocupa, la sexualidad, observamos cómo un problema cultual, la adoración a Yahvé, tendrá importantísimas consecuen­cias para la percepción y la vivencia de la sexualidad.

La sexualidad, despojada de ricas connotaciones sim­bólicas que se remontan hasta la lejana India, es centrada en el matrimonio especialmente como fuente de hijos, como lugar doméstico del culto a Dios, pero con un erotis­mo muy controlado, como veremos en el punto siguiente.

Al mismo tiempo la mujer, de compañera del varón, pasa a ser no sólo su semi esclava sino la sospechosa de un erotismo peligroso para el hombre. Lo demoníaco comienza a hacerse presente en la sexua­lidad, especialmente en la mujer; aspecto éste que desde principios del siglo segundo de la era cristiana adquirirá connotaciones muy especiales en el cristianismo, repercu­tiendo hasta nuestros días.

Así la mujer pasa a ser el sexo débil, no tanto por su menor fortaleza física, cuanto porque se la considera inferior al varón en virtud, en fidelidad a Dios; más débil ante las pasiones y el llamado de la concupiscencia, como se dirá después.

Toda la literatura sapiencial insistirá en estos puntos, y en esos textos se apoyarán siglos después los Padres y teólogos de la Iglesia.

3. La sexualidad desde el exilio hasta Jesús.

Monogamia endogámica

El destierro en Babilonia, por unos sesenta años, les sirve a los hebreos para repensar su historia y sacar conclu­siones a los efectos de no reincidir en el futuro en los mismos errores que los llevaron al desastre nacional.

Nueva versión del origen del cuerpo sexuado

El contacto con la riquísima cultura caldea y con sus mitos cosmogónicos les permite redactar el famoso capítu­lo primero del Génesis (la creación en siete días), texto en el cual aparece otro relato de la creación del hombre, atribuido por los expertos a la tradición sacerdotal: “Dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios; lo creó varón y mujer’. Y los bendijo diciéndoles: ‘Sean fecundos, multiplí­quense, llenen la tierra… ‘. Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno”.

El lector observará que es un relato más sobrio que el del capítulo segundo, y que la pareja casi parece andrógina, resaltándose el hecho de que el hombre fue creado a imagen de Dios, o sea, como fuente de vida y de creatividad.

“Y vio Dios que era muy bueno”: se trata de una importante corrección que el autor del actual primer capí­tulo hace sobre el segundo: no sólo parece ignorar el trasfondo algo pesimista -pues ahora Israel vive en otro esquema cultural sin miedo a la idolatría cananea- sino que reafirma la sexualidad inicial de la primera pareja, creada al mismo tiempo por Dios como imagen suya en cuanto pareja, como si la perfección humana estuviese en la relación varón-mujer.

El relator pasa por alto toda alusión a un posible pecado original y enfatiza la procreación por vía de la relación sexual como una bendición divina.

El lector puede comparar ambos relatos y sacar sus conclusiones.       .

En el relato del capítulo segundo, Dios crea al hombre moldeándolo con arcilla, y a la mujer de su costilla, mien­tras Adán dormía.

Al despertar dijo Adán lleno de sorpre­sa: “Esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Se llamará “Varona” porque ha sido sacada del varón”.

El texto es ambiguo con respecto a la igualdad de los sexos: por un lado Eva es sacada de su costado, casi es una parte del hombre; por otra, Adán reconoce que es carne de su carne y hueso de sus huesos, o sea, parte de él pero igual a él.

El nombre que le da se entiende en lengua hebrea donde varón se dice Ish y mujer Isha, un nombre que vuelve a fortalecer la mentalidad masculina.

El matrimonio y la relación sexual son descritos con el famoso texto: “Por eso el varón dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer. Y los dos serán una sola carne”.

Según algunos intérpretes, el texto parece aludir a la monogamia (los dos serán…) y establece la íntima relación de la pareja en una unidad integrada.

También en el capítulo segundo (que recuerdo a los lectores que es anterior al primero en al menos tres o cuatro siglos) se alude a la desnudez de Adán y Eva sin sentir vergüenza, vergüenza que aparece después del pecado, por lo que el mismo Dios, en un gesto muy paternal, los viste con hojas para cubrir sus genitales.

Mucho se habló del significado de esta desnudez.

Pero es importante recordar que Astarté, al igual que Venus, como también los dioses fálicos, eran generalmente repre­sentados desnudos. El texto parece ridiculizar la preten­sión de los adoradores de los cultos que intentaban divinizarse (desnudarse) en los cultos sexuales. En lugar de divinizarse, diría el texto, sienten vergüenza de su nulidad, de su pecado y del castigo que reciben.

Para otros, es la versión más tradicional, la primigenia desnudez aludiría a que los primeros padres tenían una sexualidad sin erotismo ni pasión, postura que adoptaron los teólogos cristianos cuya aversión al erotismo y al matrimonio en favor de la vida celibataria y virginal era su característica principal.

