Etica y Salud Sexual. Un paradigma integrador a- Etica, normas y relac hnas . Benetti

ÉTICA Y SALUD DE LA SEXUALIDAD.

UN PARADIGMA INTEGRADOR

Lic. Santos Benetti

Sobre la base del Capítulo IV de mi libro Sexualidad creativa, para vivir y gozar que ya es bastante.

1. Un problema complejo: sexo y normas

Comencemos con algunos casos que nos permitirán adentramos en un tema realmente complejo, difícil y espinoso en su tratamiento, dadas todas las implicaciones que tiene, tanto en la vida social como en el fuero de la conciencia.

Primer caso: Se trata de una pareja de novios que, por motivos económicos aún no pueden casarse, si bien ésta es su firme decisión. Mantienen relaciones sexuales aunque lo viven culpablemente por motivos religiosos. Sin embar­go, sienten que esas relaciones íntimas refuerzan sus sen­timientos de amor y su decisión de unirse para siempre.

Segundo caso: Se trata de una pareja de casados desde hace años. La mujer siente un fuerte rechazo por la relación sexual y solamente accede ante la demanda del marido porque está casada y ésta es su obligación; pero en cada relación sexual se siente fuertemente frustrada.

Tercer caso: Dos adolescentes que se plantean “hacer el amor” como lo hacen ya sus compañeros, aunque lo viven con gran miedo, sin saber bien de qué se trata y a qué se comprometen.
En el primer caso, la pareja de novios vive la relación sexual como una prohibición moral, aunque lo ven como algo sano en su relación. Lo hacen realmente por amor y gozan de esa relación. Podemos decir que viven su relación sexual como prohibida, con culpa, pero al mismo tiempo como sana y conveniente.

En el segundo caso, la mujer vive la relación sexual con su marido como algo permitido en cuanto que están casados; pero se da cuenta de que es absurdo mantener esa relación sin deseo, sin amor y sin gozo. La relación es, por tanto, buena moralmente, pero no es sana sino enfermiza psicológicamente.

En el tercer caso, esos adolescentes no se plantean el sentido y la moralidad del acto, lo hacen más por curiosidad y excitación, pero sin preguntarse por la conveniencia, consecuencias y responsabilidad de lo que hacen.

Llegamos así a una cuestión de fondo: uno es el plan­teamiento ético o moral de un acto cualquiera, en este caso sexual (tradicionalmente ligado a la religión).

Y otro es el planteamiento psicológico y pedagógico que se refiere a la madurez del acto, a su conveniencia y aporte a la salud integral del sujeto.

Al mismo tiempo, vemos que no se puede tratar la ética sexual de la misma manera a cualquier relación sexual, sea entre novios comprometidos, entre adolescentes o con una prostituta.

A menudo, y siempre en el planteo tradicional, todo fue encarado desde la estricta norma moral o religiosa.

La pregunta era o es: ¿Está permitido o está prohibido? Mas no caemos en la cuenta de que una cosa puede estar legalmente permitida y no por eso ser sana y conve­niente para la persona.

Y viceversa: algo puede estar prohibido como norma y, sin embargo, ser vivido en un caso particular como algo sano, positivo y conveniente.

Las normas, por tanto, deben ser racionales y justificadas, no bastando el simple argumento de autoridad.

Para salirnos del tema sexual tomemos el ejemplo del tabaco:puede no estar prohibido fumar, aunque ciertamente no es conveniente ni sano.

Y veamos este otro ejemplo: en un país, como sucedió tantas veces en el nuestro, puede estar prohibido expresar libremente las opiniones, pero qué sano sería hacerlo…
Es muy frecuente que padres y educadores recibamos esta pregunta de los adolescentes:
«Y a usted qué le parece? Estoy saliendo con una chica, ¿podemos tener relaciones sexuales?
¿Qué me aconseja usted? ¿Puedo hacerlo? ¿Y a qué edad?».No sé si hoy son muchos o son pocos, pero en el fondo del corazón muchos sienten la necesidad de «pedir permiso» para saber lo que tienen que hacer, como si el permiso del otro fuera la garantía de que eso que hacen está bien y les hace bien.

