Historia y paradigmas de la sexualidad: a. Antigüedad y Cristianismo. Le Goff y Benetti

PARADIGMAS E HISTORIA DE LA SEXUALIDAD

ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA. Renuncia a la carne y represión de la sexualidad

Extractos de”Una historia del cuerpo en la edad media”, de Jacques Le Goff y Nicolas Truong con agregados de Santos Benetti, y documentos de “Eunucos por el Reino de los cielos” de Uta Ranke Heinemann; y de “Una reivindicación ética de la sexualidad humana”, de Tony Mifsud.

Raíces de la represión: la Antigüedad tardía

A fin de comprender el paradigma de la sexualidad en occidente cristiano con una fuerte crisis aún hoy no resuelta, es conveniente volver a sus orígenes y comprender su desarrollo histórico.
Esta evolución fundamental de la historia de Occidente que es la represión de la sexualidad y «la re­nuncia a la carne» se produjo en primer lugar bajo el Imperio roma­no, en el interior de lo que se ha dado en llamar el paganismo, y que Michel Foucault fue el primero en descifrar en su Historia de la se­xualidad.

Desde el siglo II en la Iglesia, mientras decrece la expectativa por la pronta y segunda venida de Cristo, crece el espíritu moralista, y se infiltra un agudo dualismo de tipo estoico, neoplatónico y gnóstico (más tarde, maniqueo), dualismo ya presente en Pablo y en Juan, con la clásica división del alma y del cuerpo.

a) El estoicismo fue fundado por Zenón, entre el 322 y el 264 a C.

Su doctrina de moral severa y búsqueda de la virtud en lucha contra las pasiones, influirá posteriormente en Roma (Séneca y varios emperadores, como Marco Aurelio) y en el cristianismo que hará una síntesis de la ética bíblica con la estoica. Por varios siglos, el estoicismo nutre la ideología política y la ética del helenismo y del imperio romano, siendo sus filósofos consejeros y asesores de reyes y emperadores.

El estoicismo considera que el bien supremo del hombre es la felicidad, la que sólo se logra por medio de la virtud, que consiste en vivir de acuerdo a la ley de la naturaleza racional del hombre. La verdadera libertad consiste en obedecer a Dios y a su ley. El auténtico sabio debe saber soportarlo todo con tal de permanecer en la virtud, controlando sus apetitos desordenados (moral estoica). Así consigue la imperturbabilidad del espíritu (apatía o ataraxia) que es el dominio total de uno mismo.

b) Entre tanto la filosofía de Platón siguió gozando de gran prestigio y fue renovada por el Neoplatonismo, fundado por Ammonio Sacas en Alejandría (muerto en 242) y sistematizado por el filósofo místico Plotino (205-270).
El auge constante del neoplatonismo (de gran influencia en la teología cristiana de los primeros siglos y Edad Media) logró finalmente la decadencia del estoicismo.

El neoplatonismo distingue claramente entre Dios, el alma-espíritu y la materia. Dios-Espíritu, el uno, es la única causa del ser, lo verdaderamente auténtico, de quien deriva el alma-espíritu. La materia, en cambio, es como una sombra de la luz. Las almas individuales (son todas iguales) descienden al mundo corpóreo para cumplir la misión encomendada por la voluntad divina, pero corren el grave riesgo de morir en las ataduras de la materia o cuerpo. Deben despertarse y regresar al mundo espiritual (el mundo de las ideas), es decir, reconocer el espíritu como lo afín a su esencia y reencontrarse a sí mismas. El mundo sensible es imagen del espiritual, no es malo de por sí, sino el mejor de los mundos posibles (en contra de los gnósticos), pero en cuanto separado de la unidad del espíritu, es malo y sombrío. Por lo tanto, el hombre tiene su verdadero ser en el alma que debe buscar siempre el espíritu e identificarse místicamente con él. Ese es su deber moral.

La relación sexual, si bien necesaria para la procreación y de por sí buena y fuente de placer, es presentada por los filósofos griegos como difícil de controlar (instintiva como la de los animales), peligrosa, a veces dañosa a la salud y debilitante, sobre todo en los varones por la pérdida de energía que supone la emisión seminal, considerada como único principio de vida. Así ya pensaban Platón, Aristóteles y el médico Hipócrates.

