Historia y paradigmas de la sexualidad: b. Edad Media, Moderna Y Contemporánea. Le Goff y Benetti

PARADIGMAS E HISTORIA DE LA SEXUALIDAD. EDAD MEDIA Y MODERNA. LA REVOLUCIÓN SEXUAL

1.EDAD MEDIA: Renuncia a la carne y represión de la sexualidad. La mujer-subordinada

La derrota doctrinal del cuerpo parece, pues, total y de este modo, la subordinación de la mujer poseerá una raíz espiritual, pero también corporal.

Recordemos que el Libro de la Sabiduría (50 años antes de Cristo) afirma que “por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo” (2,24) dándose así origen a la identificación de la serpiente con el diablo.
Por su parte el Eclesiastés (7, 26-29) y el Eclesiástico (25,13-24; 26,5-12), hacia el 200 a C, dan una visión muy negativa de la mujer, bajo dominio demoníaco, como seducción y trampa del varón, teniendo como trasfondo el relato del Génesis: “De una mujer vino el primer pecado y por ella todos tenemos que morir” (Eclo 25,24) He allí la culpable.

«La mujer es débil», observa santa Hildegarda de Bingen (abadesa, mística y escritora) en el si­glo XII, «ella ve en el hombre a quien puede darle fuerza, como la luna re­cibe su fuerza del sol. Por ello está sometida al hombre, y debe estar siempre lista para servirle”.

Segunda y secundaria, la mujer no es ni el equilibrio ni la completud del hombre. En un mundo de orden y de hombres necesariamente jerarquizado, «el hombre está arriba, la mu­jer abajo», escribe el historiador Klapisch-Zuber.

La interpretación de los textos bíblicos de Pablo y de los Padres de la Iglesia se retorna incansablemente y se repite en la Edad Media. Así, la primera versión de la Creación presente en la Biblia se olvida en provecho de la segunda, más desfavorable para la mujer.

Al texto: «Dijo entonces Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza”», es decir, «macho y hembra» (Génesis, 1,26-27), los Padres y clérigos prefieren el modelado divino de Eva a partir de la costilla de Adán (Génesis, 2,21-24). De la creación de los cuerpos nace, pues, la desigualdad original de la mujer.

Una parte de la teolo­gía medieval se ajusta al paso de Agustín, para quien la sumisión de la mujer precede a la Caída. Lo humano, pues, está escindido en dos: la parte superior (la razón y el espíritu) está en el lado masculino, la par­te inferior (el cuerpo, la carne), en el lado femenino.

Ocho siglos más tarde, Sto.Tomás de Aquino (1224-1274), se apartará en cierto modo del camino trazado por Agustín, sin por ello reintegrar a la mujer en el camino de la libertad y de la igualdad. Pe­netrado por el pensamiento de Aristóteles (384-322 a C}, para quien «el alma es la forma del cuerpo», Tomás de Aquino rehúsa y refuta el argumento de los dos niveles de creación de Agustín. Alma y cuerpo, varón y mujer fueron creados al mismo tiempo. De este modo, mas­culino y femenino son en ambos casos la sede del alma divina.

No obs­tante, el varón demuestra una mayor agudeza en la razón. Y su si­miente es la única que, a raíz de la copulación, perenniza el género humano y recibe la bendición divina. La imperfección del cuerpo de la mujer, presente en la obra de Aristóteles y en la de su lector medieval Tomás de Aquino, explica las raíces ideológicas de la inferioridad fe­menina, que de ser original pasa a ser natural y corporal.

Pese a todo, Tomás de Aquino mantiene una igualdad teórica entre el hombre y la mujer, señalando que si Dios hubiera querido que la mujer fuera un ser superior al hombre, la habría creado de su cabeza, y si hubiera decidi­do convertirla en un ser inferior, la habría creado de sus pies. Ahora bien, la creó del medio de su cuerpo para marcar su igualdad.

La influencia de Aristóteles sobre los teólogos de la Edad Media modifica en forma ambigua la condición femenina. Así, la mujer se considerará a partir de entonces como «un macho fallido»: femina est mas occasionatus (idea no ajena al mismo Freud que habla de su envidia al pene)

Y se la ve sólo en función de la maternidad (tota mulier in utero)

Esta debilidad y restricción física tien­e «efectos directos sobre su entendimiento y su voluntad, explica la incontinencia que marca su comportamiento; influye en su alma y su incapacidad de elevarse a la comprensión de lo divino», dice el historiador Klapisch-Zuber. El hombre será, en consecuencia, el guía de esta pecadora.

Y las mujeres quedan como las grandes mudas de la historia y de la Iglesia (“que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas; a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en la asamblea” enseña Pablo en 1 Cor 14,34-36.

Ellas oscilarán entre «Eva y María, pecadora y redentora, arpía conyugal y dama cortés».