Constatamos, entonces, que muy frecuentemente exis­te una contradicción entre lo que es bueno, en el sentido de lo permitido por las normas, y lo que es sano o convenien­te, en el sentido de lo que hace realmente bien a la salud física o psíquica de una persona y a su madurez.

Alguien dirá que lo ideal sería que lo permitido sea siempre sano, y lo prohibido siempre enfermo.
En muchos casos así sucede; pero, lamentablemente en el terreno de las relaciones sexuales, esto no es así.

Un acto humano, por tanto, desde la maduración psicológica, puede ser sano, maduro, conveniente y positivo.O, por el contrario, enfermo, inmaduro, regresivo, inconveniente o negativo.En cambio desde lo moral, especialmente religiosa o costumbrista, puede estar permitido o prohibido; puede ser vivido como virtud o como pecado. Sea como fuere, lo cierto es que todos entendemos que en la sexualidad, como en las otras instancias humanas, hay ciertas normas mínimas que hacen al respeto del otro y de uno mismo, y que pueden favorecer una relación como algo positivo.

2. De dónde vienen las normas

Pero el problema no está sólo en descubrir ciertas normas e incluso en exigírselas al otro, sino en determinar de dónde surgen las normas, si las tenemos que esperar de afuera de nosotros mismos, de cierta autoridad o institu­ción, y qué validez y obligatoriedad puedan tener.
Cuando decimos que una relación sexual cualquiera, íntima o no, puede ser madura o inmadura, sana o enfer­miza, afirmamos algo casi del sentido común.

Pero volvemos a preguntamos: quién determina que algo es sano o enfermo; y desde dónde o desde qué elementos o criterios haremos esa definición.

Adelantemos otras preguntas:
¿Hay normas universa­les y estables? ¿Pueden ser relativas a determinada situa­ción o cultura?
Las respuestas a estas cuestiones se van a dividir en dos grupos casi contrapuestos:

a) Para unos, las normas emergen de cierta autoridad que tiene el poder de interpretar la naturaleza humana y las condiciones de los actos humanos, dictaminando qué es lo bueno y qué es lo malo.
Es la postura tradicional heteronomista (la ley está afuera del sujeto) común en todas las religiones y culturas pre-modernas. El sujeto siempre está en una posición infantil o de inmadurez, esperando que los «responsables» y autoriza­dos emitan su veredicto, generalmente controlado con cas­tigos y amenazas.

b) Para otros, las normas surgen de los propios sujetos que, utilizando su propia madurez y criterio, desde un diálogo y una búsqueda sincera con otros, teniendo en cuenta criterios científicos y culturales, encuentran aquellas normas que hacen a su convivencia, respeto mutuo y bien común.

Es la postura «autonomista» (la ley desde uno mismo), característica de las personas y comunidades maduras, democráticas, libres y responsables.Es curioso constatar que mientras que en otras actividades humanas (como el trabajo, el ejercicio de la profesión, las relaciones humanas en general) se acepta de buen grado este ejercicio autonómico de los seres humanos para autorregularse y controlarse mutuamente, en el terreno sexual las instituciones tutoras de la moralidad pública ejercieron un control absoluto y casi sin concesiones. Sería interesante averiguar por qué.

Mientras que hemos avanzado muchísimo en cuanto al ejercicio de la democracia, de los derechos humanos y ciudadanos, de la libre expresión y de la responsabilidad social, pareciera que en el orden de la sexualidad seguimos siendo tan niños y tan inmaduros como cuando llegábamos al uso de la razón.

Con respecto al último fundamento de las normas, también las posiciones se mueven por carriles muy diver­sos.
a) Para unos, las normas fundamentales, o vienen directa­mente de Dios por medio de cierta revelación (leyes divinas), o surgen como ley de la misma naturaleza humana. En estos casos se habla de leyes naturales. Se dice que «es propio del ser humano» actuar de tal o cual forma.