Pero hay que tener en cuenta que para los filósofos clásicos y los posteriores la problemática moral de la sexualidad y sus placeres (afrodisíacos) no estaba bajo el concepto de pecado, sino de la virtud o templanza del hombre sabio capaz de un dominio sobre sí mismo y sus pasiones.

Es la razón la que debe controlar y regular los deseos corporales mediante una “ascesis” que comprendía reflexión, ejercicios varios, cuidado del cuerpo, dietas y también abstinencia. No había códigos ni listas de prohibiciones sino la actitud sabia (filo-sofía) de una vida controlada y sin excesos tanto en el sexo como en las comidas y bebidas.

Ya Platón decía en La República: “Cuando lo superior por naturaleza tiene bajo su poder a lo inferior, se dice que tal sujeto es dueño de sí mismo. En caso contrario, se dice que es esclavo de sí mismo y que es intemperante”

Y este dominio de sí constituye la auténtica libertad que es el poder de dominio sobre sí y de acuerdo con la verdad de la razón. Eso es la sabiduría (o sofrosine) de la vida.

Los estoicos por su parte condenaban toda relación sexual extramatrimonial y exigían fidelidad a ambos cónyuges. En tanto aumenta en ellos la estima del celibato, como forma ideal de la vida del espíritu, y el matrimonio aparece como una concesión a los que no pueden controlarse, pensamiento que será asumido por san Pablo que refleja el sentir de su época sobre la sexualidad, el matrimonio y la sumisión de la mujer, y llegará a su culmen con el valor supremo de la virginidad sobre el matrimonio entre los cristianos.
Entre los griegos había quienes practicaban el ideal del celibato y de la virginidad, como el célebre filósofo pitagórico y místico Apolonio de Tiana (3 a C-97) quien guardó voto de castidad durante toda su vida entregada al bien del prójimo.

Séneca, preceptor de Nerón (y muerto por orden suya en el 65), afirma que “amar a la esposa en forma excesiva es algo vergonzoso, pues el sabio debe hacer valer la razón y no la pasión, y se opone al asalto de las pasiones y no se deja llevar a una relación pasional con la propia mujer. No hay nada más torpe que amar a la propia mujer como se amaría a una adúltera”.
“No hacer nada por placer” es la máxima de Séneca (Epístola 88,29)

Su discípulo Musonio Rufo consideraba inmoral toda actividad sexual que no estuviera destinada a la procreación y dentro del matrimonio, criterio que será asumido por los teólogos cristianos. También se pronuncia contra la anticoncepción y la homosexualidad, muy difundidas en el imperio romano helenista; y considera que el amor entre esposos es el vínculo humano más fuerte, y que la ética y la filosofía incumbe tanto al varón como a la mujer.Musonio fue maestro del gran filósofo estoico moralista Epicteto (55-135) de quien son estas típicas máximas de la ética estoica:

“De todo lo que sirve al cuerpo (como el comer, el beber, los vestidos, las casas y los criados), no tengas más que lo que pide la necesidad y cuanto ha menester el espíritu para estar sano, y desecha todo lo que sirve al lujo y a los deleites. Abstente cuanto te fuere posible del placer de las mujeres hasta que seas casado, y cuando lo seas, usa del matrimonio legítimamente y como manda la ley. Mas cuando lo hagas así, no pienses gloriarte de ello y reprender a los que viven de otra manera.
Si concibes la idea de algún placer, conviene conservar en este caso la misma moderación que en todas las otras cosas. Represéntate también la satisfacción y el gusto que tendrás si te abstienes.
Pero cuando puedas gozar legítimamente de esta clase de placeres, no te dejes llevar enteramente ni te dejes vencer de las caricias, las dulzuras, los halagos y los hechizos que ordinariamente acompañan al deleite. Juzga que el gozo interior que recibirás en haber alcanzado la victoria es lo mas excelente de todo. El aplicarse demasiado a las cosas corporales es señal de un alma baja. Al espíritu se han de dar todos nuestros cuidados”.

