Etica y Salud Sex. Un paradigma integrador b- Sentido del placer. Doble moral

ÉTICA Y SALUD DE LA SEXUALIDAD  (…)

EL PROBLEMA DEL PLACER COMO PLACER. SU SENTIDO

Como lo he afirmado en varias oportunidades, si la sexualidad no entrañara el componente de placer físico, seguramente los moralistas le dedicarían algunos renglo­nes, como una de las tantas actividades humanas.

Pero el componente erótico-placentero, el placer genital cuya culminación es el orgasmo,  ha sido la variable que en tantas religiones y sociedades despertó toda una ola de sospechas sobre la moralidad sexual, y un sinfín de prohibiciones, tabúes y normas que sería largo y tedioso enumeradas, solamente teniendo en cuen­ta las de nuestro contexto cultural occidental y judeo­cristiano.
Es en este tópico donde se da lo que llamo “el capítulo aparte”, como si se diera por sobreentendido que no existe placer en otras áreas de la vida (en el comer, el beber, el dormir, el jugar, etc.) y dando por supuesto que el placer sexual siempre es sospechoso de bajeza, animalidad y pecado.
Es notable observar, por ejemplo, que en el cristianismo se han elaborado interesantes teologías sobre distintas realidades humanas, sobre el trabajo, sobre el problema social, sobre el sentido de la historia, sobre el deporte y el tiempo libre, pero no existe el tópico llamado “teología del placer”, dando por sobreentendido que el placer sexual no parece ser un camino que pueda acercar a Dios ni elevar al hombre espiritualmente o hacerlo crecer y sobredimensionarlo.

No sucede lo mismo con otras antiquísimas religiones como el Shivaísmo en la India que desde hace más de cinco mil años vivió el placer sexual como reflejo de la felicidad divina. Para los seguidores de Shiva lo que asemeja a la divinidad con el hombre no es tanto su capacidad reproductora de la vida sino el placer en sí mismo. Entien­den que el goce físico refleja el verdadero estado de la perfección, o sea, el estado divino. En el instante del orgasmo el hombre se “transpersonaliza” como diríamos hoy, supera sus contingencias de trabajo, problemas, de­beres, y se transporta a una nueva naturaleza. Para el Shivaísmo, lo que mejor refleja a la divinidad en esta vida y en la creación toda es el encuentro sexual y el placer que de ella deriva.

Concepciones similares tiene el Tantrismo, el Taoísmo en China y las antiguas religiones mistéricas en Egipto, Grecia y el Cercano Oriente, como también las culturas precolombinas de América.

Pero entre nosotros, aún los libros religiosos modernos dedica­dos al matrimonio, ciertamente más evolucionados que los antiguos, apenas si les dedican al placer unos renglo­nes, diríamos inevitables, pero en ningún caso el placer sexual es uno de los puntos de partida para la elaboración de un concepto positivo de la sexualidad o del matrimonio, así como lo es la  capacidad de dar vida.
Libros sobre ética tratan de la masturbación o de las relaciones sexuales entre adolescentes o novios, volviendo una y otra vez a poner en entredicho cualquier cosa que suponga el placer sexual; soslayando, dicho sea de paso, aspectos mucho más importantes para la convivencia humana como la relación vincular, la veracidad y el amor.

Tradicionalmente cuando se hablaba de pecado a secas, se trataba del pecado del placer sexual (considerado en todos los casos como pecado mortal)… con un extraño olvido de tantas injurias sociales que vive el ser humano, especialmente si es pobre, o las mujeres, o de temas tan importantes como la desigualdad social, la discriminación, la corrupción política, el ultraje a las minorías étnicas y raciales, etc.

Reconocemos que la tendencia se está revirtiendo, pero sin superarse la vieja sospecha de que todo aquello que produce placer sexual debe ser minuciosamente juzgado, criticado y generalmente condenado.

Lo paradójico del caso es que toda esta mentalidad es la misma que habla de un Dios bueno que todo lo hizo bien, incluso el cuerpo y nuestro sexo, y que disfruta cuando nos ve felices y contentos. Pero ¡qué mal se habla de Dios cuando se  condena una criatura suya llamada placer sexual! ¿Significa esto que el placer sexual puede ser vivido sin límites ni normas de ninguna especie?

Vuelvo a mi propuesta: es un caso más de relación o vínculo, sea con otros, sea con nosotros mismos y con nuestro cuerpo.
Para entrar despacio en este espinoso tema, veamos el caso del placer en las comidas. Al acto de alimentamos lo acompañamos con el placer del sabor y en muchos casos, como en los postres, helados, etc., buscamos simplemente el placer por sí mismo. Pero si por buscar sólo ese placer podemos perjudicar nuestra salud, todos entendemos que hay que poner cierto límite o mesura, y en más de un caso, abstenernos totalmente de tal insumo de nuestro agrado.

¿Y por qué no podemos vivir el placer sexual con la misma naturalidad y frescura con que vivimos otros placeres? Simplemente por un prejuicio cuyas raíces se hunden en la historia: el placer como tabú o peligro (así en pueblos antiguos), como obstáculo para la vida del espíritu (así los filósofos griegos) o el placer sexual como pecado original, fruto de la tentación demoníaca (así en los gnósticos y teólogos cristianos)
Si toda la ética se basa en el respeto y el amor “a uno mismo” y al otro, como lo plantea la misma Biblia y lo recuerda Jesús, ¿por qué no aplicar este principio al placer sexual?
Es más que evidente que el placer, el placer en general, es algo positivo se lo mire desde cualquier punto de vista.

Así buscamos el placer de respirar aire puro, de estar con un amigo, de ver un buen paisaje, de gozar del mar o de disfrutar una buena película o de la música o deporte.