En forma positiva, también es preciso señalar que el estatuto de “sacramento” que se dará al matrimonio y su reglamentación desde el siglo XIII hasta el Concilio de Trento en el siglo XVI con la necesidad del consentimiento mutuo de los esposos, todo ello marca un avance en la condición de la mujer y en la valoración del sexo. Parece que la primera vez que se llamó sacramento al matrimonio en un documento magisterial fue en un concilio local de Verona (1184).

Pero fue el Concilio IV de Letrán (1215), el que lo estableció como sacramento con las tres características: monogámico, indisoluble y sagrado, y así se sistematizó en la liturgia con la bendición de los cónyuges ante testigos.

En la Edad Media se disputó sobre qué era lo esencial en el matrimonio, si el consentimiento (teoría del derecho romano) o el coito (los germanos).
Fue bajo Alejandro III (1159-1181) cuando se decidió que era el consentimiento mutuo el que daba origen al verdadero matrimonio cristiano, derivándose la indisolubilidad de la posterior consumación en la relación sexual (ratum el consummatum). Recordar que en los siglos anteriores la Iglesia respetaba la forma local de casarse.

Al mismo tiempo,se puede afirmar que el gran auge del culto mariano tiene repercusiones sobre cierta promoción de la mujer, pues la exaltación de una figura femenina en el mismo culto refuerza una cierta dignidad de la mujer, en particular por la maternidad y la virginidad.

En síntesis, la mujer pagará en su carne el juego de manos de los teólogos célibes que han transformado el pecado original en pecado sexual. Pálido reflejo de los hombres, hasta el punto que Tomás de Aquino, que a veces si­gue el pensamiento común, dirá que «la imagen de Dios se encuentra en el varón de una manera que no se verifica en la mujer», ésta que­da incluso sustraída a su naturaleza biológica, ya que la incultura cien­tífica de la antigüedad ignora la existencia de la ovulación (descubierta recién en 1827), con lo que se atri­buye la fecundación únicamente al sexo masculino.

«Esta Edad Media es macho, decididamente», escribe el historiador de la Edad Media Georges Duby. «Ya que todas las palabras que me llegan y me informan proceden de hombres, conven­cidos de la superioridad de su sexo. Sólo los oigo a ellos. No obstante, los escucho aquí hablando ante todo de su deseo, y en consecuencia de las mujeres. Tienen miedo de ellas, y para su propia seguridad, las des­precian.»
Buena esposa y buena madre; los honores que el hombre concede a la mujer se parecen a veces a desgracias, si uno se ciñe al vo­cabulario corriente entre los obreros y los artesanos del siglo xv, que dicen «cabalgar», «justar», «laborar» o «golpear» a las mujeres.

«El hombre va a la mujer como quien va al retrete: para satisfacer una ne­cesidad», resume Jacques Rossiaud, especialista en temas de la mujer y la prostitución en la E. Media.

En el siglo XII, únicamente el teólogo Pedro Abe­lardo (1079-1142), pensando tal vez en su Eloísa, llegará a decir que la dominación masculina «cesa en el acto conyugal, en el que el hombre y la mujer ostentan un poder igual sobre el cuerpo del otro».

No obs­tante, para la mayor parte de los clérigos y de los laicos, el hombre es un poseedor. «El marido es dueño del cuerpo de su mujer, tiene su usufructo», resume Georges Duby.

El Catecismo Romano del Concilio de Trento (siglo XVI) dirá,siglos después que “esta santa cópula se llama Unión Conyugal porque la mujer legítima se enlaza con su marido como con su yugo. Y también se llama Nupcias porque, como dice san Ambrosio, las doncellas por causa del pudor se cubrían con un velo, con lo que parece significarse que deben obedecer y estar sujetas a sus maridos.”

Por su parte, los confesores intentan refrenar las pulsiones masculinas mediante prohibiciones, pero también controlando la pros­titución en los burdeles y las casas de baños.
Las prostitutas, cuya «condición es vergonzosa» y «no lo que ganan», escribe Tomás de Aquino, se encuentran pues en burdeles municipales o privados grandes o pequeños, casas de baños y otros lupanares, pro­cedentes de los alrededores de las ciudades, donde ejercen «el oficio más viejo del mundo», a menudo después de haber sido violadas por bandas de jóvenes que, por su parte, intentan ejercer y aguzar su virili­dad. Relegadas, pero también reguladoras de la sociedad, las prostitu­tas viven en su cuerpo las tensiones de la sociedad medieval.

La sexualidad, cumbre de la depreciación

Es posible afirmar que el cuerpo sexuado de la Edad Media queda mayoritariamente desvalorizado, y las pulsiones y el de­seo carnal son ampliamente reprimidos.
En cuanto al matrimonio cris­tiano, normalizado no sin dificultades desde el siglo XIII, será un intento de remediar la concupiscencia. La copulación sólo se prevé y se tolera con la única finalidad de procrear.

