Sexualidad en la Biblia a. Epoca Patriarcal. Benetti

SEXUALIDAD EN LA BIBLIA


A) ÉPOCA PATRIARCAL

Lic. Santos Benetti

Breve síntesis de Sexualidad y Erotismo en la Biblia, Santos Benetti, E. San Pablo

Introducción General

En todos los países del área occidental la vivencia de la sexualidad estuvo y está condicionada por el factor religio­so judeocristiano. Esto no sólo lo vio Freud en su momen­to, sino que es una experiencia que recogen todos los psicólogos y quienes de una u otra forma se aboquen al problema sexual de nuestra cultura, sean creyentes o no, tengan pacientes de práctica religiosa o indiferentes.

Esto quiere decir que hay una íntima relación entre nuestra imagen y praxis de la sexualidad y las ideas religiosas del judeocristianismo.

Lamentablemente en nuestras universidades no se hace un estudio a fondo, ni mucho menos, sobre esta situación tan particular. En la literatura sexual tampoco se da una buena información sobre un tema que es de interés primordial a la hora de entender por qué hemos tenido y tenemos en nuestra cultura tantos problemas con la sexua­lidad.

Lo que en cambio sucede, tanto en las universidades como en la literatura, es que se manejan con generalidades tales como: «La Biblia está en contra del sexo… la Biblia condena la masturbación y las relaciones prematrimoniales… Cuando llegó la Biblia el sexo sólo quedó reducido a una función procreativa … «. Estas y otras similares, también repetidas por los mis­mos dirigentes religiosos, están plagadas de falsedades y distorsiones, nunca analizadas y cuestionadas. Como lo iré mostrando en este capítulo, ninguna de las frases arriba señaladas es exacta.

Al mismo tiempo se cometen dos errores garrafales:

El primero, pensar que la Biblia es un código de moral absoluta escrito de una vez y para siempre. En realidad la Biblia es, fundamentalmente, un conjunto de libros escri­tos entre los siglos VIII y I antes de Cristo que narran la historia del pueblo hebreo, sus ideas religiosas y sus avatares. Se trata de una historia que abarca dos mil años, desde Abraham (1800 a.C.) hasta fin del siglo primero de nuestra era con la predicación de Jesús y el inicio del cristianismo. Por lo tanto, en estos dos mil años existe una verdadera evolución histórica y religiosa, hubo profundos cambios culturales, y en lo que respecta a la sexualidad, tema que nunca tuvo mucha importancia en la Biblia, hay opiniones e ideas muy variadas y contrarias, conforme avanzaban los siglos y se producían los cambios.

Nunca podemos decir: «La Biblia dice que… «; en todo caso, que en la Biblia se afirma tal cosa, pero también tal otra, que en tal época se vivía de esta forma, en tal otra de otra;tal libro dice que … y tal profeta, en cambio, afirma que…”

Sería algo similar a la historia de la Iglesia cristiana: son justamente veinte siglos, donde también hubo una impre­sionante evolución, cambios, rupturas, nuevos pensamien­tos espirituales, cismas. Algo muy similar a los otros veinte siglos de la historia antes de Cristo.

Por tanto, la Biblia no está escrita por alguien o por una institución -como podría ser un Concilio o un conjunto de teólogos- para dejar un tratado de dogma y de moral. La Biblia es un conjunto de libros que recogen una experien­cia vivida, donde hay leyes, por cierto, pero fundamental­mente una historia viva y dinámica, con todas las contra­dicciones y polémicas del caso. Precisamente en este artículo haremos un recorrido histórico para mostrar la evolución y las variables de la mentalidad de la Biblia sobre la sexualidad.

El segundo error consiste en pensar que todas las ideas religiosas de Occidente, en especial las cristianas, son exclusivas de la Biblia. En realidad la Biblia es su raíz, pero después hubo importantísimas influencias del pensamiento griego, de la gnosis y de los maniqueos, de las culturas de los pueblos bárbaros, del aristotelismo y de la cultura árabe, del renacimiento, etc., etc. En muchos casos incluso hubo una verdadera contradicción entre el pensamiento bíblico y las nuevas ideas.

Y es en el terreno sexual donde más se nota esta influen­cia y esta contradicción, porque como lo expondremos en este capítulo, toda la fobia contra el sexo tan característica del cristianismo, no le viene básicamente de la Biblia sino del gnosticismo, en especial, del maniqueísmo.

