Etica y Salud Sex. Un paradigma integrador c- Una forma maravillosa de vivir

ÉTICA Y SALUD  DE LA SEXUALIDAD  (…)

UNA FORMA MARAVILLOSA DE VIVIR

1. La sexualidad, una dimensión humana  donde podemos enfermarnos

Si la sexualidad abarca todo nuestro ser, si forma parte de nuestra misma esencia, si es un aprendizaje, no nos podremos extrañar de que sea un campo en el cual se dan cita todas las enfermedades y patologías, como asimismo todo tipo de enfrentamientos y conflictos
de relación.

En la sexualidad se expresa todo el comportamiento humano en cuanto de sublime tiene, pero también en cuanto capaz de generar la destrucción y la muerte hasta sus instancias más finales.
Al relacionamos intersexualmente, aparecen todas las variables que hacen tan compleja nuestra existencia y, por momentos también, tan triste y dramática.
Lo que parece como diseñado para la comunicación, para el amor, para el respeto y la intimidad, puede ser distorsionado desde los factores del poder, de la opresión de los otros, desde la violencia y el desprecio, desde la esclavitud y la manipulación.

Si hablamos de guerras entre los pueblos, hay también guerra entre los sexos; hay opresión de un sexo sobre el otro, hay esclavitud sexual, hay prostitución, hay violaciones sexuales, hay abusos sexuales; hay tortura sexual física, psíquica y moral.

Podemos encontrar la pasión descontrolada y destruc­tiva, crímenes sexuales hasta el grado de sadismo casi inconcebible por la mente humana, sadismo del que los periódicos se hacen eco casi todos los días, un sadismo inexistente en los animales.
Toda regla de relación y respeto humano puede ser violada: incestos, abusos de padres y padrastros   a sus hijos; exhibicionismo sexual; sometimiento a menores a la pros­titución;
perversión de menores; trata de personas, comer­cio de mujeres, abuso y esclavitud de mujeres y  niños.
Discriminación sexual, de mujeres, de homosexuales, de madres solteras, de hijos sin padres legalizados.

Y lo que era la tierra del amor hacia donde marchába­mos, puede convertirse en una guerra de odios, de insul­tos, de peleas, de desprecios, de separaciones, de escánda­los. Lo que comenzó ante un altar o en una jubilosa fiesta, puede terminar en los tribunales, con abogados y testigos, con reproches, mentiras y acusaciones interminables, con hijos des­pedazados en sus afectos.
Lo que un dia fue felicidad y gozo, de pronto atraviesa una etapa de dolor, de sufrimientos, de tortura y soledad.
Es la realidad que de una u otra forma se nos puede presentar en cualquier momento.
Pareciera, entonces, que el aprendizaje sexual no es tarea tan fácil.

En realidad, es tan fácil o tan difícil, como es  fácil o difícil convivir, relacionarnos, formar una comu­nidad, crear una sociedad mínimamente habitable.
Descubrimos que el aprendizaje sexual va más allá del cuidado personal que podamos tener sobre nosotros mis­mos, que es una tarea de toda la sociedad, como lo es la convivencia.
Existe la enfermedad en las relaciones humanas; existe la enfermedad sexual.
Es un dato de la realidad. Es un aviso para no ser ingenuos ni incautos.
La relación intersexual es algo que hay que cuidar, defender, cultivar.

Reitero: no sólo entre las parejas o dentro de la familia, sino en la sociedad toda.
Cuando una sociedad vive en un clima de violencia, de guerra, de discriminación, de opresión y explotación… engendra esos mismos episodios en la relación sexual, pues no se trata de dos campos separados sino de un solo campo.
Basta pensar, para poner un ejemplo actual y conocido por todos, lo que sucedió en la guerra entre los países de la ex Yugoslavia: guerra, exterminio étnico, violación masi­va de mujeres.
Es el dato frío que registra toda la historia humana desde sus orígenes hasta nuestros días.
O el otro caso siempre de actualidad: cuando reina la desigualdad de clases y el pueblo se ve sometido a la pobreza y la miseria, entonces aparece la prostitución como fenómeno sintomático: prostituirse para comer.