Plinio el Viejo (muerto el 79 d C bajo la erupción del Vesubio), filósofo estoico y científico naturista, alaba al elefante que sólo se acopla cada dos o tres años y lo hace en la intimidad, ejemplo que tendrá gran resonancia en los escritores cristianos posteriores. Porque, como dirá San Francisco de Sales siglos después, el elefante,”no cambia de esposa, la ama tiernamente, se acopla cada tres años y durante sólo cinco días, lo hace sin hacerse ver y al sexto día va al río a bañarse y lavar todo su cuerpo”(Introducción a la vida devota, 1609).

c) La Gnosis o Gnosticismo

La Gnosis (que significa “el conocimiento” auténtico de la verdad, de la luz, de Dios, del sentido de la vida) fue un amplio movimiento filosófico-espiritual que nació en Persia hacia el siglo III antes de Cristo (sobre la base de la religión de Zaratustra o Zoroastro, 628-551 a C) y se extendió por todo Occidente y Oriente aún hasta China, con fuertes influencias en el judaísmo tardío (especialmente en Alejandría) y en el cristianismo, asimilando conceptos neoplatónicos.

Los principios fundamentales de la Gnosis son: la radical oposición entre el Dios verdadero y la materia, obra de un falso Dios o de un demonio; la explicación del mal como fruto de un espíritu rebelado contra Dios, al que llaman demiurgo; la salvación entendida como liberación de la opresión de la materia y del cuerpo sexuado, por medio de un Revelador de la gnosis.

La Gnosis se presenta, pues, como religión salvacionista del hombre, pero desde una visión negativa y pesimista del mundo, de la política y de todas las realidades humanas, especialmente de la sexualidad y del matrimonio. Por medio de la gnosis, que el Revelador de Dios hace conocer a sus elegidos (los hombres espirituales, célibes y vegetarianos), estos acceden a “la verdad” que consiste en desprenderse de la cárcel del cuerpo y de las realidades carnales (creadas por el demonio demiurgo) para acceder al Espíritu y vivir plenamente en él; Espíritu que es una luz que ilumina este mundo de tinieblas (tema muy presente en el evangelio de Juan y en algunos evangelios apócrifos). De este Dios Luz se desprende una chispa de origen divino que se asienta en el alma-psíquica.
Se trata, por lo tanto, de una doctrina fuertemente dualista, que pronto se radicalizará con formas maniqueas (del gnóstico Manes, 217-277 d.C.) de oposición total entre el mundo de la luz (el Dios revelado a los gnósticos, el alma como chispa divina) y el mundo del Dios malo de las tinieblas (materia, cuerpo sexuado, matrimonio.

El Gnosticismo impregnó desde sus comienzos al judaísmo (en los libros sapienciales y especialmente en el filósofo judío alejandrino Filón, 20 a C-50) y penetró profundamente en la Iglesia (incluso habrá obispos gnósticos) ya desde su hora inicial hasta el siglo V, reinterpretándose todo el misterio cristiano desde sus categorías, tal como ya se da moderadamente en Pablo y en el evangelio de Juan (quienes, aunque no niegan la humanidad de Jesús, la soslayan en beneficio de su divinidad).
Como es obvio, la mayoría de gnósticos cristianos,negará que Jesús, el Revelador de la Gnosis, fuera un hombre real con cuerpo (herejía del docetismo) como también sus sufrimientos y muerte, y por lo tanto su resurrección, oponiéndose también a la iglesia visible y jerárquica y a los sacramentos (elementos no espirituales), e igualmente negarán obediencia a los poderes políticos. Es un cristianismo totalmente espiritualista.

Aunque el gnosticismo será considerado como madre de todas las herejías, su influencia será nefasta por largos siglos en la relación espíritu-materia, alma-cuerpo, y a pesar de que la Iglesia condena sus excesos (especialmente su aversión radical al matrimonio), la gnosis deja su impronta en el cristianismo de occidente hasta nuestros días, por lo que la iglesia asume una ideología y antropología muy alejada del pensamiento integral bíblico-semita del ser humano.

La primacía del espíritu sobre la materia se reflejará en la concepción política de la supremacía del poder espiritual sobre el temporal, en la preeminencia de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio (de la vida monástica sobre la secular) y en una moral espiritualista y severa, con fuertes connotaciones antisexuales y aún antimatrimoniales.