Pero esta postura nos lleva a un callejón sin salida, ya que se trata de un concepto ocioso, pues como ya vivimos en una determinada cultura, ¿cómo saber qué es «eso natural» del ser humano? ¿Y a qué naturaleza nos referimos, a la instintiva, a la racional, a la emocional?¿Y quién nos puede garantizar que tal o cual norma viene directamente de la voluntad de Dios y no de una simple interpretación cultural que la percibe como norma divina?

b) Esto da pie a la otra posición: en realidad las normas emergen siempre de una necesidad de la misma sociedad y cultura que en su constante evolución entiende que los comportamientos humanos deben regularse para el bien común de una forma o de otra. Incluso podemos pensar que ya desde el inconciente humano, o desde la estructura del cerebro, como afirma la moderna neuropsicología, surge una necesidad innata de formas o normas de convivencia y conveniencia, y de un criterio de lo que es apropiado para tal o cual situación,siempre al servicio de la vida.

Pero siempre será la sociedad la que da forma concreta a esa necesidad. Aún suponiendo que la naturaleza humana exige cierta forma de comportarse, nos preguntamos: cómo podemos hablar de naturaleza humana después de cientos de miles de años de humanidad, y cómo podemos hablar de leyes naturales cuando todas nuestras normas son vividas como buenas o malas según una cultura u otra, con poquísimas excepcio­nes, como podría ser el incesto, el asesinato y el robo.

Pero resulta que en ciertas culturas el incesto entre miembros de la familia real era no sólo permitido sino exigido en ciertas circunstancias (como en la monarquía egipcia); en otras se habla de incesto en relaciones de segundo grado, de tercero, etc.; o que el homicidio se lo considera válido en casos de guerra o agresión del otro y así sucesivamente… En todo caso, cada cultura siente que sus normas son vividas como las correspondientes a la naturaleza huma­na.

El esquema funciona muy bien hasta que se encuentra con otra cultura o paradigma que aplica normas diferentes y con la misma buena intención.
En el caso de la sexualidad, en Occidente y en el judeo­cristianismo podemos suponer que es de ley natural la monogamia. Pero resulta que con el mismo criterio la Biblia acepta la poligamia y lo mismo lo hacen los musul­manes y otras religiones y culturas.

Alguien podrá decir que en los comienzos de la huma­nidad no fue así, como si los primitivos seres humanos tuvieran una clara conciencia de lo que es la naturaleza humana … cuando justamente fue eso lo que el ser humano ha ido aprendiendo a lo largo de milenios y todavía no se ha puesto de acuerdo en infinidad de puntos.

Por otra parte nos preguntamos: ¿A qué naturaleza humana nos referimos?
Si es a la naturaleza en sus manifestaciones espontá­neas o instintivas, mal podemos sacar de allí criterios de ética; si es la naturaleza humana educada y concientizada por ciertos principios que consideramos racionales o superiores, entonces preci­samente a eso lo llamamos «cultura».

Lo cierto es que cada cultura entiende que «sus normas» son las mejores, las más acordes con la naturaleza humana y, en más de un caso, las que fueron reveladas por Dios en persona.

Pero, ¿a qué Dios vamos a hacer caso cuando existen tantas contradicciones entre una propuesta y otra de cada religión y aún dentro de una misma religión? ¿Acaso la legislación bíblica no condena con la muerte a lo adúlteros, a los incestuosos o a los que tienen relaciones homosexuales? (Levítico 20, 10 y sigs.)
También permite y regula el divorcio (Deut. 24,1-4)
¿Acaso no estaban casados los apóstoles, los obispos y presbíteros en los primeros siglos de la Iglesia? ¿Tenemos hoy los mismos criterios?

La historia de la sexualidad humana y del matrimonio nos muestran hasta la saciedad que todo pudo estar prohi­bido o permitido con ciertos matices, salvo el caso del incesto en primer grado (por motivos aún no aclarados por la ciencia) y del adulterio (por atentar contra los derechos del prójimo).

Y como vemos hoy en día, muchas de las normas sexuales de la Biblia son impracticables inclu­so por los más fervorosos cristianos y judíos.

Esto nos indica que la humanidad revisa constante­mente sus formas de relación, que corrige esquemas y que día a día aprende a relacionarse desde nuevas circunstan­cias y desde nuevos puntos de vista y valores. Así cada grupo social elabora sus propios códigos y criterios de ética, de moralidad y de salud y, aunque los pueda creer como los mejores y hasta inamovibles, la historia se encar­ga de desmentirlos años o siglos después.

A muchas personas les puede resultar más cómodo esperar que alguien les dé las normas y asunto concluido. Pero en tal caso ¿estamos hablando de una persona libre y madura?