Si del campo social y genérico pasamos al marco más estrictamente psicológico, la patología sexual también es abundante y con infinidad de matices, recordando previamente que formas antes consideradas como patológicas hoy tienen otra configuración, pues como
dice la OMS, “La diversidad sexual nos indica que existen muchos modos de ser mujer u hombre, más allá de los rígidos  estereotipos,  siendo el resultado de la propia biografía,
que se desarrolla en un contexto sociocultural. Hoy en día se utilizan las siglas GLTB  (o LGTB) para designar al colectivo de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales”.

Podemos así enu­merar sintéticamente estas patologías:

– Anomalías por inhibición, represión o ansiedad sexual: impotencia amplia o relativa, eyaculación precoz entre  los varones;
anorgasmia, frigidez y vaginismo, entre las mujeres.

– Anomalías por exceso del apetito sexual: falta de control; exhibicionismo; compulsión sexual.
– Perversiones en objetos sexuales: bestialismo, fetichismo; voyerismo; coprofilia; necrofilia.
–  Sexopatías: violaciones, pederastia; masoquismo y sadismo; esclavitud sexual.

Los libros especializados hablan largamente de estos problemas; en tanto, médicos, psiquiatras y psicólogos buscan las fórmulas para subsanar estas situaciones, algunas de las cuales lindan lo criminal o delictivo y requieren la intervención de la policía.

Algunas  de estas situaciones no son tan graves, suelen ser frecuentes en la mayoría de las personas y desde tratamientos adecuados se consiguen buenos resultados.
Así en casos de represión o exceso de culpabilidad, o distorsión por factores educativos o sociales; con estados pasajeros de impotencia o inapetencia sexual, donde los factores psicológicos, anímicos y sociales pueden generar cierta angustia que inhibe sexualmente.
Lo mismo sucede con las dificultades orgásmicas en la mujer.

En general los factores culturales, educativos y religiosos refuerzan ciertas tendencias, inhiben o distorsionan la vivencia sexual.  Problemas de inhibición, fobias sexuales, exceso de culpa,
represión, a los que damos el nombre genérico de “neuróticos”, son prácticamente una constan­te en nuestra sociedad.
Otras patologías entran de lleno en el campo psiquiátri­co, son de una etiología más complicada, no excluyéndose cierta tendencia innata (como en las psicopatías), y son de más difícil tratamiento y pronóstico.
A menudo inciden factores hormonales, neurológicos o biológicos, a los que se suman los psicológicos y ambientales.

Enfermedades sexuales somáticas

La sexualidad, expresión de todo el cuerpo, adolece también de una amplia gama de patología somática específica, o por contagio sexual como la sífilis, la gonorrea, el herpes y, últimamente la aparición del Sida con su secuela de muer­te y miedo.

La sexualidad hay que cuidarla, como hay que cuidar la vida porque su relación es íntima.
El Sida en nuestro tiempo (como antes fue la sífilis y aún lo es) es un signo patológico de la estrecha relación entre la sexualidad y el cuerpo como totalidad: puede conducir a la vida o a la muerte.
Y no es una metáfora. Hoy tomamos conciencia de que en nuestra sociedad la relación sexual no es un acto ingenuo e inofensivo.
Este solo pensamiento nos molesta, pero es una realidad.
Y mientras la ciencia busca la fórmula curativa, cada uno debe utilizar una fórmula preventiva porque el valor de la vida está por encima de cualquier otra consideración: es nuestra vida y la vida de los otros. Una vez más, no hagamos de la sexualidad un capítulo aparte.
El dilema no es decirle sí o no a los preservativos.

El dilema es decirle sí o no a la vida sana, al amor a uno mismo (“ama a tu prójimo como a ti mismo”) y al respeto y amor al otro.
El hombre y su vida están por encima de cualquier otra ley, aun la sagrada ley del sábado emanada del mismísimo decálogo (Mateo 12,1-8).
¿Diremos ahora reviviendo el espíritu farisaico que el hombre y su vida valen menos que esta o aquella técnica profiláctica?
Si utilizamos toda la ciencia médica para prevenir la muerte de nuestro perrito o de los vacunos de nuestros campos, ¿nos escandalizaremos porque alguien está previniendo su propia enfermedad o muerte o la de su prójimo con el único medio actual apropiado?
No sin olvidar que la verdadera y completa salud sexual sólo se consigue eficazmente con medios físicos, psicológicos y éticos, o sea, con una auténtica educación sexual integral.