Recordar que según la Biblia, fue Dios quien creó al ser humano “macho y hembra y vio que eso era bueno” (Génesis 1). Pero muchos gnósticos dirán o que Yahvé era el Dios malo (creador de la materia y del cuerpo humano) opuesto al Dios bueno de Jesús, o que el hombre creado como imagen divina era el ser humano sin sexo, algo agregado a posteriori por la culpa del primer pecado.
En síntesis, el Gnosticismo,veía maldad en todo ser corpóreo, predicaba la abstención del sexo, del matrimonio, de la carne y del vino.

Fruto de esta triple influencia, se produce en la Iglesia de raíz hebrea-bíblica, un gran cambio.

El historiador Paul Veyne fecha justamente este cambio de mentalidad espiritualista en los úl­timos años del siglo II de la era cristiana, durante el reinado del empera­dor Marco Aurelio, entre 161 y 180.En cualquier caso, resulta cierto que el estoicismo del emperador, bañado de ascetismo y basado en el dominio de sí mismo, siempre en lucha contra la depravación de las pasiones, «adopta acentos personales”. La relación sexual, por ejem­plo, se encuentra reducida a «un frotamiento de vientre y a la eyacula­ción de un líquido pegajoso acompañado de un espasmo».

En las Meditaciones que se dirige a sí mismo, Marco Aurelio ex­plica la razón de semejante depreciación: el sabio debe presentar a su conciencia una verdad desnuda a fin de desaferrarse mejor de sus pa­siones depravadas. «Así son estas imágenes que van hasta las propias cosas y las penetran para hacer ver lo que son; y así es como se debe proceder durante toda la vida; cuando las cosas tengan un valor dema­siado grande, desnudarlas, observar bien su vulgaridad, quitarles to­dos los detalles con que se disfrazan».

De algún modo, el terreno ya estaba bien preparado para que el cristianismo llevara a cabo este gran vuelco del cuerpo contra sí mis­mo. «Los cristianos no reprimieron nada en absoluto, ya estaba hecho», llega a declarar Paul Veyne.
«Las continuidades muy estrechas que se pueden constatar entre las primeras doctrinas cristianas y la filosofía moral de la Antigüedad», escribe Michel Foucault, “testimonian que no es muy exacto pensar que el paganismo y el cristianismo consti­tuyen dos antípodas de la teoría y de la práctica sexual. La caricatura, en efecto, está al acecho. Se supone que en el «paganismo» de los griegos y de los ro­manos, predomina el culto al cuerpo y la libertad sexual. En el cristianismo, la cas­tidad, la abstinencia y la búsqueda enfermiza de la virginidad”.

Los tra­bajos de Paul Veyne y de Michel Foucault muestran perfectamente que existía un «puritanismo de la virilidad» (entre los filósofos) antes del giro decisivo del alto Imperio romano hacia el cristianismo. «Entre la época de Cicerón (muerto en el 43 a C.) y el siglo de los Emperadores Antoninos (del 96 al 192), se produjo un gran aconteci­miento ignorado: una metamorfosis de las relaciones sexuales y con­yugales; al salir de esta metamorfosis, la moral sexual pagana estoica-neoplatónica aparece de forma idéntica a la futura moral cristiana del matrimonio», escribe Paul Veyne. Por otra parte, también los cristianos consideraban que su moral no podía ser inferior al ideal de la filosofía (sabiduría) griega.

La Edad Media dará un impulso mucho más fuerte a esta deprecia­ción corporal y sexual por mediación de sus ideólogos, tras la estela de Jerónimo y de Agustín, y siglos después de Tomás de Aquino, así como por media­ción de sus prácticos, los monjes, que instalarán por mucho tiempo en la sociedad el elogio y la práctica, globalmente respetada, de la virgini­dad y de la castidad, y su supremacía sobre el matrimonio.

El cristianismo, operador del gran vuelco. San Agustín

La religión cristiana institucionalizada como religión del Imperio introduce, no sin grandes polémicas, una gran novedad en Occidente y en la lectura bíblica: la transformación del pecado original en pecado sexual. Un cambio que es una novedad en el propio cristianis­mo, puesto que, en sus inicios, no aparece rastro alguno de semejante equivalencia, del mismo modo que no figura ningún término de esta ecuación en la Biblia del Antiguo Testamento.