El placer sexual, como lo subrayan los pueblos y religiones orientales desde hace milenios, incluso el libro bíblico “Cantar de los Cantares”, es la máxima expresión de placer humano, sólo comparable al estado de plenitud de la divinidad. Un placer todo él nacido e impregnado de amor, de ternura, de encuentro profundo de dos seres humanos que se dan a sí mismo en la máxima expresión de entrega.

Los límites del placer vienen dados, como en los demás casos, cuando pueden representar un daño físico, psicológico o moral al propio sujeto o una lesión a los derechos ajenos o de la sociedad.
Tal sería el caso de obligar a alguien a tener placer sexual con uno, o hacerlo en circunstancias tales que provocara un daño físico, moral o psicológico tanto a uno mismo como al otro.
(Ver también este tema en los conceptos de Salud Sexual de la OMS)
El hambre compulsivo de placer puede llevar a alguien a un estado de permanente ansiedad, al abandono de sus actividades creativas, a manipular a otra persona, a utilizarla como un objeto a los puros fines de satisfacerse a sí mismo en forma egoísta o para lucrar ciertas ganancias, o como forma de sometimiento o escla­vitud, situaciones todas que se dieron y se dan con relativa frecuencia.

Se podrá decir que, de todos modos, la sexualidad está orientada a la procreación, y que el placer separado de esa intencionalidad atenta contra los fines de la sociedad. Pero es más que evidente que cada acto sexual no está ordenado a la procreación.(Baste pensar que la mayoría de los tiempos de la mujer son infecundos, y en el derroche de óvulos y espermatozoides por parte de la naturaleza)

En todo caso, cada ser huma­no asume esa responsabilidad a lo largo de su vida, engen­drando aquellos hijos que juzga poder criar y educar.

¿Valdrá este mismo principio para el autoerotismo?
Si el placer es un bien y si no lesiona la propia salud física o psíquica de uno mismo o de un tercero, no se ve por qué motivo tenga que ser algo intrínsecamente malo, máxime en la adolescencia donde aparece como una etapa transitoria.
Cuando se transforma en un impulso compulsivo e irrefrenable, cuando impide otras actividades, cuando permanece enquistado (“fijado”) en un cerrado individualismo sin apertura al otro o que impide la relación con el otro, entonces podemos considerarlo como una forma enfermiza y regresiva.

Comprendo que esta forma de pensar respecto al placer sexual les pueda provocar a ciertas personas cierta confusión o un mar de dudas; no por nada se nos inculcó lo contrario durante milenios o siglos al menos. Pero si  nos ponemos a pensar que en otras culturas y pueblos  se  tuvo y se tiene una concepción positiva e incluso mística y que esta mentalidad toma cuerpo día a día entre nosotros, será interesante que al menos intentemos mirar el placer sexual desde otro ángulo posible.

Para los que son cristianos:

¿Acaso los profetas no comparan el amor de Dios a su pueblo con el amor sexual placentero de los esposos? Dice Isaías: “Te llamarás mi complacencia (la que me da placer) y mi Desposada, porque en ti se complacerá Yahvé. Y como la esposa que hace las delicias de su esposo, así harás tú las delicias de tu Dios” (Is 62,4-5)

Nada mejor que cerrar este punto con los inmortales versos del Cantar de los Cantares, un poema bíblico sobre el amor entre dos adolescentes: Ella dice:
“¡Que me beses ardientemente con tu boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino y el aroma de tus perfumes, exquisito… ¡Mi amado es para mí y yo soy para mi amado!.. Gocemos y alegrémonos… Como un manzano silvestre es mi amado y yo me senté a su sombra tan deseada y su fruto es dulce a mi paladar. El me hizo entrar en su bodega y enarboló sobre mí la insignia del amor… ¡Estoy enferma de amor! …
Entonces habla mi amado y me dice: Levántate, mi amada, ven, mi hermosa! Muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz, porque tu voz es suave y hermoso es tu semblante. Me has robado el corazón con una sola de tus miradas. Qué hermosos son tus amores, amada mía, más deliciosos que el vino…
Y ella que responde: ¡Que mi amado entre en su jardín y saboree sus exquisitos frutos!… Grábame como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo, porque el amor es más fuerte que la muerte… Sus flechas son flechas de fuego; sus llamas, llamas de Dios” (1,2-3; 2,2-4. 14.16; 3,5-11.16; 8,6)

Y pregunto: ¿por qué no utilizamos este bello poema para la educación sexual?

Dos escollos

Quizá todavía nos queden dos escollos por vencer:

Uno, la imagen de animalidad (o impureza) con que fue revestido y revestimos al acto sexual y al placer que provoca, algo ya presente en los filósofos griegos y en el mundo semita.

Pasar de personas sensatas, bien vestidas y con finos modales al estado de desnudez, contacto genital, caricias sexuales y posturas que fuera de la intimidad resultarían chocantes, les parece a ciertas perso­nas algo poco humano y edificante.

¿Pero nos pusimos alguna vez a pensar en lo poco estético que resulta ver comer a alguien o sonarse la nariz?

El conflicto se genera cuando percibimos el acto sexual y el orgasmo fuera de su contexto: o sea, como algo aislado de toda la persona que, haga lo que haga, siempre está actuando como persona total, con su cerebro, con ideas e imágenes, con amor y un sentido global.

El placer sexual no es una pura sensación o técnica genital-biológica-instintiva: se encuadra en el marco de un vínculo que es expresado con intimidad, confianza, ternura y amor.

La relación sexual, tal como la entendemos, nunca es un acto puramente físico ni tampoco aislado e individualista: su tendencia y su objetivo es el encuentro más íntimo con el otro, siendo ese encuentro la fuente del placer y de la felicidad… aún en los casos en que no haya coito completo. Aislar el acto sexual de su contexto humano puede llamarse pornografía, la exhibición de la genitalidad con fines pu­ramente egoístas o comerciales; prostitución o violación o exhibicionismo, etc.