Como toda situación límite, también la del Sida cuestiona nuestra coherencia con los principios declamados: ¿Creemos realmente que somos un cuerpo-viviente-sexuado?
¿Creemos realmente que la vida, el máximo don de Dios y de la creación cósmica, merece todo nuestro cuidado y que está por encima de cualquier otra preocupación?
¿Creemos realmente que todo el ser humano se expresa en su sexualidad y que cuidar la sexualidad es cuidar al ser humano?
Desde ya que la sexualidad no requiere solamente del cuidado físico, y en eso estamos todos de acuerdo, pero lo incluye justamente porque el ser humano-síquico-espiritual-corpóreo es una unidad. Por eso hablamos, y habla la Ley Nacional y Provincial, de sexualidad y salud integral. Integremos, pues.

Para los cristianos:

¿No perdonó y salvó la vida a la mujer adúltera? (Jn 8) ¿No curó Jesús a aquella mujer que llevaba doce años de una enfermedad sexual a cuestas, y se dejó “tocar” a pesar de que eso estaba prohibido por el Levítico? (Lc 8, 43-49)
¿No curó a un paralítico violando la ley sagrada del sábado, porque más importante es “salvar una vida”? (Lc 6,6-11)
¿Y a aquella “hija de Abraham, aprisionada durante diecio­cho años “por su columna torcida?
(Lc 13, 10-17)… y no era el Sida.
Así, pues, “la ley ha sido hecha para el hombre y no el hombre para la ley” (Mc 2,27).
Cuánta razón tuvo Jesús cuando, al referirse a la rela­ción entre la ley y el hombre, dijo:
“Si pudieran compren­der lo que significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, no condenarían a los inocentes” (Mt 12,7)
¿No fue ese el sentido de las parábolas del hijo pródigo y de la oveja perdida? (Lc 15) ¿Condenaremos a tantos inocentes que con un corazón compasivo hacia sí mismos y hacia los otros preservan el don de la vida?
Qué necesidad tienen los cristianos de rescatar la ética comprensiva de Jesús.

Concluyamos, entonces: si la sexualidad es un lugar donde puede darse todo tipo de patologías, incluso mor­tales, también es un lugar para la higiene y el cuidado de la salud, tanto social, como psicológica y física. Por eso la sexualidad es creativa: porque cada día hay que recrearla, cuidarla, protegerla y sanarla.
Por lo tanto, un programa de Educación Sexual Integral en ningún caso puede obviar la Salud Sexual en todas sus variables, teniendo en cuenta la edad y las circunstancias sociales de niños y adolescentes.

Así se expresa la Ley 4410 de Educación Sexual Integral de  Misiones:

“Los contenidos de la educación sexual  están orientados  a:
a) favorecer el desarrollo de una sexualidad sana, libre, responsable y sin                                 coerciones;
b) generar conciencia acerca de la necesidad de preservar la salud sexual con el fin de capacitar al alumno para adoptar decisiones libres de discriminación, coacciones o violencia, en la vida sexual;
f) favorecer el desarrollo de actitudes preventivas, a partir del conocimiento de la realidad y las normas jurídicas que la regulan, a efectos de eliminar todo tipo de explotación sexual, trata de personas, abuso y violencia en cualquiera de sus   manifestaciones;
g) contribuir a la prevención y detección precoz de enfermedades de transmisión sexual, especialmente en aquellas de alta incidencia, prevalencia y  mortalidad.”