En realidad, como lo enseña hoy la exégesis bíblica, el pecado original en el relato mítico que precipita a Adán y Eva fuera del Paraíso (Gen.2 y 3) es un pecado de curiosidad y sobre todo de orgullo y rebeldía del pueblo hebreo en su historia. Es la voluntad de saber y de decidir por sí mismo qué es lo bueno y lo malo (el árbol del “conocimiento”) la que conduce al primer hombre Adán (símbolo del pueblo y de Salomón, rey prevaricador) tentado por la mujer (las mujeres paganas) y ésta por la serpiente (símbolo de la sabiduría, del conocimiento por la adivinación y la magia,y del culto de la fertilidad de los cananeos), a comer el fruto prohibido, para abandonar el culto a Yahvé y sus Mandamientos (la tentación original de su historia) y “convertirse en un dios” cananeo (cuyo símbolo es la desnudez).

Resultado de la ruptura de la comunión o Alianza con Dios, se rompe la comunión con la naturaleza (trabajo duro, parto doloroso, pasión incontrolada), con la pareja (sumisión de la mujer) y con el prójimo (Caín que mata a Abel) Pero la “carne” (el cuerpo sexuado masculino-femenino) queda fuera de esta caí­da, ya que a imagen de Dios fue creada. «Y el Verbo se hizo carne», dice el Evangelio de Juan (1,14) para aludir a la “encarnación” y nacimiento de Jesús.
Carne que es entregada como un don de comunión y liberación por el propio Jesús en la Última Cena para garantizar la vida eterna a quienes comen su carne y beben su sangre.

La Biblia, que recoge diversas tradiciones de 1200 años, desde la era patriarcal hasta la influencia helénica, tiene, en general, una concepción positiva de la sexualidad como creatura e imagen de Dios y ordenada a la procreación y a la compañía del varón y de la mujer (Gen.1 y 2) y le concede pocas páginas al tema.

No conoce la división dual de alma y cuerpo (un concepto griego) sino que entiende al ser humano como un cuerpo-viviente que ha recibido el espíritu o soplo de Dios. El matrimonio es más bien fruto de un pacto entre familias, no habiendo prácticamente noviazgo, pues las chicas se casaban meses después de la menarca y los chicos entre los 16 y 18 años.

Aunque la mayoría era monógama se aceptaba la poligamia sobre todo entre las clases altas y nunca fue condenada.

Las normas eran pocas y terminantes: se valoriza el amor y la fidelidad (Ex 20,14; Prov 5 y 6), y se condena con la muerte los actos de adulterio, homosexualidad, incesto y bestialismo (Lev 20). Las relaciones sexuales entre solteros no estaban prohibidas; mientras que de la masturbación no se habla.

Los actos y emisiones sexuales (relaciones íntimas, eyaculación, menstruación, parto) generaban impureza ritual y física que suponía posteriores rituales de purificación (Lev 15). El coito durante la menstruación estaba prohibido.

El divorcio estaba permitido y legalizado en Deut 24,1-4. Se prohibía severamente la prostitución sagrada y se desaconsejaba el trato con prostitutas.

La Biblia trae casos célebres de erotismo y amor ardiente, como el de Jacob y Raquel, Sansón y Dalila, de David y Betsabé y en particular de los dos adolescentes del Cantar de los Cantares. La mujer ocupa siempre un lugar subordinado, junto a los niños y esclavos.

Los libros sapienciales alaban a la buena esposa (Prov 31,10-31), pero en general se nota una visión más negativa de la mujer. En el libro de Tobías (200 aC) hay un ideal más “estoico” del matrimonio (8,6-7). El celibato y la virginidad son temas desconocidos y la mujer que no se casa o estéril es considerada una maldición humillante.

Jesús, por su parte, vive el pensamiento bíblico-judío y sólo habla sobre la sexualidad en forma ocasional, ya que su preocupación era otra: el anuncio del Reino de Dios que llega a todos, sobre todo a los marginados: pobres, enfermos y mujeres a quienes dignifica con una especial relación en discipulado y con numerosas curaciones.