Dejemos finalmente esta constancia: cuando Pablo pre­coniza la superioridad del varón sobre la mujer se remite al relato del capítulo segundo, pero otras hubie­ran sido sus conclusiones si hubiera partido del primer capítulo del Génesis.Los Padres y doctores de la Iglesia cuando aluden a la pecaminosidad del acto sexual: se apoyan exclusivamente -y desde una interpretación muy dudosa- en el relato de la caída, pero pasando por alto el relato sacerdotal.

Un ideal matrimonial

Durante el post-exilio se escribe un librito, el de Tobías, que si bien no será incluido en el canon judío de libros sagrados, refleja la mentalidad de la época y tendrá una gran influencia en la Iglesia cristiana. Tobit tiene un hijo llamado Tobías, aún sin casarse.

Entre los consejos que el padre le da, figura éste: “Cuídate de toda unión ilegítima y, sobre todo, elige una mujer del linaje de tus padres”.

El texto revela la tendencia monogámica endogámica, típica del judaísmo hasta nuestros días, o sea, un hombre con una mujer, pero ambos de la misma raza.

Entre tanto en Ecbátana, capital de Persia, vivía otro matrimonio cuya hija Sara se había casado sucesivamente con siete maridos que morían todos ellos la misma noche de bodas. Esto se debía a que un demonio de nombre Asmodeo los asesinaba.

La pobre Sara, desesperada, pien­sa suicidarse y pide clemencia a Dios. El libro de Tobías (una novela con fines didácticos) recoge así otro antiquísimo mito que nuevamente relacio­na al demonio con la sexualidad, especialmente con la mujer.

En este caso es un demonio que atenta contra la relación sexual de la pareja y contra los hijos. Tobit tiene que enviar a su hijo a una lejana ciudad persa a recoger cierto dinero, para lo cual necesita un guía de ruta, y Tobías se encuentra casualmente con un personaje, en realidad el ángel Rafael, que se hace pasar por un tal Azarías, quien se ofrece a acompañado en su largo y peligroso viaje. .

El mismo Rafael se encarga de convencer a Tobías para que se case con Sara, diciéndole que él tiene la fórmula para derrotar al demonio. Se trata de utilizar en la noche de bodas el corazón y el hígado de un pez, que sacan del río Tigris, y quemarlo antes de ir a la cama.

Así se concierta el matrimonio con los padres de Sara y se celebra la boda. Mientras la pareja se va a su habitación, el padre de Sara hace cavar una fosa esperando encontrar muerto a su yerno a la mañana siguiente.

Pero Tobías ejecuta el ritual mágico enseñado por Rafael y el demonio huye a Egipto donde es encadenado por el mismo Rafael. Antes de acostarse, Tobías hace una oración que refleja toda la mentalidad y la teología ya vigente sobre el matri­monio, teología que perdurará hasta nuestros días entre judíos y cristianos. Dice así: “Señor, tú creaste a Adán e hiciste a Eva, su mujer, para que le sirviera de ayuda y de apoyo, y de ellos dos nació el género humano. Tú mismo dijiste: ‘No conviene que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él’. Yo ahora tomo por esposa a esta hermana mía (de raza), no para satisfacer una pasión desordenada sino para constituir un verdadero matrimonio. Ten misericordia de mí y de ella y concédenos llegar juntos a la vejez”.

La oración establece las bases, inamovibles por siglos, de la nueva situación: pareja monogámica endogámica, la esposa corno ayuda del hombre, hacer un matrimonio legítimo, controlar la pasión.

Aún en la Edad Media los sacerdotes aconsejaban a los recién casados que por tres noches seguidas no accedieran al deseo sexual sino que las dedicaran a la oración, imitan­do a Tobías y Sara, pues en alguna versión del texto se alude a tres noches.

Para terminar esta pintoresca historia, digamos que la sorpresa de los padres de Sara fue mayúscula cuando fueron a espiar su habitación y los encontraron dormidos como dos benditos.

Tras la fiesta de bodas, la joven pareja retorna a la casa de Tobit, pero es interesante transcribir los consejos que Edna, la suegra, le da a Tobías: “En presencia de Dios te confío a mi hija para que la cuides. No la entristezcas ni un solo día de su vida… Ojalá pudiéramos ser felices todos los días de nuestra vida”.

De alguna manera, pues, el libro de Tobías presenta un esquema idealizado de pareja en el que abunda la piedad religiosa, el amor a padres y suegros, y un clima de alegría y felicidad. Como ya lo hemos señalado, vueltos del destierro, los judíos ponen las bases del judaísmo posterior y se mantienen fieles a Yahvé; su vida sexual, sólo peligrosa de cara a los ídolos, queda encuadrada en el matrimonio monógamo­ endógamo, aunque la poligamia en realidad nunca fue prohibida, siempre y cuando las mujeres fueran de la misma raza.

Literatura sapiencial

Durante los siglos siguientes comienza una nueva li­teratura religiosa, tanto en Palestina corno en la nutrida comunidad judía de Alejandría de Egipto. Son los libros sapienciales que dan una orientación práctica a la vida de la gente, con consejos y refranes, muchos de ellos sacados de la sabiduría egipcia.