2. La sexualidad: un lugar para todas las formas maravillosas de vivir  

El ítem anterior nos pudo dejar cierto sabor amargo y no faltará quien piense: Si es así y hay tantos riesgos, quizá lo mejor sea vivir solo y dejar la sexualidad para una circunstancia mejor…
Pero, afortunadamente, en este campo nos pasa como con las noticias de los periódicos y de la tv: nos pueden dejar la sensación de que lo único que sucede en el mundo son conflictos, guerras, asesinatos y asaltos, amén de un poco de deporte y noticias necrológicas.
Porque lo que los medios de comunicación no nos cuentan es esa vida que continúa, que no es noticia porque no se sale de la normalidad esperada.

Algo similar sucede con la sexualidad: ella es el lugar donde se van a dar y efectivamente se dan todas las formas maravillosas de encuentros personales, las formas más sublimes de amor, de ternura, de afecto, de solidaridad y altruismo, de entrega, de creatividad.

Sea que tomemos la sexualidad en su sentido amplio (relación con otras personas, experiencia del propio cuerpo), sea que la tomemos en un sentido más estricto (enamoramiento, amor, relación genital, orgasmo), sea que la vivamos en pareja estable u ocasional, como novios o como casados: qué mundo impresionante de novedades, de expectativas, de fantasías hermosas que se van cumpliendo, de proyectos que se van concretizando.

Y cuántos momentos felices, cuánto afecto en la caricia y en el abrazo materno y paterno, cuántas experiencias fascinantes con amigos; cuántos recuerdos imborrables en encuentros más íntimos: el primer beso, aquella salida en que revelamos un sentimiento de amor, las primeras caricias, la primera vez  que nos desnudamos, la primera relación genital.
Y ese recordar todo el día a la persona amada, las llamadas por teléfono, el estudiar juntos, el preparar el casamiento.
La sensación de que no estamos solos, de que alguien nos ama, de que somos personas queribles, de que valemos. Descubrir nuestra capacidad de amar, de entregarnos, de cuidar a otra persona, de sentirla dentro de nosotros.

Y desde esas experiencias, descubrirnos a nosotros mismos, cómo somos, cómo sentimos, qué sentimos. Apren­der a expresar sentimientos, a hablar de nosotros mismos, a escuchar, a comprender, a consolar, a sentirnos consola­dos.
Y ver cómo la vivencia sexual nos cambia, nos modifica, nos recrea..
Entonces nos entroncamos con la antiquísima sabidu­ría que nos llega desde la India lejana y que pasa por tantas culturas: que la sexualidad es una fuerza, es energía, es mucho más que un acto o una tendencia.
Que es vida, que es la forma plena de vivir; que es lo que nos hace varones o mujeres, personas en todo el sentido de la palabra. Es lo que nos da Identidad.

Y seguir paso a paso, día a día toda la evolución de nuestra sexualidad: el descubrimiento de nuestro cuerpo, sentirnos enamorados, amar, sentirnos trascendidos a no­sotros mismos en una unión que parece casi infinita, casi divina, llena de magia y de hechizos.
Entonces llega la experiencia suprema del orgasmo, mucho más que un placer puramente físico, una especie de éxtasis oceánico -como se lo ha llamado- un trasportarnos a un mundo nunca soñado, indescriptible. ¿Somos seres humanos, somos dioses, qué es esta extraña y fascinante sensa­ción?

Y el amor que se prolonga en días y días, en meses y años. Ahora “somos”: somos una pareja, somos la unión de lo masculino y lo femenino; somos algo que ha sido creado de nuevo, y somos los que creamos cosas nuevas. Surgen los proyectos, el hijo, un tercero que se nos instala en el medio y que nos recrea como familia. Y más proyectos, viajes, vacaciones, trabajos, iniciativas…

Desde donde todo adquiere sentido

¿Qué serían el amor, la comprensión, la entrega, el cariño, la compañía, la donación, la felicidad, si no emergieran de la relación de los sexos y de la experiencia de nuestra sexualidad? Palabras huecas, meras abstracciones, definiciones del diccionario. En la vivencia de la sexualidad plasmamos nuestros conceptos, los hacemos experiencia, les damos sentido, descubrimos su auténtico valor.

Allí nos definimos como seres humanos, allí asumimos nuestro cuerpo, allí nos sentimos seres pensantes, sintientes y amantes. La  experiencia del amor sexual va plasmando el sentido de nuestra  vida, su orientación, su razón de ser: hacemos por amor,  pensamos con amor, vivimos del amor. Y descubrimos que no son frases hechas, no son meros deseos… que es una realidad  que la palpamos dentro de nosotros y en el otro.