Insiste en una ética interior (del “corazón”) pues de allí nacen las malas acciones, como el adulterio (Mc 7,20-23; Mt 5,27-28) y defiende el derecho de la mujer a no ser repudiada “por cualquier motivo”, pues el divorcio sólo es lícito en caso de adulterio (Mt 19,3-9)

Rechaza el celibato por miedo a las exigencias del compromiso matrimonial y sólo lo justifica por una dedicación al Reino de Dios (Mt 19,10-12)

Los Evangelios destacan la particular relación de Jesús con las mujeres, entre las que están fervorosas discípulas, como María de Magdala (Lc 8,1-3; 10,38-42), habla con ellas en la calle y se deja tocar, contraviniendo normas culturales (Jn 4,1-42; Mc 14,3-9; Lc 8,43-46); comprende, perdona y salva la vida de una adúltera (Jn 8,1-11), realiza varias curaciones algunas de ellas de enfermedades sexuales que producían impureza (Lc 8,43-46) y tiene una actitud comprensiva hacia las prostitutas (Lc 7,36-50) que entrarán al Reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21,31)

San Pablo es, ciertamente, quien coloca las premisas de una demonización del sexo y de la mujer (Ver:I Corintios 7,1-11; 7,25-29; 11,2-16; Efesios 5,21-33), sin duda tributario de la ética estoica y deseoso de adaptar la fe de origen judío a la cultura griega:

“Es bueno para el hombre abstenerse de mujer. Sin embargo, por el peligro de incontinencia que cada hombre tenga su propia esposa, y cada mujer, su esposo.
No se nieguen el uno al otro a no ser de común acuerdo y para dedicarse a la oración, después vuelvan a vivir como antes para que el Demonio no se aproveche de la incontinencia de ustedes y los tiente.
A los solteros y las viudas les aconsejo que vivan como yo. Pero si no pueden contenerse que se casen; es preferible casarse que arder en malos deseos”

“Acerca de la virginidad no tengo ningún precepto del Señor, pero considero que por las dificultades del tiempo presente, lo mejor para el hombre es vivir sin casarse. Si te casas no pecas pero los que lo hagan sufrirán tribulaciones en su carne que yo quisiera evitarles”

Pablo, convencido de la proximidad del fin del mundo, aportará una nueva piedra al edificio doctrinal antisexual: «Les digo, pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran».

En tanto la sumisión de la mujer queda firme conforme a la cultura hebrea y griega: “El hombre no debe cubrir su cabeza porque es la imagen y reflejo de Dios, mientras que la mujer es el reflejo del hombre. En efecto, no es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre. Por esta razón la mujer debe tener sobre su cabeza un signo de sujeción. Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer.”

También el dualismo neoplatónico se introduce con fuerza: “En efecto, los que viven según la carne desean lo que es carnal, en cambio los que viven según el espíritu desean lo espiritual.
Los deseos de la carne conducen a la muerte y se oponen a Dios” (Rom, 8,5-sig) declara dando al concepto de “carne” un sentido peyorativo ajeno a la Biblia. Pablo es el primero en la Iglesia en redactar listados de «pecados de la carne»: – porneia, impureza, fornicación, concupiscencia – (Rom 1,24-27; Gálatas 5,18-21, etc.) que serán posteriormente ampliados por los Padres de la Iglesia y teólogos medievales.

El vuelco de la sexualidad hacia la demonización del placer y la primacía de la abstención, del celibato y de la virginidad, aparece ya en el mártir San Justino (hacia el 150) quien escribe: “O nos casamos con el solo fin de engendrar hijos o renunciamos al casamiento y permanecemos completamente castos” (Apología I,9) Y alaba a un joven cristiano que pidió permiso al emperador para castrarse, algo que hará un siglo después el gran teólogo Orígenes (muerto en el 253). No olvidemos, de paso, que la castración era practicada en numerosos cultos paganos (cultos mistéricos) por sus sacerdotes.

San Clemente de Alejandría (hacia el 200) aunque combate las ideas gnósticas y defiende la validez del matrimonio, sigue fiel al ideario estoico de que las relaciones sexuales son sólo permitidas para la procreación y utiliza una famosa comparación estoica: “No es algo justo ceder al placer amoroso.. y menos si uno se abandona a pasiones irracionales.Como al campesino, sólo le es permitido a quien está casado esparcir la semilla si es tiempo de la siembra” (Pedagogus II) y afirma:”Comete adulterio contra la propia mujer aquel que en el matrimonio tiene relaciones sexuales como aquellos que lo hacen con una prostituta.” (idem) Por el mismo motivo prohíbe las relaciones con la mujer embarazada y entre esposos ancianos.