La tendencia sapiencial canoniza las ideas que ya cono­cemos, siempre desde el exclusivo punto de vista mascu­lino: familia bien constituida, condena frontal del adulte­rio, fidelidad a las leyes del pueblo hebreo; valoración de la mujer bella, piadosa y virtuosa; prevención contra la sensualidad femenina y sus seducciones.

Transcribirnos algunos textos que no necesitan mayo­res comentarios a modo de ejemplo:

“El que encontró una mujer, encontró la felicidad y obtuvo el favor de Dios. Una mujer perfecta es la corona de su marido; la desver­gonzada es como la caries en sus huesos. Una mujer prudente es un don del Señor. Una mujer pudorosa es la mayor de sus gracias y no escala para medir a la que es dueña de sí misma. La hermosura de la mujer alegra el rostro y supera todos los deseos del hombre. El que adquiere una mujer tiene el comienzo de la fortuna, una ayuda adecuada a él y una columna donde apoyarse”.

En tanto al marido se le aconseja:

“No te entregues ciegamente a una mujer no sea que llegue a dominarte”. Este último consejo parece de actualidad: es el miedo del hombre a amar porque sospecha que el amor es camino a la dependencia.

La idea tan en boga en Occidente sería esta: amar sí, pero con cierta distancia. Un hombre nunca tiene que perder su libertad casi total a cambio de un amor compro­metido.

La mayoría de las reflexiones sapienciales son contra el adulterio, típica tentación del matrimonio monógamo. A tenor de la abundancia de textos, el adulterio parece bastante extendido. No por nada algún autor comenta que el adulterio es una especie de poligamia sucesiva. Los otros textos sapienciales alertan contra los peligros de la seducción femenina (la mujer como trampa), textos que inspiraron fuertemente la educación de los jóvenes. Veamos algunos:

“Hijo mío, atiende los consejos de la Sabiduría… por­que los labios de la mujer ajena destilan miel y su paladar es más suave que el aceite, pero al final es amarga como el ajenjo y cortante como espada de dos filos… Yo encuentro más amarga que la muerte a la mujer cuando ella misma es una trampa, su corazón una red y sus brazos, ataduras… No fijes tus ojos en la belleza de nadie ni trates con familiaridad a las mujeres. Porque de la ropa sale la polilla y de la mujer, malicia de mujer. Más vale malicia de hombre que bondad de mujer… Anillo de oro en la trompa de un cerdo es la mujer hermosa pero falta de juicio …
Vino y mujeres extravían a los inteligentes, y el andar con prostitutas es más temerario aún. El que frecuenta prostitutas dilapida sus bienes. No te entregues a las prostitutas para no arruinar tu patrimonio. No te entretengas con una cantante para no ser atrapa­do por sus artimañas. No mires demasiado a una joven para no incurrir en su misma condena. No vayas mirando por las calles de la ciudad ni rondes por lugares solitarios. Aparta tu vista de la mujer hermosa y no fijes los ojos en la mujer ajena: muchos se extraviaron por la belleza de una mujer y por su causa el deseo arde como un fuego… “.

Observemos que la prostitución común (no la sagrada) no es condenada como un pecado sino más bien como una irresponsabilidad: trae la ruina del patrimonio.

El siguiente texto del libro de los Proverbios (7, 6-27) es una pintoresca descripción que refleja una aguda observa­ción del autor, y condensa toda una mentalidad:

“Mientras yo estaba en la ventana de mi casa, vi entre los incautos adolescentes a un joven falto de juicio que pasaba por la calle y se dirigía hacia la casa de una mujer en medio de la noche. De pronto le sale al paso una mujer con aire de prosti­tuta y el corazón lleno de astucia; es bulliciosa, procaz, sus pies no paran en su casa; unas veces en la calle, otras en la plaza, está al acecho en todas las esquinas. Ella lo agarra, lo cubre de besos y le dice con todo descaro: ‘He cubierto mi lecho con mantas multicolores, la he perfumado con mirra y áloes. Ven, embriaguémonos de amor hasta la mañana, entreguémonos a las delicias del placer. Porque mi marido no está en casa, ha emprendido un largo viaje, se llevó la bolsa del dinero y no volverá hasta la luna llena.’ Así lo persuade con su gran desenvoltura, lo arrastra con sus labios seductores.
El la sigue como un buey que es llevado al matadero, corno un ciervo que cae hasta que una flecha le atraviesa el hígado. Y ahora, hijo mío, que tu corazón no se desvíe hacia sus caminos, porque son muchas las víctimas que ella hizo caer y eran fuertes todos los que ella mató: su casa es el camino del Abismo que baja a las cámaras de la muerte”.

Sólo esta observación: la insistencia sapiencial en este y otros textos anteriores en la fuerza de la seducción femeni­na que hace caer a los hombres más fuertes. Y esto desde Adán en adelante… Cormo lo observaron atinadamente algunas escritoras feministas, el varón aparece más corno un juguete en manos de las hábiles y astutas mujeres, que corno el sexo fuerte.

Al mismo tiempo, pareciera que la malicia sólo puede provenir de la mujer, especialmente si es prostituta, que­dando el varón libre de toda culpa y cargo. En todo caso es una víctima. Un criterio que no ha sufrido mayor variación aun en nuestros días.

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