Por eso en este artículo abordaremos el pensamiento bíblico sobre la sexualidad, observando después las nue­vas variables ideológicas que se superpusieron en los primeros siglos del cristianismo.
Cuanto llevamos dicho más mi experiencia terapéutica con pacientes cristianos, judíos, agnósticos y ateos, tanto en la Argentina como en España, me llevaron a realizar un profundo y casi exhaustivo estudio del pensamiento bíbli­co sobre la sexualidad, precisamente para comprender cómo se fue formando en la cultura de Occidente este sustrato ideológico sobre la sexualidad, y el por qué de este profundo conflicto entre la sexualidad y la religión judeocristiana.

Creo que es un tema de interés, no sólo para los psicó­logos y educadores, sino para todos en general, ya que la única forma de resolver un problema es comprenderlo en todas sus ins­tancias, sobre todo en sus causas y orígenes.

1. LA SEXUALIDAD EN LA ÉPOCA PATRIARCAL

La historia bíblica nace con el Padre del pueblo hebreo, Abraham, 1800 años antes de nuestra era. Este primer período está caracterizado por el sistema patriarcal y por la vida seminómada, aunque se observan vestigios de matriarcado, típico de la era anterior. Como sucede en general en la Biblia, la sexualidad no es un problema en el sentido moderno de la palabra: la Biblia recoge costumbres de la época y las asimila, con un código realmente mínimo, también recogido de otros pueblos.

El matrimonio no se realizaba por mutuo consenti­miento de los contrayentes, algo que sucederá muchos siglos después especialmente por influencia romana, sino que era un contrato entre los padres, o si se prefiere, entre las familias. Casi podemos decir que se casaban las fami­lias por mediación de sus cabezas patriarcales. La mujer era entregada por su padre a cambio de una dote que sólo sería devuelta en caso de divorcio.

El matrimonio era poligámico, con el sistema de una esposa principal y otras concubinas. La poligamia era el sistema natural de matrimonio semita, y tomará gran auge en la época de los reyes, especialmente con Salomón, y en realidad nunca fue condenada ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Dentro del judaísmo irá desapareciendo por muerte natural sobre todo a partir del siglo V a C, sea por motivos económicos (la poligamia era un privilegio de los ricos y un signo de prestigio) sea por motivos de fe, ya que en general las concubinas eran paganas. Cuando el judaísmo, para preservarse a sí mismo, prohíbe terminantemente el ma­trimonio con mujeres no judías después del Exilio, en realidad también le dio un golpe mortal a la poligamia.

Pero en los siglos anteriores, tener numerosas mujeres y muchos hijos era considerado como un signo de bendi­ción divina.

Por eso uno se sorprende cuando todavía hoy se habla dentro de las Iglesias de que el matrimonio monógamo es «de ley natural», como si casi toda la Biblia estuviese en contra de la ley natural.Â
El tema de la procreación de muchos hijos era el proble­ma principal de aquella época en lo que al matrimonio se refiere. Las incipientes tribus necesitaban sobrevivir al hambre, a las enfermedades y a las guerras de exterminio con los pueblos vecinos. Entonces, tener hijos, especialmente varones, era la verdadera ley del matrimonio, al punto tal que una mujer estéril podía darse por despedida; amén de que eso le significaba la peor de las humillaciones.

La Biblia recoge el caso de numerosas e importantes mujeres estériles: Sarai, la esposa de Abraham, nada menos que el padre del pueblo hebreo; Raquel, la esposa amada de Jacob; Ana, la que sería madre de Samuel, etc. En todos estos casos los respectivos maridos eran polígamos y sus esposas fueron finalmente bendecidas por Dios con la maternidad.

Como se daba por descontado que la falta de hijos era exclusiva responsabilidad de la mujer, todo el peso de la responsabilidad y de la humillación recaía en ella. No hace falta recordar que el óvulo femenino recién es descu­bierto hacia 1830, mientras que la esterilidad masculina sólo en nuestro siglo. Se daba entonces por sentado que, si hubo emisión de semen, la responsabilidad de la procrea­ción era exclusiva de la mujer.

Cómo resolver la esterilidad

¿Cómo se podía resolver el problema, sobre todo cuan­do la mujer era amada por su marido y éste no deseaba divorciarse? Por un método que hoy llamaríamos «alquiler de vien­tre de la esclava».
Tomemos el caso de Abraham quien, habiendo recibi­do de Dios la promesa de que sería padre de un numeroso pueblo, se encuentra con que «Sarai, su mujer, no le había dado ningún hijo. Pero ella tenía una esclava egipcia llamada Agar. Sarai dijo a Abram: ‘Ya que el Señor me impide ser madre, únete a mi esclava. Tal vez por medio de ella yo pueda tener hijos.’ Y Abram accedió al deseo de Sarai», dice textualmente el capítulo 16 del Génesis.