El ideal de control estoico aparece en un famoso texto que usará también san Agustín: “Si la razón, como enseñan los estoicos, no permite al sabio ni siquiera una vez mover un dedo sin su voluntad, cuánto más los que tienen la sabiduría deberán controlar el órgano de las relaciones sexuales” (idem)

San Gregorio de Nisa (muerto en el 395), obispo casado, se pregunta si Adán y Eva pudieron tener relaciones sexuales en el Paraíso antes de su pecado, a lo que responde que no, pues si no hubieran pecado tendrían hijos al modo de los ángeles, o sea, sin matrimonio y sin relación sexual, aunque no podemos imaginarlo cómo (De opificio hominis, 17)

E interpreta el texto del Génesis de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, diciendo que dicha semejanza sólo está en la naturaleza humana, no en la diferencia sexual de varón y mujer, teoría gnóstica que será asumida por san Agustín y teólogos posteriores.Por lo tanto, sólo después del pecado, el hombre se reproduce sexualmente como lo hacen los animales y con sus pasiones animalescas. Se trata de un agregado posterior a la naturaleza humana que Dios le diera.

San Juan Crisóstomo, el más famoso orador sagrado de la Iglesia Oriental (muerto en el 407) a su vez afirma:
“Según la voluntad divina, los primeros hombres vivían en el Paraíso como ángeles y no había deseo de coito, no existía la concepción ni ninguna otra forma de corrupción. Ellos vivían en una virginidad límpida como en el cielo y eran felices en su relación con Dios. La mujer había sido creada como ayuda del hombre, a quien podía darle mucha consolación” (Homilía sobre el Génesis, 15,3-4)
Por lo tanto el matrimonio tuvo origen en la desobediencia, en la maldición y en la muerte. Virginidad e inmortalidad, matrimonio (y maternidad) y muerte están relacionados (De virginitate 14) Para él el matrimonio es fundamentalmente un remedio a la concupiscencia, y en segundo término como medio para la procreación.
Los otros Padres de la Iglesia tienen la doctrina opuesta: el primer fin del matrimonio es la procreación y después como remedio para las tentaciones del sexo, especialmente para evitar el adulterio.

San Jerónimo (muerto en el 420) el traductor de la Biblia al latín, fue sin duda el Padre de la Iglesia más ofensivo del matrimonio, de la mujer y del sexo, y de quien es la frase “El que ama muy ardientemente a su mujer es un adúltero”. Según su opinión,
“Eva en el paraíso fue virgen, pero después que hubo de vestirse de pieles, tuvo origen el matrimonio. Debes saber que la virginidad fue concedida por la naturaleza; el matrimonio, en cambio, a raíz de la culpa.
Aprecio el matrimonio, pero sólo porque hace nacer vírgenes. Las rosas se recogen de las espinas.” (Epistula 22)
“La esposa se salvará si genera hijos que permanezcan vírgenes, si lo que ella ha perdido lo recupera en sus descendientes, y si la caída y la putrefacción de la raíz se compensan con la flor y el fruto.” (Adversus Jov.,1,27)

San Agustín (354-430, muere durante el sitio de los vándalos), filósofo neoplatónico y teólogo, testigo y mediador de la nueva ética sexual del cristianismo en la antigüedad tardía, le da su legitimidad existencial e intelectual en un paradigma definitivo.

El autor de las Confesiones y de La ciudad de Dios es un converso que después de años de placeres, con una amante y un hijo, de erra­bundeo y de transgresión en el África romana del siglo IV, entre Tagas­to y «Cartago de Venus», este hijo de la pía (santa) Mónica y de Patricio, después de su paso por el maniqueísmo durante varios años, se orienta hacia la religión cristiana (bautizado en 387 por san Ambrosio) a raíz de una experiencia mística en un jardín de Milán, donde, enfermo y torturado, oye una voz que le dice: «¡Toma, lee!».