Pensemos en la experiencia que todos vivimos la pri­mera vez que nos desnudamos en la relación sexual: lo que podía aparecer como algo vergonzoso y hasta poco deco­roso, de pronto se vuelve algo hermoso porque cada gesto sexual está integrado en la totalidad de una persona que siente y goza la increíble experiencia de estar unida con otro ser humano, o de sentir su propio cuerpo como un amigo que  da lo mejor de sí mismo.

“La característica más sobresaliente del placer es su capacidad de hacer crecer y de dilatar el corazón del hombre. El placer sexual en su verdad es el único placer que para existir impone al hombre salir de sí mismo, barriendo cualquier egoísmo. Sólo el hombre hace el amor; los demás animales se acoplan. Cuando un hombre y una mujer se unen en el amor, el cuerpo se transforma en instrumento, en expresión, en lenguaje de dos personas que se comunican la profundidad de su propio ser es todo el ser quien habla, quien dice quién es, entrando en una comunicación total en que las palabras enmudecen para dar cabida a la transparencia más completa. El orgasmo es un grito mutuo de vaciamiento total: Te lo he dicho todo.” (Caterina Jacobelli)

A quienes recibieron un significado deformado o nega­tivo de la sexualidad, o no tuvieron nunca la experiencia sexual, les llevará tiempo reubicarse en este nuevo contexto.

Pero quienes hemos tenido la oportuni­dad de dedicarnos a la educación sexual de niños peque­ños -a menudo suponiendo que tienen los mismos tabúes que nosotros- nos llevamos la gran sorpresa de ver con qué naturalidad y frescura los niños aceptan la relación sexual justamente como lo que es, algo hermoso.
Esta fue la experiencia que recogí trabajando con mi libro y video Papá y mamá me cuentan todo, para la educación sexual de niños pequeños, y esta es la experiencia que constante­mente los padres que lo utilizan con sus hijos me transmi­ten. Y esta es la experiencia que recojo de los adolescentes en largos años en los cuales ejercí la educación sexual desde 1964.

Nuestra generación de adultos tiene marcado en el inconsciente con tinta indeleble un concepto peyorativo sobre la sexualidad y el placer sexual en particular, porque lo recibió desde niños y lo alimentaron durante toda la educación, con el agravante de reforzarlo con argumentaciones religiosas.

Las nuevas generaciones si reciben un concepto posi­tivo estarán en óptimas condiciones para integrar su sexualidad y el placer sexual a sus vidas como tuvo que ser desde un principio: como lo más maravilloso de la vida.

Y si son creyentes, podrán dar gracias a Dios por haberles regalado algo nunca soñado, sin necesidad de convertirse al Shivaísmo…

El segundo escollo que se presenta, sobre todo a ciertos dirigentes  religiosos y educativos, es suponer que la valoración del placer sexual puede ser la puerta para desviaciones morbosas, para el libertinaje y quién sabe cuántas aberraciones más.
La experiencia de todos estos últimos siglos demuestra más bien todo lo contrario: las aberraciones y el libertinaje se producen como respuesta a las represiones antinaturales que las personas tienen que soportar; o como forma de escape a la tortura moral a la que se los ha sometido.

Pero cuando una persona encuentra la salida natural, sana y positiva a su deseo de placer y de encuentro gozoso con el otro, no sentirá ninguna necesidad de formas aberrantes cuando todo lo que desea ya lo vive sanamente.

Es lo perversamente reprimido lo que se vuelve contra el propio sujeto y contra toda la sociedad.
El libertinaje se dio y se da cuando una persona o una sociedad no vive en libertad; entonces busca una salida compulsiva, más como una descarga y una venganza, como un hambriento que, por comer desaforadamente, termina por hacerse daño y  atragantarse.

Porque este es el momento de recordar que si el placer en cualquiera de sus formas necesita de una medida equilibrada, justamente para que sea placer, también es cierto que la carencia o ausencia de placer es una forma enfermiza de vivir, como que tiene su expresión máxima en el masoquismo.

El que realmente peca  y lesiona los derechos del próji­mo, el que realmente hace libertinaje y abuso de su libertad contra los derechos de los otros, no es el que goza sino el que prohíbe gozar, entrometiéndose en la conciencia de los demás y sometiéndolos durante toda su vida a la tortura psíquica y moral.

Porque, como lo he dicho en más de una oportunidad, lo que hay detrás de tanta represión y censura de las conciencias es un afán de poder y de dominación, cuya postura máxima es el sadismo.

Y de sadismo está plagada nuestra cultura occidental, como también gran parte de nuestra concepción cristiana; el sadismo de unos que dominan, y el masoquismo de otros que son sometidos y tratados como eternos infantes.

6. Conceptos a distinguir

En este proceso que con toda propiedad podemos llamar de “purificación” de nuestro concepto de la sexualidad, será interesante que distingamos y elaboremos cuatro conceptos muy imbricados pero con matices muy distintos: prejuicio, culpa, vergüenza, pudor.

Los  prejuicios

Los prejuicios (o preconceptos) son, como lo indica la misma palabra, elaboraciones mentales generalmente recibidas masivamente desde la infancia por la misma cultura y que nunca hemos sometido al análisis y a la crítica, y que aplicamos automáticamente a una determina­da situación a la que supuestamente estamos sometien­do a un análisis racional.

Todos conocemos los famosos prejuicios raciales, siempre simples y apodícticos; pero donde más funcionan los prejuicios es en el campo sexual por todas las connotaciones culturales y religiosas ancestrales, y por la íntima relación entre la sexualidad y nuestro mundo inconsciente.