Entre tanto los creyentes religiosos descubren otra dimensión de su fe, de su credo, de su imagen de Dios, de su presencia en el mundo: Dios no está fuera del amor, es Amor; lo conocemos en nuestra experiencia del amor, está donde hay amor: “El  amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Dios es Amor, y el que permanece en el amor permanece  en Dios, y Dios en él”  (Primera Ep. de Juan 4,7.16)
Es el Dios del fuego, del calor, de la intimidad, de la libertad, de la sonrisa, del placer.
El Dios que está adentro, la esencia misma de la vida.

La sexualidad como sabiduría: como un disfrute del cuerpo, de las cosas; como un conocimiento de uno mismo, del otro; como una aventura, como una constante nove­dad, como un juego que se renueva y se trasciende.

La sexualidad como fiesta, como celebración, como ritual de la vida. Algo que los antiguos cultos religiosos descubrieron como el verdadero camino de la gnosis, del conocimiento, de la verdad, de la verdadera realidad.  Sexualidad como sabiduría, como fiesta, como intimi­dad, como reposo, como contemplación.

El silencio que produce la experiencia sexual, el quedar­se sin palabras no porque no haya nada que decir sino porque todo está dicho. Experiencia inefable, imposible traducirla en palabras.

Y la mirada de los amantes: la silenciosa mirada en los ojos, el sentir que se dicen todo sin decirse nada, el saberse que se están tocando la punta del alma, que están juntos aun cuando estén separados. Que los dos son uno, pero cada cual es “sí mismo”.

La experiencia de la unidad, la antigua búsqueda de todas las culturas: unir lo que está separado, encontrar la perfección uniendo las partes complementarias, lo masculino y lo femenino, cerrar el círculo de la vida.
Es la experiencia del Tao en los chinos, de la iluminación interior de los hindúes, de la androginia original, del Yin y del Yan, del misterio de los griegos, de la unión mística de judíos y cristianos.
Desde esta experiencia comenzamos a comprender todas las culturas, la búsqueda humana por milenios, las grandes filosofías, los movimientos espirituales que crea­ron nuevas culturas y que revolucionaron la historia.

Desde allí nos sentimos conectados a la larga evolución del cosmos, a la filogenia, a la antropología, a la historia humana.
Desde allí nos sentimos conectados con el surgimiento de las estrellas, con el nacimiento de la vida en las cálidas aguas primigenias, y hermanados con todos los seres vivientes, con las plantas y con los animales.
Desde allí nos identificamos con el Sol o con la Luna, con Marte o con Venus. Y con lo manifiesto y lo oculto, con la fuerza y con la ternura, con lo rígido y con lo flexible. Es lo masculino y lo femenino presentes en toda la creación y en todas sus manifestaciones, en todos sus gestos, en todos sus colores y sonidos, en sus planetas, en todos los seres vivientes y en cada ser humano.

Desde la sexualidad nos sentimos una síntesis del universo, materia y energía, cuerpo y mente, gesto y palabra, movimiento hacia afuera y hacia adelante, y movimiento hacia dentro. Penetrar y ser penetrado; engendrar y dar vida.

El amor sexual es como un bosque milenario en el que nos adentramos y cada uno descubre ese algo misterioso que va cobrando vida paso a paso. Su infinidad de elementos se combinan en un todo, el bosque, renovándose siempre, naciendo desde la tierra, sin estridencias ni voces de mando… Simplemente allí está, naciendo siempre y proyectándose hacia arriba. El bosque que se recrea… sexualmente, con esa sexuali­dad espontánea, casi mágica.

Así cada ser humano caminará haciendo su propia experiencia, cada uno expresará esa experiencia a su ma­nera, y cada uno terminará diciendo que en realidad no puede expresar todo lo que vive, que es inefable. Porque sólo el que la vive la puede sentir y dimensionar.

Es la sexualidad creativa y creadora “Para vivir y gozar… que ya es bastante”.

 

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