También a ciertas instituciones les resulta más expeditivo dictaminar desde sus esquemas normas (generalmente negativas) y prohibiciones a izquierda y derecha con el convencimiento de que ellas son las únicas depositarias de la verdad.
Pero entrando la humanidad en el siglo veintiuno de la era cristiana, se hace muy difícil aceptar un criterio que no condice con la madurez y con los derechos humanos que varones y mujeres hemos adquirido aun a costa de sangre.

¿Entonces no nos queda más remedio que buscar por nosotros mismos e ir encontrando el camino de una sexua­lidad sana y madura? No se trata de que «no nos queda más remedio» sino que esto es lo hermoso y sano de la existencia humana: asumir nues­tra responsabilidad y sentirnos creadores de nuestra vida, de nuestra sexualidad, de un mundo más armónico y habitable.

Si en este punto renunciamos a este derecho y a esta obligación, ¿por qué no renunciamos también en otras áreas, como en la vida política, por ejemplo?

3. Sentido de la ética y de sus normas: ¿restricción o vida?

Cuando se habla de normas, mucha gente protesta porque se siente cercenada en sus derechos o porque entiende que las normas van en contra del principio de la libertad. ¿Para qué las normas?, se pregunta. En nuestra cultura occidental y cristiana, acostumbra­dos a la heteronomía, a restricciones de todo tipo en el ejercicio de nuestra creatividad, y a una normativa asentada en el autoritarismo y sin explicaciones racionales convincentes, la pregunta tiene su sen­tido y su razón de ser.

Hemos sido educados durante siglos desde las normas y prohibiciones de los otros, sin conocer ni siquiera su sentido. Se suponía que si algo estaba permitido, entonces era bueno, y si algo estaba prohibido, entonces era malo.
En realidad debe ser al revés: porque algo es malo y dañino, se lo prohíbe: y porque algo es bueno y sano, se lo estimula y permite.
Estamos acostumbrados a una ética de la censura y del castigo, al mejor estilo policial.Intentemos, pues, mirar las cosas desde otro punto de vista.

Pensemos, por ejemplo, que:

la ética es la forma sana y madura de vivir, y por tanto, está al servicio de la vida; que no es un conjunto de normas agregadas a la vida, sino una manera o estilo de vivir que consideramos sano, correcto y maduro.

Las normas emergen solas de ese estilo que consideramos el sano y correcto.

Imaginemos que estamos viajando en nuestro automó­vil a gran velocidad por una ruta que de pronto deja de tener señales e indicaciones. ¿Qué nos sucede? Inmediatamente, amén de protestar contra el gobierno, bajamos la velocidad e intentamos conducir con la mayor precaución posible para evitar un accidente. En este caso, observamos que las normas de tránsito y sus señalizaciones están al servicio de un viaje cómodo, rápido y seguro; o sea, al servicio de la vida de los ocasio­nales transeúntes.

Y éste debiera ser el sentido de la ética y de todas sus normas:

ayudarnos a vivir con plenitud todas las dimensiones de nuestra vida.

Por lo tanto, ayudarnos a vivir esta dimensión esencial del ser humano, la sexualidad, en forma integral, sana, armoniosa, placentera y creativa.Porque ésta es la cuestión que, al menos en Occidente, las religiones tradicionales no logran comprender, que la sexualidad está para ser vivida y vivida con gozo y pleni­tud.

Si hasta lo afirma la misma Biblia en el Génesis cuando dice que Dios creó al hombre varón y mujer, y vio que era bueno. (Gen 1,31)

Lo que varones y mujeres necesitamos es encontrar una forma o ciertas formas de relacionarnos con ecuanimidad, con afecto, con ternura, con placer, con felicidad. Las normas nos tienen que ayudar a convivir, no sólo civilizadamente, sino de la forma más plena, total y gozosa.

Lo que tenemos que hacer como padres o educadores, sobre todo con los adolescentes, es ayudarles a encontrar­se a sí mismos, a relacionarse con respeto y amor, a vivir su sexualidad no como algo traumático o con consecuen­cias irreparables, sino de manera armónica, progresiva, disfrutando paso a paso una experiencia que es, de por sí, simplemente maravillosa.

Entonces, normas para vivir y para ayudar a vivir más y mejor.