Aún más significativo es el caso de Jacob a quien su tío Labán obligó a casarse con su hija mayor Lía, si quería tener por esposa a Raquel, la menor, y de la cual estaba realmente enamorado (Génesis, cap. 29)Mientras que Lía le daba hijos, Raquel era estéril: «Cuando Dios vio que Lía no era amada, la hizo fecunda, mientras que Raquel permaneció estéril» Entonces «al ver Raquel que no podía dar hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana y le dijo a Jacob: ‘Dame hijos porque si no, me muero’. Pero éste, lleno de indignación le dijo: ‘¿Acaso yo puedo hacer las veces de Dios, que te impide ser madre?’. Entonces Raquel añadió: ‘Aquí tienes a mi esclava Bilhá. Únete a ella y que dé a luz sobre mis rodillas. Por medio de ella, también yo voy a tener hijos’.

Así le dio por mujer a su esclava Bilhá. Jacob se unió a ella, y cuando Bilhá concibió y dio un hijo a Jacob, Raquel dijo: ‘Dios me hizo justicia. El escuchó mi voz y me ha dado un hijo’. Por eso lo llamó Dan». Posteriormente Bilhá le da otro hijo, Neftalí. Tiempo después tampoco Lía podía tener más hijos, y entonces por medio de su esclava Zilpá le da a Jacob otros dos hijos, Gad y Aser. Para completar esta historia más que apasionante, digamos que finalmente Raquel tuvo dos hijos propios, el primero fue José; el segundo fue Benja­mín, en cuyo parto murió en las cercanías de Belén (Gén 30)

Todo esto es un buen ejemplo acerca de lo que hemos afirmado en varias oportunidades: que la ética sexual es relativa a un contexto cultural. Es evidente que la Biblia aprueba este tipo de conducta y resuelve el problema de la falta de hijos por un método que hoy ninguna autoridad religiosa, y posiblemente ninguna esposa, estarían dis­puestos a aceptar.

Ejemplo claro de que nuestros esquemas mentales so­bre el sexo tienen muy poco que ver con los de aquella época.

También es interesante observar la frase: «Sarai.. Ra­quel., no le dio hijos a su esposo … «, frase que revela el rol de la esposa mucho más al servicio de la supervivencia del clan patriarcal, y el punto de vista siempre masculino con que se mueve toda la Biblia.

Pero nos resulta muy moderno el criterio de que, aun cuando el hijo venga de la esclava, al darlo a luz sobre las rodillas de la esposa legal, ésta tomaba al hijo en adopción y lo consideraba como propio. Si judíos y cristianos, que consideran a estos textos bíblicos como inspirados y revelados por Dios, los aplica­ran al pie de la letra (poligamia, esclavitud, alquiler de vientre) provocarían una auténtica revolución sexual y matrimonial.

Sin embargo el Catecismo Católico, no sólo condena como inmoral el alquiler de semen de un varón distinto del de la pareja para la inseminación artificial en casos de comprobada esterilidad, sino que afirma: «Practicadas estas técnicas dentro de la pareja, son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moral­mente reprobables, porque disocian el acto sexual del acto procreador” (Catecismo Católico Nro. 2377)

La ley del levirato

El libro del Génesis que relata la historia patriarcal nos trae otros ejemplos de cómo la sexualidad se manejaba por cánones que han escandalizado a más de un teólogo y moralista cristianos, milenios después.

Un caso es el de Tamar, nuera de Judá (Gen 38) Al morir su esposo Er, por la ley del levirato que regirá la vida matri­monial de los hebreos a lo largo de los siglos, su cuñado estaba obligado a casarse con ella para dar descendencia al hermano muerto. Judá obliga a Onam a hacerlo, pero éste, por posible rivalidad con su hermano, se niega a darle hijos a Tamar, derramando el semen en la tierra, dice el texto sagrado, o sea, practicando el coito interrupto. Entonces Dios castiga con la muerte a Onam.
Jacob, al ver que ya perdió dos hijos con Tamar, retrasa a propósito la entrega de su tercer hijo, por la ley del levirato, a Tamar.
Entonces ésta, se disfraza de prostituta y, con el rostro velado, incita a Judá cuando éste venía por un camino. Tienen relaciones y Tamar queda embarazada, desconociendo Judá la realidad de la historia. Cuando le informan que su nuera está embarazada, pensando obvia­mente que cometió adulterio -pues era la prometida de su tercer hijo- la manda matar en la hoguera, de acuerdo con la ley que regirá siempre en el judaísmo de pena de muerte a las adúlteras.