«El adúltero también puede ser el enamorado demasiado ardiente de su mujer», repiten los clérigos de la Iglesia. Se prescribe así el dominio del cuerpo y las prácticas «desvia­das» se prohíben. En la cama, la mujer debe ser pasiva y el hombre activo, pero con moderación, sin dejarse llevar.

Todo intento contraceptivo es una falta mortal y la sodomía (homosexualidad) es una abominación, pues, después de haber sido condenada y luego tolerada, hasta el punto de que, según John Boswell (historiador católico norteamericano especializado en cristianismo y homosexualidad) en el siglo XII se constituyó una cultura «gay» en el propio seno de la Iglesia, se convierte, a partir del siglo XIII, en una perversión asimilada a veces al canibalismo.

Las pala­bras dan forma a las cosas. Y nuevos términos que hacen su aparición en la Antigüedad tardía y luego en la Edad Media, como caro (la «car­ne»), luxuria (lujuria,) fornicatio (fornicación), forjan el vocabula­rio cristiano de la ideología anticorporal. La naturaleza humana desig­nada por el término de caro se sexualiza de este modo y abrirá la puerta-al «pecado contra natura».

El sistema quedará definitivamente ultimado en el siglo XII con la aplicación de la reforma gregoriana, ya que su nombre procede del papa Gregorio VII (1073 -1083). «Reforma» esencial, ya que consiste en una gran actualización realizada por la Iglesia cristia­na para purgar su institución del tráfico de funciones eclesiásticas (si­monía), así como de sacerdotes concubinarios (nicolaísmo) y de matrimonios clandestinos entre los laicos. Sobre todo, la reforma gregoriana separa a los clérigos de los laicos.

Los primeros, en particular a partir del primer Concilio de Letrán (1123), deberán, en el seno de este nuevo modelo que es el monaquismo, abstenerse de verter lo que provoca la corrupción del alma e impide que el espíritu descienda: el esperma y la sangre.

De este modo se instituye un orden, un mundo de célibes, ajenos al sexo y a la guerra. Ellos deberán emplear su cuerpo de forma saludable y salvadora, en el interior de una sociedad aprisionada en el matrimonio y el modelo patrimonial, monogámico e indisoluble.

Entre los comportamientos sexuales lícitos se establece una jerar­quía. En el vértice superior está la virginidad, que en su práctica se denomina castidad. Luego viene la castidad en la viudedad y, finalmente, la castidad en el interior del matrimonio.

Según el Decreto de Gracia­no, un monje de Bolonia (hacia 1140-1130), «la religión cristiana con­dena el adulterio del mismo modo en ambos sexos», pero se trata más de un punto de vista teórico que de una realidad práctica: los tra­tados sobre el coitus hablan casi exclusivamente del hombre.

Al mismo tiempo, se impone a los laicos la «copulación jus­ta», a saber, el matrimonio casto: coito sólo para procrear, represión y abstensión del placer en el coito, el hombre arriba como única posición, prohibición del sexo oral y anal, y de caricias íntimas (innecesarios para procrear).

La influencia ideológica y teórica de la Iglesia se manifestará en la práctica a través de manuales destinados a los confesores, los penitenciales, donde aparecen enumerados los pe­cados de la carne asociándolos con las penas y penitencias que les co­rresponden (generalmente dias, meses o años de abstinencia sexual y ayuno a pan y agua).

El del obispo de Worms, titulado como otros el Decreto, y,redactado a principios del siglo XI, preguntará por ejemplo al marido si se ha «acoplado por detrás, como los perros». Y, si se da el caso, pe­dirá que se le condene a hacer «penitencia diez días con pan y agua». Copular con su esposa durante la regla, antes del parto o bien el día del Señor, por ejemplo, conducirá a penas semejantes (Ya san Cesáreo, 503-542, decía que “los niños concebidos durante las reglas o el domingo y en dias de fiesta, nacen leprosos, epilépticos o poseídos por el demonio”).
Beber el esperma del marido, «para que te quiera más gracias a tus prácticas diabólicas», prosigue este mismo Decreto para el uso de la mujer, es susceptible de acarrear siete años de penitencia. Felación, sodomía, masturba­ción, adulterio, desde luego, pero también fornicación con los monjes y monjas son condenados a menudo con la abstinencia de por vida.

Este control sexual matrimonial, que preconiza asimismo la abstinencia con ocasión de las cuaresmas normales (semanas antes de Navidad, de Pascua y Pen­tecostés) y otros períodos de ayuno y de continencia para los días festivos y tres días antes de comulgar, influirá tanto en las mentalidades medievales como en la demografía, fuertemente afectada por aproximadamente menos de ciento ochenta días de libertad sexual autorizada, a los que hay que descontar los días de la menstruación, del embarazo y 40 del posparto.

En el siglo XII, el teólogo místico Hugo de San Víctor (muerto en 1141) llegará a decir que la sexua­lidad conyugal es de hecho una fornicación: «La concepción de los ni­ños no se hace sin pecado», asevera.