María L. Lerer  (Mitos, realidades y el sentido de ser mujer, Planeta, Bs As) habla de los “mitos” culturales especialmente sobre la sexualidad femenina, verdaderos pre­juicios transmitidos de padres a hijos y que jamás cuestionamos. Son verdades de fe, tales como: “el varón es activo y la mujer pasiva; el varón tiene más necesidad sexual que la mujer”… y, desde ya, “el placer sexual es sucio, es pecaminoso, está contra la Biblia; una mujer decente no hace tal cosa”, etc.
¿Y cuáles son los prejuicios actuales en adultos, niños y jóvenes? ¿

Qué hacer con estos prejuicios, generalmente lla­mados “verdades absolutas”?  Un solo camino: someterlos al análisis y a la crítica; cotejarlos con otras formas de pensar de personas tan sensatas y honestas como nos sentimos nosotros.

Abando­nar la postura del sábelotodo y dueño de la verdad, abrirse con humildad a lo que otros piensan y opinan; hacer auto crítica, leer, informarse, reflexionar. Experimentar nuevas modalidades, ver sus efectos y comparar con los anteriores…  En fin, algo que hacemos en la educación cuando, honestamente, nos ponemos a “buscar la verdad”, sintien­do que la buscamos porque no la tenemos.

La tolerancia

Buscar la verdad con la conciencia sincera de que nunca la encontraremos en forma plena; buscarla y respetar la búsqueda sincera de los otros: esa es la base para algo que se llama tolerancia, una virtud social casi desconocida en la historia y en la cultura de Occidente.

La intolerancia no es sino la resultante lógica del con­vencimiento de ser los dueños de la verdad.

Y si hay un terreno donde la intolerancia religiosa y moral sentó sus reales fue en el de la sexualidad humana: allí donde más debe reinar la comprensión, el respeto, la libertad y el amor. La intolerancia no tiene matices ni está abierta al diálogo con los otros: es fundamentalista, absolutista y autoritaria.

La culpa

La culpa es la desagradable sensación que tenemos después de haber hecho algo malo, en contra de lo correc­to, de nuestra conciencia o de nuestros valores.

Desde la concepción judeocristiana, la culpa es la con­secuencia de haber pecado, violando la ley de Dios y los preceptos religioso-morales.

Como ya lo adelantamos con algunos ejemplos, una persona puede sentir culpa (por ejemplo, de una relación sexual prematrimonial) aunque psicológicamente la haya visto sana y la haya gozado.

La culpa está relacionada con la formación de nuestra conciencia y es uno de los signos de nuestro sentido ético de la vida. Sentir culpa cuando hacemos algo malo y, por tanto, sentir la necesidad de reparar el mal hecho a otro o a uno mismo, es un sentimiento positivo de responsabili­dad y madurez.

Pero podemos sentir culpa por una deformación de nuestra conciencia, considerando malo lo que no es malo, como en el caso de tantas prohibiciones sexuales que transfor­maron en “culpógeno” todo lo referente al sexo y en especial al placer, en cuyo caso, decían los moralistas, nunca hay culpa leve sino que siempre es grave.

Desde ya que si alguien considera que el placer sexual, por sí mismo, es algo infrahumano, bestial y abominable … sentirá tremenda culpa cada vez que goce.
Pero justamente es esto lo que nos estamos cuestionando.

La vergüenza

La vergüenza es también una sensación desagradable que nos proviene cuando nos sentimos afectados en nuestra imagen de dignidad y de auto-respeto, de estima y de prestigio ante los otros. Es más un sentimiento de cara a los otros y no tanto con nuestra conciencia.
Sentimos vergüenza (como una humillación) cuando fracasamos, cuando hacemos un papelón, cuando somos sometidos a la burla y al escarnio; cuando sentimos que hemos sido infieles a nosotros mismos o a la palabra dada, o por haber fallado a un amigo.

Desde ya que se puede sentir culpa y vergüenza al mismo tiempo (por haber sido infiel al cónyuge y haber sido descubierto); pero, aunque ambos sentimientos tien­den a confundirse, la vergüenza es una sensación diferente.

Con relación a la sexualidad, la vergüenza es la sensa­ción de hacer algo sucio, feo, desagradable, algo impropio de alguien razonable y sensato. También es vergüenza cuando somos utilizados sexualmente o la intimidad de nuestra sexualidad es ex­puesta públicamente. Los pueblos antiguos distinguieron entre vergüenza verdadera y falsa.

Así el libro sapiencial del Eclesiástico, recogiendo ideas egipcias y de otros pueblos, dice:

“Sientan vergüenza de lo que les voy a decir, porque no está bien avergonzarse de cualquier cosa. Tengan ver­güenza de la mentira ante un jefe, del delito ante un juez, de la iniquidad ante la asamblea del pueblo. De la injusticia ante un compañero o un amigo, y del robo ante un vecindario. De violar un juramento o un pacto, y de apoyar los codos en la mesa. De dar o recibir con desdén un saludo, o de no devol­verlo. De mirar a una prostituta y dar vuelta la cara a un pariente. De desear la mujer ajena, de decir palabras hirientes a tus amigos, de repetir lo que se ha oído y de revelar los secretos. Entonces sentirás una auténtica vergüenza y serás apreciado por todos”. (Eclesiástico 41,16 y siguientes)”

El pudor

El pudor (al que vulgarmente llamamos vergüenza) es, en cambio, un sentimiento que preserva nuestra intimi­dad, tanto física como psíquica, tanto sexual como profe­sional.

Donde más lo sentimos es en la sexualidad: a partir de la infancia: preservamos nuestra intimidad al desnudar­nos, al hacer nuestras necesidades, al relacionarnos ínti­mamente con otra persona.

Todos los antropólogos han observado que aun en las tribus donde sus miembros viven en total desnudez, existe un sentimiento muy arraigado de pudor en el trato cotidiano.