Mientras Tamar es conducida a la hoguera, le hace saber a Judá quién es el verdadero padre. Judá salva a Tamar de la muerte y, reconociendo que todo se debió a su culpa de no haberle dado el tercer hijo a Tamar, dice textualmente: «Ella es más justa que yo, porque yo no le di a mi hijo Selá»

Acotemos lo siguiente: cumplir la ley del levirato es más importante que cualquier otro aspecto, incluso que la «picardía» de Tamar de engañar a Jacob, hacerse pasar por prostituta y realizar un incesto. De este inceso nacen los mellizos Fares y Zeraj. (Según el evangelista Mateo 1,3 Jesús desciende por via directa de Fares)

El acto sexual en sí mismo, el coito, no es visto como algo particularmente grave ni tiene para nada esa conno­tación de algo sucio y reprobable que tendrá después en la cultura cristiana occidental. Lo que sí se busca es que esté al servicio de ciertas leyes o necesidades de la época: fertilidad y fidelidad.

Onanismo

Con respecto a Onam, es curioso que se utilizará su historia para «demostrar» que la masturbación está prohi­bida por la Biblia, cuando el mismo texto bíblico afirma que su pecado es contra la ley del levirato, ni siquiera por el hecho de hacer coito interrupto.

El pecado de Onam no tiene nada que ver con la masturbación ni con la prohibición de un método anticon­ceptivo: basta la honestidad profesional de leer el texto bíblico para comprobarlo:

«Judá dijo a Onam: ‘Únete a la viuda de tu hermano Er, para cumplir con tus deberes de cuñado y asegurar una descendencia a tu hermano’. Pero Onam, sabiendo que la descendencia no le pertenecería, cada vez que se unía con ella, derramaba el semen en la tierra para evitar que su hermano tuviera descendencia. Su manera de proceder desagradó a Dios que lo hizo morir a él también» (Gen. 38, 7-10).

Por tanto Onam peca contra el derecho de su hermano a tener descendencia (derecho fundamental en estos pue­blos), aspecto este que el relato lo repite con insistencia, pues se trataba de una ley importante dentro del judaísmo, ley que obviamente tenía sus resistencias a la hora de ser cumplida.
Por eso, en la introducción de este apartado, he aludido a la ligereza con que se dicen cosas de la Biblia, y ahora agrego: no podemos leer la Biblia desde nuestra mentali­dad pretendiendo que diga lo que nosotros pensamos. Es al revés de cómo debe leerse un libro, especialmente si es antiguo: comprenderlo desde su mentalidad y desde su contexto. Este es el sentido de la exégesis hermenéutica.
Si no estamos de acuerdo con la masturbación o con el coito interrupto (ambas cosas llamadas comúnmente por los moralistas «onanismo») estamos en nuestro derecho, pero no utilizando o manipulando los textos bíblicos para esos fines. A esto llamo honestidad profesional. El mismo criterio vale, desde ya, para la poligamia y demás instituciones y leyes bíblicas.

Otro caso que escandaliza a nuestras mentes es el de las hijas de Lot, sobrino de Abraham. Las dos mujeres veían que crecían, no tenían pareja y tampoco hijos. Entonces traman emborrachar al padre en dos noches sucesivas y acostarse con él. Y el texto agrega literalmente: “Así por medio de nuestro padre tendremos descendencia” (Gen 19,30-38)

Así lo hacen y nacen sendos hijos que el autor judío considera como padres de dos pueblos enemigos de los hebreos: moabitas y amonitas. Se trata de un cruel sarcas­mo del autor bíblico.

Pero una vez más descubrimos hasta qué punto la descendencia es un criterio casi absoluto.