La vida de los casados acaba sien­do de una dificultad inigualada, aunque «la espiritualización mística del amor conyugal», como escribe Michel Sot (especialista contemporáneo en E. Media y Religión), «salvará ese cuerpo que la teo­logía iba a eliminar».
Amor del otro cuerpo y amor de Dios se con­funden, en efecto, en numerosos textos, hasta el punto de leer simbólicamente el Canta de los Cantares, obra bíblica llena de erotismo, como un diálogo entre la humanidad pecadora y la santa divinidad.
Así, según las Sentencias del famoso teólogo y obispo parisino Pedro Lombardo (1100-1160), los esposos podrán al fin unirse «según el consentimiento de las almas y según la mezcla de los cuerpos».

Teoría y práctica

¿Cómo se puede interpretar ajustadamente, en el terreno de la mo­ral sexual medieval, aquel lugar común a propósito del cual Kant apor­tó en 1793 una contribución totalmente racionalista y crítica?: «Esto es bueno en teoría, pero no vale nada en la práctica».
Antes del siglo XII se puede ver todavía -aunque el fenómeno es limitado- a clérigos combatiendo, aunque es más frecuente que tomen a mujeres y concu­binas que yelmos y armas.

En cuanto a los laicos, las riñas y combates abundan, y los placeres de la carne van viento en popa, en tanto que la desnudez de los cuerpos aún era algo normal en la cama matrimonial y en los albergues.

Costumbres sexuales varias, pinturas y esculturas eróticas abundan aún en las iglesias y en las fiestas litúrgicas (Ver el libro “Risus Paschalis, el fundamento teológico del placer sexual” de Maria Caterina Jacobelli, Edit. Planeta)
En tanto la aristocracia sigue siendo lo que era en su período «bárbaro», es decir, polígama.La distinción social determina las prácticas corporales y el cumpli­miento de las prohibiciones.

El terreno de la lucha se extiende ya al nivel de la sexualidad. Así, las aventuras extraconyugales salpican los matrimonios en las familias nobles y grandes. En el lado de los ricos, la poligamia es regla común, y de hecho está admitida. En el lado de los pobres, la monogamia instituida por la Iglesia se respeta más.

En cuan­to a la continencia, como recuerda Jacques Rossiaud, es «una virtud muy rara» y «reservada a una élite clerical, ya que la mayor parte de los clérigos seculares viven en concubinato, cuando no están abiertamen­te casados». El confesor de san Luis, por ejemplo, insiste en el escru­puloso respeto de Luis IX por la continencia conyugal justamente a causa del carácter excepcional de este comportamiento.

En la época del milenio medieval, el sistema de control sexual y corporal evolucionará. El triunfo de éste con la gran reforma gregoria­na en el siglo XII marca igualmente la época de su relativo declive. Las prácticas sexuales, heredadas del mundo y del modo de vida grecola­tino o pagano, perduran. La castidad de los monjes es objeto de burla en numerosas farsas populares, en las que también se mofan de los clérigos concubinarios, y la virginidad voluntaria o impuesta retrocede.

El final de la Edad Media oscila entre represión y libertad sexual acepta­da o reencontrada. El siglo XIV en crisis preferirá repoblar la Tierra an­tes que el Cielo, y naturalizará los valores sexuales.
Así, como escribe Georges Duby, «la guerra ya no se dirime entre lo carnal y lo espiritual, sino entre lo natural y lo que lo contraría».

Ello no es óbice para que la execración de los homosexuales (a menudo con pena de muerte o castración) o de los «afeminados», por ejemplo, se intensifique en el siglo xv, salvo en lugares particulares como Flo­rencia. La tensión, la dinámica de Occidente todavía es perceptible a través de estas oscilaciones.

La nueva ética sexual de la Iglesia se im­pone, sin embargo, en el imaginario y en la realidad del Occidente medie­val, y quedará definitivamente establecida por el Concilio de Trento (1545-1563) y su normativa en el “Catecismo Romano” (Pio VI) que reafirma la doctrina moral tradicional. Y por mucho tiempo.

La Reforma protestante iniciada por Lutero (un monje sacerdote agustino) en 1517 no alivia la situación de los laicos (aunque permite el matrimonio a los pastores) debido a su obsesión por el pecado original en la línea agustiniana..

En lo que respecta a los criterios de moralidad sexual desde los siglos XVII,en adelante, jerarquía, teólogos y moralistas se debaten entre dos posiciones: una más rígida y severa: el puritanismo protestante y la influencia rigorista del Jansenismo católico (originado en los escritos del obispo Cornelio Jansen, muerto en 1638) contra una posición considerada laxista, o sea menos rígida, sobre todo de los teólogos jesuitas, pero todos sin abandonar la obsesión por el pecado sexual de pensamiento, deseo y acción hasta los mínimos detalles, por el tabú del cuerpo (con sus “partes” púdicas e impúdicas) y la exclusividad de las relaciones sexuales para el matrimonio, condenándose toda forma de sexo antes o fuera del matrimonio, con una fuerte insistencia de médicos y moralistas en la malicia de la masturbación (se la consideraba origen de múltiples enfermedades) y de las relaciones prematrimoniales.