Mientras que la vergüenza es un sentimiento posterior al acto o concomitante, el pudor es un sentimiento previo. En la vergüenza pasó algo que nos hace sentir mal; el pudor, en cambio, es ese espacio que siempre reservamos para nosotros mismos y para nuestra intimidad. Cuando alguien lo viola, ciertamente que sentiremos vergüenza e indignación. Violar el pudor de otros es lesionar su derecho, y en ciertos casos es delito aun en las leyes civiles.

Los niños lo comienzan a sentir desde los cuatro o cinco años, y los padres han de saber respetar esa intimidad.

De “pudor” vienen sus derivados: púdico-impúdico; hasta hace poco se hablaba de las partes” pudendas” del cuerpo humano, aquellas que se cubrían ante los demás.

El pudor, aunque es un sentimiento “aparentemente innato” ante muchas situaciones, puede estar más o me­nos subrayado por la educación y la cultura. Hoy estamos perdiendo cierto exceso de pudor ante lo sexual pues suponemos que es exagerado. Tradicionalmente en nuestra cultura las mujeres han sido y son más pudorosas que los varones.

Lo contrario al pudor es la deshinibición, siendo su forma patológica el exhibicionismo.

El pudor, desde ya, es relativo a cierto contexto en que la persona actúa: en una playa el desnudo parcial o total es aceptado con toda naturalidad, pero no lo será en una oficina o en la vía pública. En ciertas familias sus miembros practican cierta forma de nudismo, aun entre padres e hijos pequeños, y esto con la mayor naturalidad. Hay culturas que consideran impudoroso actos o gestos que otras practican no sólo naturalmente sino con alto sentido positivo y social, como besarse, saludar efusivamente, hablar con una mujer desconocida en la calle, etc.

Finalmente, y sin agotar este tema, el pudor varía según el carácter o estilo de personalidad de una persona, y suele estar relacionado con el grado de autoestima y seguridad en sí mismo.
El placer sexual tiene el raro privilegio de estar en nuestra cultura íntimamente relacionado con los prejuicios, la culpa, la vergüenza y el pudor; un motivo más para entender por qué nos cuesta tanto un cambio de mentalidad y de actitud hacia él. Algo que, seguramente, no lo lograremos en un día ni en un año. Es una de nuestras asignaturas pendientes en este proceso de sexualidad creativa.

7. En síntesis: primacía de las actitudes y de la totalidad.

Tras estas reflexiones acerca de las normas y de la ética sexual, un tema ciertamente polémico y todavía no cerra­do ni completamente elaborado; por tanto, siempre abierto a nuevas investigaciones y reflexiones, digo que todas estas reflexiones nos parecen conducir a esta sínte­sis:

Hagamos primar las actitudes por sobre los actos; las intenciones honestas por sobre los resultados. Hagamos primar la totalidad de la sexualidad por sobre la particularidad de algunos de sus componentes, por ejemplo lo puramente genital.

Hagamos primar las actitudes

Hay dos actitudes fundamentales entre cuyos polos nos podemos mover: amor o egoísmo.

Si hay amor hacia el otro -y nunca lo será ni total ni completamente altruista-, si hay una actitud de entrega, de consideración y de respeto amoroso: en caso de conflicto, valoremos en primer lugar esa actitud por sobre cualquier otra consideración.

El acto humano en sí mismo es algo objetivo. Pero lo que le da sentido es la actitud y la inten­cionalidad (sujetivas) con que es realizado, aunque los resultados no siempre sean los deseados ni los mejores.
También podemos decir: hagamos primar una actitud de salud y de búsqueda de lo mejor para uno mismo y para el otro. Es el criterio de lo “con-veniente”, o sea de aquello que debemos “juntar” para obtener el mejor efecto. Conviene amarse a uno mismo, conviene estar con otros, conviene ayudarse, conviene amar, conviene gozar, conviene cuidarse.

Si la sexualidad es una fuerza para la edificación de la persona, lo bueno o lo malo habría que valorarlo desde esa perspectiva. Un comportamiento sexual es bueno si contribuye al crecimiento armónico de la persona; es malo, si impide ese crecimiento

La auténtica con-veniencia a la que aludimos nunca puede ser egoísmo, porque precisamente es “con”, es la tendencia a sumar y juntar aquello que tiene que estar junto y unido. En la sexualidad: ¿Qué tenemos que con-venir, que juntar, que unir, que amalgamar, que integrar? Esta tendencia es la sana, porque es la integradora. En cambio, la enfermedad cuyo punto supremo es la muerte, desintegra, corrompe, separa, destruye … lo que tiene que estar junto y unido: la vida.

Hagamos primar la totalidad del acto

Cuando tenemos que analizar una conducta sexual, -nuestra o de otros, de nuestros hijos, o educandos- miremos por sobre todo la totalidad de la conducta sexual y busquemos esa totalidad. La sexualidad no comienza ni termina en la genitalidad o en la procreación; no comienza ni termina en la mente; no comienza ni termina en el deseo o en el enamoramiento…

La sexualidad es la tendencia a que todo nuestro ser -en cuanto ser psico-somático-espiritual-social (holístico) se comunique íntima­mente con otro ser humano, conjuntando amor, entrega, afecto, creatividad, corporalidad, genitalidad, placer, ternura y, en fin, esa maravillosa sensación que incluso supera al placer genital, porque lo trasciende en una relación estable y  gozosa, sólo comparable a lo que sería una forma divina de vivir.

Es la diferencia entre placer y felicidad.

Tener en cuenta aquí el artículo de la OMS sobre la Sexualidad Integral y lo postulado por la Ley de Educación Sexual.

Hacer ética sexual  o una normativa sexual separando los elementos, juzgando cada elemento disociado de su conjunto -tal nuestra moral tradicional- es un pecado contra la naturaleza misma de la sexualidad.