Supremacía de la hospitalidad

También la hospitalidad es algo superior a ciertos crite­rios o valores sexuales.
El capítulo 19 del Génesis lo revela: mientras Lot está con su mujer y sus hijas en Sodoma, recibe la visita de dos ángeles en forma de hombres quie­nes le anuncian el pronto castigo de Sodoma por sus abominables pecados. Por la noche los sodomitas cercan la casa de Lot y le exigen la entrega de los dos hombres para tener relaciones sexuales con ellos. Lot se opone porque eran sus huéspedes, pero les propone a los sodomitas entregarles a sus hijas a cambio: «Pues yo tengo dos hijas que todavía son vírgenes. Se las traeré y ustedes podrán hacer con ellas lo que mejor les plazca. Pero no hagan nada a estos hombres, ya que se han hospedado bajo mi techo».

Felizmente para las pobres hijas, los sodomitas no aceptan, aunque tampoco logran forzar la puerta de la casa. Cualquiera de nosotros, sobre todo si es padre, segura­mente no estará de acuerdo con esta ley patriarcal: que es preferible la violación de las hijas a faltar a la ley de la hospitalidad. Pero es sólo un ejemplo más que sobre la sexualidad, corno solemos decir, «no hay nada escrito».

Con tal de salvar la vida …

Y por si no bastaran los ejemplos anteriores para que comprendamos cuánto influye cada cultura en las costum­bres y normas sexuales, tenemos otro caso más que intere­sante de Abraham y Sarai. En una de sus correrías ambos esposos van a Egipto.
Pero Abraham, al ver que su esposa era muy bella y que esto provocaría su muerte a manos egipcias para quedarse con su mujer, le hace a su pareja lo que hoy -recordando el título de una sonada película- llamaríamos «una propuesta indecente».

Efectivamente, Abraham le propone a su esposa que se haga pasar por hermana suya y que acceda a mantener relaciones sexuales con los egipcios «así yo, gracias a ti, seré bien tratado y salvaré mi vida». Sarai acepta y termina en el harem del faraón, mientras Abraham hace prósperos negocios. Final­mente el faraón descubre la verdad, reprocha a Abraham su engaño y deja partir a la pareja (Gen 12) Curiosamente Abraham reincide en su propuesta inde­cente, tiempo después, con el rey Abimelec (Gen 20) En ambos casos Dios, según el relator bíblico, decide castigar al faraón y al rey Abimelec por lo que estaban haciendo, mientras que Abraham no recibe ninguna san­ción.

Todos estos episodios narrados con la mayor frescura y naturalidad por el autor bíblico nos muestran casi hasta el escándalo que las normas sexuales que encontramos en la Biblia emergen del contexto cultural semita. El texto en forma explícita no hace comentarios sobre la moralidad de tales conductas, entre otros motivos, porque los autores bíblicos no tenían nuestros pre-juicios con respecto a la sexualidad; en todo caso, tenían los de su cultura.

Todavía hoy recuerdo a aquel paciente musulmán al que atendí en España, quien no podía comprender cómo los occidentales podíamos vivir con una sola mujer… Sabido es que el Islam permite tener hasta cuatro muje­res, un signo muy especial de bendición de Alá y, desde ya, de un buen nivel económico.

Y hablando de preconceptos, uno de ellos es el relacio­nado con la estructura totalmente masculina (o machista) en desmedro de las mujeres. En esto el mundo bíblico no se diferencia de los demás pueblos semitas y no semitas de la antigüedad hasta nuestros días. Los hebreos tenían un Dios antropomórficamente mas­culino, desconociendo deidades femeninas, lo que confi­gura un criterio inamovible: toda la vida es vista desde los ojos del varón, siendo varones todos los redactores de la Biblia.

Pero es interesante observar que en la época patriarcal, las esposas de los grandes patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, todavía mantienen restos del antiguo esplendor femenino de la época matriarcal.

Ya vimos con qué liberad se maneja Sara, la misma que al ver que su esclava Agar pudo tener un hijo, Ismael (el padre de los árabes), obliga a Abraham a que despida a ambos y los lance al desierto donde estuvieron a punto de morir de sed, en uno de los relatos más duros del Génesis (Gen 16)

Con mayor soltura y fuerza se maneja la esposa del débil Isaac, Rebeca, la madre de los famosos gemelos Esaú, el primogénito, y Jacob. Corno Isaac tenía predilección por Esaú, Rebeca -cuyo preferido era Jacob- trama con éste un engaño a su ciego esposo para que la bendición por la primogenitura recaiga sobre Jacob.

Así sucede. Cuando Esaú descubre el engaño, es la propia Rebeca la que ayuda a Jacob a escapar de la muerte y refugiarse en Mesopotamia, donde contraerá matrimonio con Lía y Raquel (Gen 25 y 27)

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