El gran teólogo moralista de estos siglos fue San Alfonso de Ligorio (1696-1787), fundador de la Orden de los Redentoristas, quien condensa y estructura toda la moral católica y cuyo pensamiento moral influyó hasta nuestros días.Pero el trabajo de la edad media y de la modernidad de vertebrar el orden social sobre el control del sexo desde todos los puntos de vista (moral, religioso, legal, administrativo, social, punitivo) durante tantos siglos (tanto por parte de la Iglesia como del Estado después), no pudo mantenerse a partir del momento en que la dinámica y la estructura social, por virtud de una serie de factores, relegaron el sexo a una función de relevancia casi nula en el ordenamiento social del siglo XX.

Entonces se produjo la denominada revolución sexual, que cambió casi todos los parámetros que habían estado operando casi desde el paleolítico, incluido el de la prohibición del incesto.

2. LA REVOLUCIÓN SEXUAL de la década 1960.

El nuevo Paradigma Posmoderno

Sobre la base de un artículo de Jacinto Choza, Universidad de Sevilla., 
con arreglos y agregados de Santos Benetti .

Desde mediados del siglo XIX y durante el siglo XX el avance de la ciencia, tanto en el campo de la biología, de la medicina, de la psicología, de la antropología y de la sociología generaron impresionantes cambios en el conocimiento de la sexualidad humana.
A título de ejemplos, podemos señalar ya el descubrimiento de los espermatozoides en 1677 (Leeuvenhoek, Graaf) y del óvulo en 1827 (Von Baer), fundamentales para entender la generación humana y el papel del varón y sobre todo de la mujer en la misma (1875, Hertwing).
A lo que hay que agregar el de las hormonas (desde fines del siglo XIX) y especialmente las hormonas femeninas (estrógenos y progesterona) y masculina (testosterona), fundamentales para la maduración de uno y otro sexo, entre 1927 y 1930.
También la determinación genética del sexo ya firme desde 1956 (23 pares, uno de ellos define el sexo, XX o XY)

Ya entrados en el siglo XX fue el descubrimiento y la afirmación cierta por parte de la ciencia de los días fecundos e  infecundos en el ciclo de la mujer (Ogino en 1932 y Knaus en 1933; método Billings entre 1953-65).
El hallazgo de que la mayor parte de los días del ciclo femenino no eran fértiles resultó un hecho “extraño” para el paradigma histórico tradicional. Antes siempre se pensó que el fin primario de la vida sexual creada por Dios era la procreación. ¿Cómo comprender estos momentos, recién descubiertos, de sexualidad infecunda en el plan de Dios?

Luego vino la píldora anticonceptiva,investigada en la década de 1940-50 por Gregory Pincus y Margaret Sanger en EEUU, y comercializada en 1960. Los nuevos descubrimientos permitían a los padres regular racionalmente la fecundidad y el número de hijos. La familia numerosa, tan apreciada por la tradición, parecía peligrar.
Por primera vez en la historia, se disponía de procedimientos (la continencia en los días fértiles; luego, especialmente, la píldora y otros anticonceptivos) notablemente más eficaces que los antiguos métodos (que eran fundamentalmente la continencia, la combinación de hierbas y el coitus interruptus).
La valoración milenaria y casi exclusiva de la procreación se eclipsaba, apareciendo un espacio para el amor y el placer. Fue una revolución cultural que afectó a la cristiandad y quebró su paradigma sexual (el sexo sólo dentro del matrimonio y para procrear)

A esto hay que agregar el estudio impresionante del cuerpo humano y de sus órganos y funciones, especialmente del sistema nervioso y su relación con la sexualidad de la que es sede, tanto la sexualidad más primitiva e instintiva (común a los animales) y que tiene que ver con el sistema límbico y el hipotálamo (sedes del instinto sexual, placer, afectividad primaria) como la fase más evolucionada de la sexualidad específicamente humana (elaboración crítica y control racional, amor, creatividad) asentada en el lóbulo frontal y en la corteza cerebral.

Desde las ciencias psicológicas y a partir de Freud (1856-1939) que introdujo el término de “libido” como la energía sexual de la que emanan todas las actividades humanas, tenemos una verdadera mirada revolucionaria de la sexualidad y de su evolución desde la edad más infantil (etapas oral, anal, fálica, latencia, pubertad y genital, adolescencia), y el descubrimiento progresivo de una visión holística e integradora de la sexualidad, de lo masculino y lo femenino (Adler, Jung) y de sus aspectos biológicos, psicológicos, emocionales, sensuales y espirituales (Fromm y otros).

A partir de la postguerra (1945) el interés por las técnicas sexuales y eróticas (desconocidas en Occidente) creció a un ritmo sorprendente.
En primer lugar, los interesados acudieron a las versiones de libros legendarios como el Kama Sutra y el Tantra. Luego de milenios, estos tratados eróticos se convirtieron en auténticos best-sellers modernos.