Juzgar toda esta globalidad integral sólo desde el punto de vista puramente físico, “de si se tocaron o no, si hubo o no hubo penetración, si sintió o no sintió placer, si consin­tió o no consintió, si lo hizo sólo por amor o sólo por pasión, si tuvo la intención positiva y consciente de procrear o no” … si juzgamos esta maravillosa totalidad de la sexualidad desde nuestra manía persecutoria para buscar culpables y condenarlos, es que estamos muy enfermos y lo peor del caso, que somos absolutamente injustos con quienes tie­nen una mente y una intención sana y honesta.
Parafraseando al Evangelio bien podemos decir aquí: “que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.

Se trate de la masturbación, de relaciones íntimas entre adolescentes, de actos sexuales entre novios o casados… atender en primer lugar a la  intencionalidad de las personas, a la totalidad de lo que hacen o quieren hacer, a las tantas cosas buenas que ponen con su mejor buena voluntad para aprender a vivir con un poco de felicidad….

¿Es tan difícil tener esta mínima actitud comprensiva?

Entonces también parafraseando al Evangelio, en este caso a Jesús cuando le trajeron aquella mujer encontrada en adulterio para que fuera lapidada, digamos: “El que se crea inocente, que tire la primera piedra” (Ev. de Juan 8,7).
Nos encantaría conocer a quienes creen que viven una sexualidad perfecta, a quienes se consideran modelos de ética; a quienes dicen tener plenamente asumido su cuerpo y su genitalidad; a quie­nes conocen por experiencia personal toda la hondura de la relación entre el hombre y la mujer, y lo realizan con total perfección…

¡Cuanto más beneficioso sería un mínimo de autocrítica y de autosinceramiento! Nada mejor para comprender los límites y las debilida­des ajenas, que conocernos y aceptar nuestros errores y limitaciones..

Dos conclusiones importantes:

a) No existe una ética sexual   al margen o por  sobre la ética
de las relaciones humanas.

Lo sexual no es algo aparte ni separado de las relaciones humanas; tampoco es algo que está por encima de todas las conductas humanas. En todo caso es una instancia donde cada uno se manifiesta cómo es de una forma más auténtica, más personal y completa; donde se desnuda no solamente en su cuerpo sino en todo su ser psíquico y espiritual.

Y para los que son creyentes judeocristianos, es en la sexualidad donde Dios se manifiesta como amor y donde la pareja humana vive la presencia y la intimidad divina desde la experiencia del amor. Más aún: el amor no es exclusividad de la relación sexual: el amor o el altruismo es el principio y la culminación de cualquier relación humana y de toda construcción social. Es uno de los pocos aspectos en que todas las culturas, filosofías, psicologías y religiones están de acuerdo.

En lo que no hay acuerdo es en llevarlo a la práctica.

Esta fue la síntesis que hizo Jesús, retomando un viejo concepto del Deuteronomio: “Toda la ley se resume en amar a Dios y en amar al prójimo como a uno mismo” (Mt 22, 34-40)
Un concepto que todas las culturas en todos los tiem­pos proclamaron de una o de otra forma. Sólo nos resta ser coherentes con nuestros prójimos más cercanos: nosotros mismos (amor a uno mismo), y los vínculos más cercanos, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra comunidad.
Por eso vuelvo a enfatizar: la normativa y la ética sexual son exactamente las mismas de cualquier relación del ser humano con sus semejantes. Se rigen por los mismos principios, por la misma intencionalidad y por los mismos valores.

La única variable está dada por el contexto: relaciones de trabajo, de familia, con los vecinos, relaciones políti­cas… o relaciones sexuales íntimas.

En todos los casos y en cada caso, habrá que atender al amor y al bien de uno mismo; al bien, al amor y al respeto del otro; y al bien de toda la sociedad.

b) Como toda conducta humana, la sexualidad es un aprendizaje y hay que desdramatizarla.

No nacemos perfectos… como tampoco morimos perfectos, dicho sea de paso. “Per-fecto” significa “completamente hecho” o realizado, o desarrollado. El ser humano tiene la única tarea de aprender a vivir. Inicia este aprendizaje el día en que es concebido en el seno de su madre, y no termina esta tarea ni siquiera cuando vuelve al seno  de la madre tierra. Somos aprendices por naturaleza.

La sexualidad es uno de estos aprendizajes, y por ser tal, supone desconocimientos, errores, fracasos, conduc­tas enfermas y antisociales, como también limitaciones aun cuando progresemos constantemente.
Por lo tanto, si en la condición del aprendizaje están el error y el fracaso, desdramaticemos los errores y las limitaciones sexuales que, como ya lo hemos afirmado, no son los problemas más graves de la humanidad. Aceptemos como normal la situación de una sexuali­dad plagada de errores, de límites, de fracasos y, si se quiere, de pecados.

La verdadera gravedad de un acto sexual, su verdadero peligro, no pasa por ser sexual, sino por una actitud egoísta y destructiva, destructiva de uno mismo y del otro; pasa por la deshonestidad con que lo realicemos, por la hipo­cresía y la falsedad en nuestra propuesta hacia el otro.

En el aprendizaje sexual todos vamos a aprender desde la experiencia del intento y del posible fracaso. Esto nos pasa desde que nacemos, desde que intentamos hablar, caminar, escribir o andar en bicicleta… desde la búsqueda de afecto o desde el intento de darlo; en la aproximación a un desconocido o en el cortejo a una mujer o en la seduc­ción de un hombre.
Cuando en los ambientes educativos, especialmente en la familia, la escuela y la religión, reina este clima de tolerancia y de amorosa comprensión, el error o el fracaso son la oportunidad de una buena reflexión, de aprender desde ese error o fracaso, y el impulso para un nuevo intento más exitoso.
En cambio, la severidad, la intolerancia, la culpa y el castigo, inhiben a la persona y la condicionan para nuevos fracasos. Algo que nuestra experiencia personal nos habrá ense­ñado infinidad de veces sin necesidad de ser expertos en psicología o pedagogía.