Lo que lee es el libro del Apóstol que escribe: «No viváis en los festines, en los excesos del vino, ni en las voluptuosidades impúdicas; revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no intentéis contentar a la carne en sus codicias» (Rom 13,13-14)

Tras un breve paso por el monacato, en el 395 es hecho obispo de Hipona y desarrolla una gran obra pastoral y teológica. Antes de su conversión, Agustín había presentido ya que «la ley del pecado estaba en sus miembros». «El hombre nuevo» del cristianismo adoptará de esta manera el camino de Agustín, lejos del ruido de las tabernas, del furor del de­seo y de los tormentos de la carne. Así, la condena de la lujuria (luxu­ria), se acompañará por el de la gula (gula) y por el exceso de bebida y de comida (crapula, gastrimargia).

Agustín fue el gran teólogo que unió definitivamente la aversión al placer y a la sensualidad con el cristianismo hasta nuestros días, sin poder desligarse jamás de sus primeros vínculos con el dualismo maniqueo.

Según la teoría agustiniana, Adán y Eva recibieron el mandato divino de poblar la tierra; pero en su estado original, antes de la caída, ellos no conocían la excitación del deseo sexual. Si hubiesen quedado en ese estado de inocencia, “el hombre hubiera sembrado la semilla, y la mujer la hubiera recibido, tal como hubiese sido necesario, pero los órganos de reproducción hubiesen sido activados por la voluntad y no excitados por la lujuria”.

En su libro La ciudad de Dios, dice, “La transgresión del hombre (el pecado de Adán y Eva) no anuló la bendición de la fertilidad, concedida a él antes de que pecara, sino que la infectó con la enfermedad de la lujuria”

La impronta de san Agustín será grande y total..Con la notable excepción de Abelardo y sus discípulos, los teólogos y los filósofos reconocerán que el pecado original está vincu­lado con el pecado sexual, por mediación de la concupiscencia.

Agustín une indeleblemente la sexualidad y el placer sexual con el pecado original de Adán y Eva, pecado transmitido a todos los hombres a través de la relación sexual de los padres, y que se borra por medio del bautismo, ritual obligatorio aún para los niños recién nacidos, porque si mueren sin el bautismo no pueden salvarse.

Y dado que el placer sexual es algo impuro que aleja al hombre del espíritu, san Agustín reclama la abstención sexual los domingos y díasde fiesta, en los períodos de ayuno, durante el catecumenado y previo a las horas de oración. En efecto,

“Creo que las relaciones sexuales deben evitarse radicalmente. Opino que nada envilece más el espíritu del hombre que las caricias de una mujer y las relaciones corporales que forman parte del matrimonio.” (Soliloquia, 1,10.17)

Su pensamiento que será norma eclesiástica sin variables por muchos siglos se puede sintetizar en el siguiente texto de su libro El bien del matrimonio del año 401:

“Hay hombres de tal modo dominados por la incontinencia, que no se abstienen de acercarse a sus esposas ni siquiera cuando se hallan embarazadas. Pero hay que decir que todo lo que hagan los esposos en contra de la moderación y de la castidad, es un vicio y un abuso, que proviene no del matrimonio sino de los hombres desenfrenados.
Pero aunque las costumbres depravadas fuercen a los hombres a tales abusos, aún así afirmamos que el matrimonio es un bien, porque preserva a los casados del adulterio y de la fornicación.
Los esposos están obligados a cumplir fielmente sus deberes conyugales con recíproca donación en cuanto a la carne, no solo con el fin primario de criar hijos, que en este mundo visible y perecedero es el fin primero, sino también para evitar contraer .a espalda de esta unión sagrada, otros vínculos concubinarios e ilícitos.
Si se hace uso del débito conyugal sólo con el fin de satisfacer la concupiscencia, la culpa no excederá de venial. En cambio el adulterio y la fornicación constituyen pecado mortal. Luego, para concluir, el estado de continencia es más excelente, y por tanto más preferible al matrimonio mismo, incluso cuando sólo tiene por fin la procreación.”

Al final de un largo recorrido, a costa de ásperas luchas ideológicas y de condicionamientos prácticos, el sistema de control corporal y se­xual se instala, pues, en la cultura europea occidental cristiana. Una práctica minoritaria se extiende entre la mayoría de los hombres y de las mujeres urbanos de la Edad Media.

Y la mujer será la que pagará el tributo más duro y durante muchos años.

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