Poco después se dieron a conocer las investigaciones modernas que permitieron el nacimiento de la sexología como ciencia.
Entre estos estudios destacan, por sus revelaciones y su popularización mundial, los que realizaron los doctores William H. Masters y Virginia Jonson, Helen S. Kaplan, Shere Hite, Alfred Kinsey y Wilhelm Reich, entre otros. Tales estudios aparecieron entre 1920 y 1980, y han sido revisados y ampliados considerablemente desde entonces, además de imitados.

Por su parte las ciencias antropológicas (entre otros Malinowski, 1884-1942, y Magaret Mead, 1901-78, con estudios en pueblos primitivos de Oceanía), históricas y sociales nos permitieron descubrir la múltiple variedad de formas de la sexualidad en los distintos pueblos, culturas y religiones, diversas formas de familia, de matrimonio, diversas valoraciones de la homosexualidad, de las relaciones sexuales entre adolescentes, etc.

Entre tanto la sociedad toda inmersa en el Posmodernismo despertó a un nuevo modo de vivir la sexualidad que constituyó una verdadera revolución cultural, especialmente con la valoración de la mujer y el auge del feminismo y con una vivencia del placer y una casi total libertad sexual en el mundo joven.

La década del 60 fue una maravillosa primavera científica, cultural y también cristiana en la que se enmarca la revolución sexual que llega hasta nuestros días:

1961 Primer vuelo espacial tripulado en la Vostok I (Gagarín) Otros vuelos. Era espacial.

1962-5 Concilio Vaticano II (cuatro etapas) Actualización de la Iglesia. Auge del ecumenismo. Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII. Lucha por los derechos civiles en USA. Martin Luther King (Nobel del 64). Revolución sexual. La píldora. La minifalda. Playboy. Los Beatles. Los Rolling Stones. 1966 Gran revolución cultural del proletariado, en China.La Guardia Roja.
1967 Encíclica Populorum Progressio de Paulo VI. Cultura hippy: “hacer el amor y no la guerra”. Promiscuidad y amor libre. Barnard hace el primer trasplante de corazón. El nuevo rayo láser se aplica a la medicina y a la industria. El Concorde cruza el Atlántico en 3 horas y media.
1968 II Confer. de los obispos de L.A. en Medellín. Auge de la Teología de la Liberación. Revuelta estudiantil y obrera en París (mayo) Incidencia de las ideas de Marcuse (+79) Agitación juvenil en Alemania y España. Revolución en Checoslovaquia. La Primavera de Praga. Aplastamiento por el pacto de Varsovia.
1969: El hombre llega a la Luna Auge del folclore argentino y El Boom de la literatura sudamericana: Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Octavio Paz, Benedetti., Onetti, Roa Bastos, David Viñas.

El aspecto más vistoso de la revolución sexual fue la
minifalda (y en general la moda femenina más provocativa y el nudismo, el topless, la exhibición y el culto al cuerpo);
el más práctico la píldora anticonceptiva, y el más contundente la
reforma del derecho de familia del Código Civil en diversos países.

Entonces es cuando se establecen las leyes sobre el divorcio (ya existe el matrimonio civil desde principios del siglo XIX) y el aborto (se los regula sin juicio de valor moral), cuando se suprime la diferencia entre los hijos legítimos y los ilegítimos, y cuando desaparece la impotencia como impedimento para contraer matrimonio (en los códigos civiles, aunque se mantiene en el Código de Derecho Canónico).
La clave de la revolución sexual es la eliminación de la diferencia entre actividad sexual legítima y actividad sexual ilegítima. En las relaciones sexuales, la sociedad y el estado protegen a la parte más débil, que ahora resulta ser la prole, y no la mujer. El deber de los padres, tutelado por el derecho, es la atención a los hijos, no importa si han nacido o no de matrimonio legítimo.

La relación sexual entre jóvenes y adultos, solteros o casados, heterosexuales u homosexuales, y la formación de sus respectivas “parejas”, es algo de lo que el derecho se desentiende, lo que significa una reprivatización del sexo que en cierto modo deshace lo establecido siglos anteriores para normativizar la sexualidad y el matrimonio.
Y esto significa que el derecho, es decir, la sociedad y el estado, se inhiben ante cualquier definición y regulación de lo que son relaciones sexuales correctas en orden a la procreación y a la convivencia conyugal o intersexual.

Desde este punto de vista, la revolución sexual es una reprivatización del sexo en cuanto que es una reprivatización del pene y de la vagina. Y esto sí que es la desaparición del último vestigio paleolítico de los cultos fálicos y femeninos.

La primera consecuencia de la revolución sexual es que el sexo no constituye ya uno de los ejes sobre los que se vertebra el orden social-moral y se ejerce un determinado control sobre el patrimonio y la transmisión de bienes.
La última consecuencia de ella, la desaparición de la impotencia como impedimento matrimonial, es que el sexo no tiene relevancia jurídico-social para casi nada. En concreto, no la tiene ni siquiera para el matrimonio.

Todo ello, corre en paralelo con la revisión de la doctrina católica del fin primario y fin secundario del matrimonio.

El canon 1012, 1 del Código de derecho Canónico (CIC) de 1917, dice “La procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio; la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia es su fin secundario”. Esto significa un desarrollo normativo y una aplicación del cap. 8 de la parte segunda del catecismo de Trento de 1566.

Por su parte el canon 1055,1 del CIC de 1983 dice: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento  entre bautizados”.
Ahora y aquí es donde se establece una vinculación legítima, aunque no explícita, por primera vez desde el siglo II, entre sexo y placer, al hablar del “bien de los cónyuges” en el lugar en que antes se hablaba de “ayuda mutua” y “remedio de la concupiscencia”.

Como consecuencia de estos grandes cambios se da lugar a algo más que a la trivialización del sexo (el sexo como puro placer, como técnica, como espectáculo), en concreto, a su volatilización, a su desaparición en el orden de lo público.

El sexo se mantiene en el derecho sólo para referirse a la protección de los menores o de los incapaces, a controlar abusos, violencias físicas y psíquicas, trata sexual de personas, violaciones, etc. o bien en las regulaciones civiles de la determinación de la paternidad y las técnicas de reproducción artificial (fecundación in Vitro, clonación), o en el cumplimiento de los derechos humanos (la libertad, por ejemplo)

Y, por otra parte, la regulación de las parejas de hecho, tanto de heterosexuales como de homosexuales (la homosexualidad deja de ser una patología según los médicos y la OMS), apunta en la dirección de que el sexo no es un factor a tener en cuenta a la hora de determinar jurídicamente la convivencia entre pequeños grupos de personas. Es decir, lo que ha desparecido también con la revolución sexual es un modelo jurídico de familia.

La revolución sexual pone de relieve la irrelevancia del sexo y proclama, a través de la minifalda, la píldora, los nuevos estilos musicales y festivos y de la constante exhibición y estimulación sexual en los medios masivos de comunicación, cada vez más sofisticados, de la pornografía universalizada, el auge de las drogas, el gozo y el placer que puede proporcionar sin lesión alguna para el orden público.
Aparece el sexo como espectáculo, como exhibición, como consumo, como técnica, como entretenimiento, como éxito personal, como conquista, y como un gran negocio.

Ahora hay sexo sin amor, placer sin procreación, sin relación humana y hasta procreación sin padre.
Es después de la revolución sexual cuando emerge el esplendor pre-maniqueo y pre-gnóstico y se expande por los medios audiovisuales sin más frenos que el respeto a la dignidad de la mujer, salvaguardado por los derechos humanos y por los movimientos feministas, y a la protección de los menores, todo ello con gran relatividad y laxitud.

Junto a la claridad de esas proclamaciones, las prohibiciones morales y religiosas que pervivían de los siglos en que el sexo y su regulación eran una de las claves del ordenamiento, empiezan a carecer de apoyo real primero, y de apoyo abstracto y racional o racionalizado después.

Por eso las posiciones de las autoridades religiosas se bifurcan en varios frentes.

En primer lugar, los maestros de la iglesia en contacto más directo con el pueblo fiel, es decir, el clero corriente, empieza a registrar que ni para los fieles ni para ellos mismos las antiguas trasgresiones sexuales, consideradas generalmente importantes y graves (relaciones sexuales entre novios, masturbación, etc.), tienen tal relevancia, y empiezan a omitir las cuestiones sexuales en el discurso religioso.

En segundo lugar los moralistas que se hacen cargo del problema real, empiezan a revisar la doctrina y la norma establecida anteriormente y a reformarla.

En tercer lugar, la cúpula de la jerarquía eclesiástica, más alejada de los fieles corrientes y más preocupada por mantener la coherencia del aparato consigo mismo y las señas culturales de identidad cristiana que ella misma definió, entra en conflicto con los teólogos revisionistas, por una parte, mientras que por otra, en algunos aspectos, lanza la contraofensiva a favor de los planteamientos tradicionales con apoyo de los moralistas mejor dispuestos para ello.
En este sentido surge la controvertida Encíclica “Humanae Vitae” (Pablo VI, 1968) condenando todo método anticonceptivo que no sea natural,y,la “Declaración sobre la Persona Humana de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe acerca de ciertas cuestiones de ética sexual” (1975) de un tono muy duro e intransigente.

Estos documentos tendrán fuerte resistencia por parte de muchos pastores, sacerdotes y laicos.

En estos y otros documentos Papales (ya en 1930 la Encíclica “Casti Connubii” de Pio XI; en 1981 la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio” de Juan Pablo II; Encíclica “Deus Caritas est” de Benedicto XVI en 2006) o de Episcopados Nacionales (como el alemán y el francés), como en los del Concilio Ecuménico Vaticano II(1963-65) y los Documentos del Episcopado Latinoamericano (como el de Medellín, 1968)se da una apertura en la comprensión antropológica, sociológica, psicológica y pastoral de la sexualidad, del matrimonio, de la mujer y de la homosexualidad, con mayor integralidad y saliendo de cierto reduccionismo, pero se mantiene la doctrina ética normativa tradicional con diversos matices pastorales.
También hay que tener en cuenta un importante aporte positivo del laicado especialmente a través de los Movimientos Matrimoniales, nacidos y desarrollados en Francia y Bélgica, y difundidos también en América Latina, como el Movimiento Familiar Cristiano y otros.

Ante este panorama, la solución de los problemas de moral sexual de los creyentes se convierte en el campo de batalla de este triple enfrentamiento.
Dicho campo de batalla es tanto más comprometido y problemático cuanto que la moral y la enseñanza tradicional habían vertebrado la autoconciencia de los fieles mediante una cierta identificación entre el cristianismo y la moral, más en concreto, la moral sexual, subrayando además el carácter invariable y suprahistórico de las normas morales y de las formulaciones dogmáticas, consideradas emergentes de la ley natural y de la voluntad divina.

Las perplejidades de la conciencia moral

Los menores de 20 a 25 años, que casi nunca han oído hablar de sexo en un contexto religioso-moral y tienen sobre el tema una amplia información biológica, sanitaria y literario-cinematográfica, viven la sexualidad con una normalidad pregnóstica, premaniquea o también precristiana, y así es como lo reflejan el código penal y el civil: es malo abusar de los menores, forzar a quien no desea la relación y engañar a la pareja. En cierto modo, ahí se contiene el núcleo de la moral sexual.

Los mayores de 25-30 años, y en mayor medida mientras más avanzada es la edad, más identificada tienen la religión cristiana con la moral, y con la moral sexual en particular.
Por eso han padecido más escándalo y han sufrido más conflictos y tribulaciones al ver la moral sexual de sus hijos y nietos y han dirigido más reproches a la sociedad permisiva si no podían compartir la nueva moral sexual, o a la jerarquía de la Iglesia si podían compartirla.

Junto a eso, hay pequeños grupos que hacen cruzada a favor de la castidad, más o menos relacionados con los grupos pro-vida y anti-aborto.

Si esa es la situación, los motores del cambio de mentalidad y los pacificadores de las conciencias son los cuadros intermedios, es decir, los pastores y educadores.
Son los que intentan al menos no deformar a los jóvenes y darles una adecuada educación sexual, y los que ayudan a los adultos a aceptar los cambios, a medida que ellos mismos reorganizan también sus conciencias; porque es posible que dos o tres generaciones más de silencio sobre la moral sexual a todos los niveles, borren por completo los residuos de moral sexual cristiana y su potencial generador de conflictos en la sociedad global.

Mientras tanto, muchos de los conflictos de la conciencia moral en mayores de 30 años son difícilmente resolubles.
Porque, aunque hubiera acceso docente y pastoral a ellos, las explicaciones intelectuales no desarraigan del inconsciente creencias que arraigaron en la infancia y la juventud.
Por eso tantas personas de esas edades pueden seguir sintiendo culpabilidad moral en el inconsciente y en la conciencia ante una serie de actividades, aunque en el nivel de la comprensión intelectual acepten que no ha habido pecado o maldad moral en ellas.
Esa discrepancia entre el inconsciente y la conciencia moral por una parte, y la conciencia intelectual, por otra, puede resolverse espontáneamente mediante el trabajo de la conciencia intelectual, o también mediante terapias psicoanalíticas, humanistas, cognitivas, conductistas, o de otros tipos.

En este sentido siempre queda una pregunta inquietante: ¿Cuánta formación humanística tiene uno que tener para ser autónomo, cuánto carácter, cuánta personalidad intelectual, cuánta seguridad de conciencia….?

La respuesta es que el horizonte cultural de cada época es insuperable, y por eso, también el horizonte moral de cada época, y que no podemos escapar ni saltar por encima de él.
Eso no significa que todo sea relativo, que valga igual en cualquier momento cualquier religión, cualquier derecho, cualquier moral, cualquier medicina o cualquier biología.
Significa que somos limitados y falibles, y que en cada momento tenemos que ser conscientes de que operamos con parámetros limitados y,que podemos equivocarnos.

Nuevo Paradigma Integrador

Entre tanto, urge la búsqueda de un paradigma que supere las inhibiciones, el machismo, el moralismo y el reduccionismo procreacionista del viejo paradigma, y,la falta de integralidad y de humanización y la banalidad de una sexualidad posmoderna hoy descontrolada.

¿Cuál será, entonces, el futuro de la sexualidad dentro de este ritmo vertiginoso de cambios?Imposible predecirlo. Nos queda la reflexión y la búsqueda creativa.

 

 

 

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