También necesitamos desdramatizar las deficiencias y limitaciones que, en forma casi inevitable, podamos tener a lo largo de nuestras relaciones sexuales, tales los casos de miedos, angus­tias, autoerotismo, torpezas, impotencia sexual, anorgasmia o frigidez, y otras patologías referentes a la sexualidad. (Ver ítem siguiente).

La sexualidad se aprende y también se cura, con más o menos éxito según los avances de la psicología, pedagogía, medicina, biología, etc.
Muchas personas se sienten verdaderos monstruos de la naturaleza porque alguna vez no pudieron tener una erección, o porque de pronto atraviesan un período de cierta inapetencia sexual; otros se asustan por su timidez, o porque no pueden hacer el acto sexual con mayor placer; o porque sienten sensaciones que les parecen extrañas y ridículas; o porque desean un coito anal o de pronto sienten atracción por una mujer o varón que no son su pareja; o porque no pueden dejar la masturbación, o necesitan excitarse con figuras pornográficas, etc., etc.

Todas estas formas inmaduras, limitaciones y deficiencias son el terreno habitual de la sexualidad humana: Lo fue, lo es y lo será.

c) La sexualidad  se aprende y se cura. La creatividad sexual

Como nos sucede con otras áreas de nuestra vida, también la  sexualidad se aprende y se cura… o se intenta curarla y mejorarla. Como también se aprende a aceptar los propios límites sin  abandonar un deseo de constante superación.

Y esta experiencia de aprendizaje y maduración (desde el inicio de la vida como microcósmicos organismos hasta el complejo ser humano), aunque lleva millones de años de recorrido, cada ser humano la tiene que hacer como si fuese la primera vez porque no la recibimos por herencia.
Todos vivimos nuestra sexualidad, pero cada uno la vive a su manera, como puede y de la mejor forma posible. No hay modelos apodícticos, no existen normas innatas al estilo de los instintos que se cumplen siempre de la misma forma e inexorablemente. Cada ser humano, cada cultura, cada pareja, tiene que encontrar su forma de vivirla lo más sanamente posible… con esa sensación tan humana de que siempre nos falta un poco para que sea totalmente plena.

En esto radica la creatividad de la sexualidad que, partiendo de un impulso biológico (con sede en el hipotálamo) se expande y desarrolla (gracias a nuestra corteza cerebral y lóbulo frontal) en mil formas y variantes, desde la convivencia doméstica, diversas formas de matrimonio y parejas,  y maneras de “hacer el amor” hasta el arte, la literatura, las novelas de amor, el cine, las profesiones, e incluso la mística erótica.

La energía sexual no se agota en la procreación; tiene un impresionante excedente que se expande en todos los niveles de la cultura; algo que constituye la esencia misma de la naturaleza humana y que nos distingue del resto de los seres vivientes.

Si esto vale para todo el mundo, mucho más para los adolescentes.
Ayudarles a vivir su sexualidad progresando paso a paso en ella, a descubrir toda su hondura, a evitar ciertos riesgos, pero más importante que todo eso: que no se sientan “perseguidos” por un afán perfeccionista y norma­tivo; que no se sientan torturados por una mirada inquisitoria que, justamente, los conduzca a esa situación que supuestamente se quiere evitar: el fracaso.
En el consultorio he conocido a muchos adolescentes y jóvenes con esta mentalidad legada de su familia y educa­ción: “En este asunto, no puedes equivocarte ni fracasar.” Entonces: “Si invito a salir a una chica y me dice que no, soy un fracasado; si no llego al éxtasis en la relación sexual, soy un fracasado… “.

En estos casos suelo decir lo siguiente: la sexualidad hay que vivirla “con espíritu deportivo”, como una intere­sante aventura, como un buscar caminos desde los objeti­vos posibles. Lo valioso -como se dice en deporte- es competir aunque no siempre ni todos obtienen el mejor puntaje. Este es el espíritu de mis palabras: lo valioso es meterse, vivir la experiencia, aprender hoy esto y mañana lo otro, sin sentirnos obligados y sin que el otro o la otra se sientan obligados a decir que sí o que no, a hacerlo de esta forma o de la otra.

El aprendizaje de la sexualidad es como una aventura al aire libre: nada está prefijado de antemano, salvo ciertas necesidades instintivas. Nos dejamos invadir por el sol o por la noche; nos adaptamos a la lluvia o al calor. Hoy encontramos un arroyo fresco y mañana subimos una montaña. Aprendemos a comer sentados en el suelo, cocinando con leña o con una cocina a gas… Lo lindo es la aventura, la curiosidad, la búsqueda, el placer de sentirnos libres y de encontrar tantas formas bellas de sentir y de vivir que jamás pudimos soñar.

Y de paso sea dicho: este es el antídoto contra el famoso y nunca bien ponderado “aburrimiento matrimonial”, una cierta plaga que tarde o temprano invade a las parejas sin distingos de clase social. La sexualidad y el amor tienen que ser recreados constantemente.

Y como lo dije en una charla a padres de adolescentes, no sin cierto escándalo, “ya que ustedes están con­vencidos de que sus hijos e hijas, tarde o temprano (hoy cada vez más temprano) tendrán relaciones sexuales, ayúdenlos a que lo hagan de la mejor forma  posible”.