Cada grupo, comunidad o pareja, encontrará aquellas normas que, según su educación, edad, reflexión, cultura, religión, etc., considere las más convenientes y sanas, respetando en otros el mismo derecho.

Hablamos de «normas», no de leyes taxativas y absolu­tas.

La norma busca la convenien­cia, la salud, dentro de un determinado contexto. Es la norma como indicación, como sugerencia, como reflexión, como una hipótesis de relación sana para el sujeto y para toda la comunidad. Norma o estilo de vida que se va mejorando con el tiempo y recreando por las nuevas generaciones.
Por supuesto, como lo veremos en puntos siguientes, también la sexualidad, como cualquier otra instancia hu­mana, tiene sus riesgos, límites y posibles enfermedades o patologías. No nos podemos acercar a un hombre o a una mujer de cualquier forma o con cualquier intención.

Tampoco basta decir que, dado que algo lo sentimos como espontá­neo, es bueno de por sí, porque nuestra «espontaneidad», teñida de instintividad, puede lesionar derechos de otras personas e incluso pro­vocarnos perjuicios a nosotros mismos. Sucede con la espontaneidad sexual y la agresiva. No siempre lo espontáneo es lo más racional y prudente.

La sexualidad no es un capítulo aparte de la vida humana, sino una dimensión esencial de esta vida; y por ser tal, necesita cuidados, aprendizaje, corregir errores y asumir responsabilidades.

Por lo tanto, la ética de la sexualidad es la forma armoniosa de vivirla, una forma saludable en todo el sentido de la palabra (salud integral) y una forma que conduzca a la felicidad de uno mismo y de los otros.

Una ética que contemple todos los aspectos esenciales de la sexualidad:

el unitivo (amistad, amor, comunicación transparente, diálogo),

el creativo (procreación, vida en común, proyectos profesionales, culturales y artísticos, etc.),

el expresivo a través del lenguaje del cuerpo y de todas sus manifestaciones,

el erótico que lleva a las sensaciones del placer,

el social, que tiene que ver con el género, con los roles masculino y femenino, con la identidad biológico-psicológico-social de cada uno.

Una ética o sentido de la sexualidad que atraviesa toda la vida humana, desde el útero hasta la tumba, en diversas etapas de evolución, crecimiento y madurez.

«Ética», decimos, que no son normas que se agregan a la sexualidad, sino que son la forma armoniosa de vivir la sexualidad.

Esto sí que es un gran cambio de paradigmas.

4. La sexualidad: una variable dentro de las relacio­nes humanas. Sus valores y principios.

En varios momentos hemos aludido a que en nuestra sociedad solemos vivir la sexualidad como un «capítulo aparte». Entonces damos por sentado que también las normas que afectan a la sexualidad son un capítulo aparte y separado de las otras esferas de las relaciones humanas.

En nuestro sistema educativo la problemática sexual y afectiva fue abordada con todas aquellas precauciones que generan esta sensación de algo distinto, peligroso y separado del resto de las formas de convivencia humana.

Nuestra hipótesis, en cambio, es la siguiente:

La sexualidad es un caso más de las relaciones humanas con el otro y con la sociedad.
Por tanto, la conducta sexual y la ética sexual emergen de la conducta y de la ética de las relaciones humanas.

¿Qué queremos decir con esto? Que los mismos principios que rigen el comportamien­to social de los seres humanos en otros niveles, son los que rigen su comportamiento sexual.

Tan cierto es esto que hasta la misma Biblia en el Decálogo enumera las restricciones sexuales (no cometer adulterio y no codiciar la mujer ajena) dentro de un conjun­to de restricciones y normas de relación con el prójimo: no hurtar, no cometer homicidio, no mentir ni emitir falso testimonio, no codiciar los bienes del prójimo.
El Decálogo dedica a la sexualidad una sola restricción o pecado: «No cometerás adulte­rio» (Exodo 20, 14). El deseo de la mujer del prójimo es presentado corno un caso de codicia, tal como lo dice el texto mismo: «No codiciarás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca» (Éxodo 20, 17).

Todas las normas se fundan en un principio general de respeto a los derechos del otro.

¿Qué agrega lo sexual al resto de las relaciones huma­nas?

Lo que ya sabemos: se trata de relaciones entre personas de distinto o igual sexo donde entra a funcionar un plano de mayor intimidad, donde el cuerpo y la relación física son un elemento de primer orden, todo ello dentro de un contexto de acercamiento erótico y amoroso y de cierta responsabilidad social específica.

Pero siempre se trata de relaciones entre personas… con las posibles variables (todas o alguna) de corporalidad, genitalidad, erotismo y amor. Por tanto, los mismos principios que rigen nuestro comportamiento con las personas en muy variadas cir­cunstancias, son los principios que rigen nuestro compor­tamiento con las personas en el contexto sexual. Ni más ni menos.

Siempre actuamos como mujeres o como varones. Se trata, por tanto, de encontrar aquellas normas (formas de vivir) que resulten las mejores, más sanas, más positivas y más agradables cuando nos acercamos al otro sexo, cuando nos relacionamos intersexualmente con «otro» ser humano, igual a nosotros en derechos, necesidades y obligaciones.La relación sexual, como toda relación humana, siem­pre es algo de a dos… y siempre supondrá tener en cuenta al otro.

¿Y cuáles son esos principios o valores que rigen tanto la vida general de relaciones humanas como las específicamente sexuales?

Aunque los supongo harto conocidos, no está de más enumerar algunos de ellos, para descubrir en qué medida también se refieren a las relaciones entre los sexos.

– Así en general hablamos de honestidad y sinceridad en el trato con el otro; de una intencionalidad sin dobleces ni mentiras o engaños; de respeto a sus derechos, a su intimidad, a su forma de ser o a su mundo de valores; de actuar con libertad y respetar la libertad del otro; de sentimos iguales a los demás sin dominarlos ni sojuzgarlos o desvalorizarlos. De sentirnos responsables de nuestros actos y de sus consecuencias.

– En las relacio­nes sexuales los gestos y las palabras tienen que reflejar lo que expresan y dicen… y el lenguaje está siempre tan cerca de la veracidad como de la mentira, del engaño, de la trampa, de la seducción con intencionalidades no confesa­das. Por la sexualidad nos comunicamos y unimos.
Y en muchos casos, el miedo a relacionarse, enamorarse o emparejarse proviene de aquí: ¿No me engañará, será cierto lo que me dice, podré confiar en él o ella?
Las relaciones intersexuales ponen a prueba la credibi­lidad y la confianza: un fracaso en este punto puede generar por arrastre años de desconfianza.

– Al mismo tiempo, procurar el bien del otro, su placer, su felicidad y el bien común de todos.
Actuar con solidaridad, con generosi­dad y altruismo, no transformando al otro en un objeto sino un “tú” con quien nos complementamos.
Ciertamente que el Amor en todas sus formas es el valor máximo de la sexualidad: afecto, ternura, donación, entrega. Sin afecto no hay salud.
– Otro valor destacable es la igualdad en el trato y la lucha contra toda forma de sometimiento, abuso,violencia, discriminación y manipulación. En este tema insisten las Declaraciones de Derechos Humanos, y es inmensa la tarea a realizar.

– En el caso de las relaciones íntimas, surgen elementos como que el acto sea libremente aceptado por ambos, que se origine en el amor y en el respeto, que se asuman las posibles y ulteriores responsabilidades (compromiso); que se respeten los tiempos, el pudor, la forma de pensar y aun los tabúes-prejuicios de cada uno.
Libertad y respeto: dos constantes de toda relación humana. Sentirse libre en la relación y sentirse respetado en esa libertad.

– La fidelidad al otro, a la palabra y al compromiso asumido es otro elemento fundamental.
No se necesitan leyes para ser fieles: es asumirse a uno mismo en la palabra dada. La fidelidad es la base para la confianza. La relación de amor sexual implica por sí misma la fidelidad.

– Corno también el sentido de intimidad, de respeto al pudor y a la privacidad del otro, todo en un ambiente de afecto y de ternura, de comprensión mutua. Si hay un campo en el cual podemos poner en práctica todos nuestros esquemas de relaciones es en el campo sexual, desde las variables de amistad, enamoramiento, amor, empa­rejarse, hacer el amor…

En encuestas que personalmente realicé entre estu­diantes secundarios, en lo que más se insiste es en el respeto al otro.
Quizá sea la palabra «respeto» la que refleje un conjunto de actitudes que esperamos del otro hacia nosotros: respe­to a nuestra dignidad de sujetos y no de objetos, a las decisiones, al cuándo, al cómo, a nuestro modo de pensar, a nuestras características de personalidad, al pu­dor, a los miedos, a nuestros tiempos de maduración…
En las nuevas generaciones las relaciones se han vuelto más directas desde un lenguaje espontáneo, y por momentos crudo; hay una verdadera búsqueda de comunicación sincera, de decirse las cosas, de no ocultarse nada, de ser simultánea­mente amigos y amantes.

De allí nuestra hipótesis o propuesta: las relaciones sexuales, en sentido amplio (cualquier relación con el otro sexo) y en sentido estricto (intimidad sexual) no son un capítulo aparte de normas y restricciones, sino una de las variables, seguramente la más rica, de las relaciones humanas, cuyas bases serán siempre el respeto, la igual­dad, la libertad, el gozo en común.

– Como es por todos conocido, hay un elemento que en las nuevas generaciones suele generar cierta resistencia: y es el carácter social de la sexualidad. Porque en la sexualidad no solamente ponemos en juego nues­tro nivel de relación con el otro (lo cual ya es un rasgo social), sino también un compromiso o vinculación tanto con el otro como con la sociedad toda.

Hay una tendencia a ver la sexualidad como algo de a dos exclusivamente, o como un derecho puramente individualista hacia el propio cuerpo (así en ciertas feministas radicalizadas).
Pero los seres humanos siempre estamos enclavados en una sociedad, de la que recibimos mucho, la vida entre otras cosas, y a la que tarde o temprano también debemos darle mucho.
No somos “islas”, estamos en permanente relación.

Así las relaciones sexuales sanas y armónicas no sólo nos otorgan felicidad sino que van cons­truyendo una sociedad mejor, más armónica y positiva; las parejas estables y las familias se van transformando en células, no sólo de nuevos seres humanos, sino también de valores, de creatividad, de proyectos, de propuestas abier­tas a la comunidad, al barrio, al país.

La salud sexual y la ética sexual aluden también a este sentido social de la sexualidad que, si no puede ser exclusivizado en la paternidad y en la maternidad responsables, la incluyen como creatividad y educación de los hijos; como sentido y compromiso social expresado siempre en verdaderas concreciones de proyectos e ideales, de felici­dad compartida, de solidaridad mutua, de apertura hacia los otros.

«La creatividad del placer sexual es la inmensa necesidad de devolver a los demás algo de la plenitud recibida; es fruto de la eclosión, de la superación de uno mismo y de la entrega.
La plenitud alcanzada a través del placer sexual se expande todavía más en una eclosión ante todo y ante todos» (Caterina Jacobelli, doctora en Teología Moral, en Risus Paschalis)

– Y por cierto, que todos estos aspectos no están desde un comienzo ni menos en su plenitud, sino que se van logrando en un largo proceso y aprendizaje que dura toda la vida.

Toda ética, y la sexual en particular, no exige normas y madurez a niños, adolescentes y adultos de la misma forma sino que tiene en cuenta la comprensión y el desarrollo de cada etapa; es una ética comprensiva, amorosa, que acompaña un crecimiento, que sugiere, que aconseja, que co-rrige, que no condena ni crea traumas, miedos y culpas. Algo tan del sentido común que hasta me cuesta mencionarlo.

Padres y educadores somos los amigos y acompañantes de nuestros hijos y educandos, no los censores y represores. No siempre la maduración biológica o mental va acompañada con la maduración psicológica, emocional y ética, como les pasa a los adolescentes que llegan prematuramente a la madurez física genital sin alcanzar los otros niveles madurativos (algo que también les pasa a muchos adultos).

Por tanto, una ética humanizada, comprensiva, positiva, abierta, adaptada a cada edad y siempre proyectada hacia esa madurez que está adelante.

– Consecuencia importante de todo lo dicho: no podemos juzgar de la misma forma relaciones sexuales entre novios comprometidos que una relación ocasional o la que se realiza con una prostituta; o un juego sexual entre niños que un abuso sexual.
Algo del sentido común que no siempre se tuvo en cuenta en la moral tradicional.

Continúa en b) Próximo

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