Un principio que, todos los que somos padres, comen­zamos a aplicar desde el primer día del nacimiento de nuestro primer hijo: dado que les corresponde vivir en esta familia y en este país, pongamos lo mejor de nosotros mismos para que lo puedan hacer de la mejor forma, con el máximo de felicidad y con el mínimo de sufrimiento … y todo esto en medio de tantas preguntas que día a día se nos superponían: “¿Y qué hago si se despierta de noche … y qué pasa si llora toda la tarde … y cómo lo tengo que bañar … y  si tengo poca leche ..y cómo hago para descansar si no paro en todo el día y podremos hacer el amor en algún momento?”
Hicimos el cursillo de preparación al parto, llenamos nuestra biblioteca de libros sobre el primer año de vida de los bebés, consultamos a todos los amigos y amigas… pero el día en que el bebito tuvo su primera diarrea toda nuestra ciencia se nos vino abajo y terminamos llamando desespe­radamente a la abuela…

Esta es la experiencia del aprendizaje, sobre todo la primera vez…  ¿Por qué no aplicarlo en el aprendizaje sexual?

Humor

Y ya que aludimos a la abuela, en este aprendizaje desdramatizado, nada mejor que la receta del buen humor. La sexualidad no es un drama ni una tragedia ni un capítulo del apocalipsis.
Si es el camino hacia el gozo y la felicidad, encarémoslo desde esa perspectiva.

Seguramente que todos, siendo estudiantes, vivimos aquella tensión que casi se podía tocar con la mano cuando se nos iba a dar una charla de sexualidad, o se nos hablaba de los peligros y pecados sexuales. La misma tensión ante las preguntas de nuestros hijos cuando tenemos que hablar con el hijo o la hija adoles­cente del famoso tema tabú.
El humor es la forma de reírnos de nuestros problemas o supuestos problemas; es encontrarle el lado claro de los conflictos.
El humor es una de mis propuestas en mi libro Papá y mamá me cuentan todo, porque genera un clima de sereni­dad, de familiaridad, de credibilidad; porque permite la pregunta, porque no cierra el tema; porque deja pensan­do; porque no reprime, no culpabiliza, no tortura.

Sólo el humor nos permite decirles a nuestros hijos los nombres científicos referidos a la sexualidad, hablar de escroto, de testículos, de la vulva y del coito, para que nos pregunten después “si eso es lo mismo que “otras palabras” que usan en el colegio con los compañeros”… “¿Y qué palabras?… Vamos, papi, no te hagas el tonto…”.
Humor para hablar del acto sexual sin entrar en esas fatídicas comparaciones con el coito animal. Humor para recordar cómo fue nuestra supuesta educación sexual, y lo mal que lo pasamos en nuestra adolescencia o la primera vez que invitamos a alguien a bailar.

Y como adultos, humor para reírnos de nuestros prejui­cios, de nuestras increíbles verdades sexuales, de nuestra torturante moralidad. Humor para reírnos con hijos y educandos cuando pronunciamos las palabras prohibidas. La risa y el sexo son una pareja que congenia muy bien, ¿será por eso que abundan tantos chistes sexuales? ¿O necesitamos de la risa histérica provocada por los chistes porque no tenemos humor en la vida cotidiana? Esto nos lleva a una nueva reflexión:

8. La doble moral y el doble mensaje sobre la sexua­lidad

En el campo de la sexualidad buscar coherencia es casi una tarea imposible. Cualquier discurso sobre el tema puede significar eso o su contrario.

Se proclama la primacía del amor pero se exige la obediencia y la ley por sobre todo. Se apela a la conciencia de cada uno menos en el terreno de la intimidad. Se habla de que somos seres psicosomáticos, pero descon­fiamos del cuerpo y condenamos sus deseos y tendencias. Se exige madurez y responsabilidad, pero se nos trata como niños diciéndonos qué tenemos que hacer, cómo, dónde y cuándo.

La declamación de los derechos humanos (entre ellos los derechos sexuales) es voceada de todas formas, pero se invade la intimidad de las personas, se manipula el cuerpo de la mujer, se elogia la infidelidad, se abusa de los mensajes erotizantes y casi pornográficos a los jóvenes y a los niños.  Se proclama la igualdad y el respeto en el trato a los semejantes, salvo que no sean .tan semejantes como los homosexuales o las madres solteras, o los que tienen otros criterios sobre sexualidad, o los que se atreven a tener un pensamiento diferente, o los que postulan una igualdad de oportunida­des en la vida sexual entre varones y mujeres. Se habla de la famosa “dignidad de la mujer” pero sólo se la valora desde ciertos rasgos físicos que respondan a rígidos cánones consumistas y machistas.
Se habla de “educación integral” del ser humano total, acompañada de un impresionante silencio sobre el cuerpo y la sexualidad, sobre lo que realmente les pasa a los educandos, sobre sus experiencias sexuales, sobre sus problemas y conflictos con sus deseos y necesidades.

Se nos dice que Dios creó al sexo como bueno, pero que en realidad el sexo es malo; que vamos a resucitar con nuestro cuerpo, pero que sólo el alma es inmortal pues el cuerpo no tiene nada que hacer en la otra vida.

En fin, que sería interminable codificar este doble dis­curso, esta doble moral, esta doble perspectiva que nos llega desde la sociedad, desde los medios de comunicación, desde la religión, desde la expe­riencia de los otros, desde lo que dicen los médicos, los sicólogos, los pastores religiosos y los educadores.

Y en medio de tal confusión, les exigimos a nuestros adolescentes que sean “claros y objetivos.” Bástenos observar la abundante y casi exagerada literatura sexual, tan densa, tan complicada, tan contradictoria que terminamos como al principio: haciendo como podemos, esquizofrenizados, tironeados por tantas teorías y verdades, no sobre una ciencia esotérica o de biología molecular, sino sobre esto tan cotidiano y universal como es la sexualidad.

Y entonces surge un pedido casi dramático del cual me hago eco: “Por favor, déjennos vivir. Permítannos el mínimo derecho de vivir y de disfrutar de la única cosa que no se puede comprar ni vender: el amor. Queremos crear nuestra propia manera de vivir sana y armoniosamente nuestra sexualidad, tenemos el supremo derecho a una “sexualidad creativa, a vivirla y a gozarla, que ya es bastante…”
Estamos aprendiendo.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *